La crisis de Haití ante el espejo de su historia

Nota publicada originalmente en La Tinta

Haití volvió a hundirse en un trágico laberinto sin salida. Cinco días después del asesinato del presidente de facto, Jovenel Moïse, por estas horas, rige el estado de sitio, tres dirigentes se proclamaron al frente del gobierno interinamente y Estados Unidos y a la ONU preparan el envío de tropas para proteger puertos, aeropuertos y otros puntos estratégicos. A su vez, avanza la investigación por el magnicidio con la detención de 18 colombianos –soldados retirados del Ejército- y dos estadounidenses, según un cable de la agencia AP difundido ayer.

Pero lejos de ser un hecho aislado, la muerte de Moïse representa el capítulo más reciente de una histórica crisis que atraviesa el pequeño país caribeño desde sus orígenes, con las principales potencias como actores protagónicos y los países latinoamericanos dando la espalda sistemáticamente.

El huevo de la serpiente

“Para entender el huevo de la serpiente, hay que saber que a Haití nadie le quería reconocer la independencia”, apunta Juan Francisco Martínez Peria –Doctor en Historia (Universidad Pompeu Fabra), especialista en el Caribe y autor del libro ¡Libertad o Muerte! Historia de la Revolución Haitiana–, que sitúa la raíz de la crisis actual más de 200 años atrás.

En 1804, Haití fue el primer país de América Latina en independizarse y la única revolución de esclavizados que triunfó en la historia: derrotaron a España, Inglaterra y Francia juntos, los imperios más importantes de la época. Pero aquella rebelión perfecta desató, a su vez, una tormenta también perfecta sobre el destino de este país antillano, situado al occidente de la isla La Española, que comparte con República Dominicana.

Haiti bandera protestas la-tinta
Imagen: Héctor Retamal / AFP

“Haití y su revolución siempre fueron olvidados. Constantemente, se presenta al país en términos negativos y su independencia es negada, actitud que tiene que ver con el racismo imperante en esa época y de hoy en día. Haití está sufriendo un castigo permanente por haber hecho la revolución que hizo. Nunca se lo perdonaron”, plantea Martínez Peria. “La revolución generó un impacto muy grande en el mundo atlántico, mucho miedo a las élites blancas y criollas, y muchas esperanzas en los sectores populares, esclavizados y afrodescendientes en América Latina, el Caribe y Estados Unidos”, agrega.


Por eso, las potencias reaccionaron rápido a su independencia y Francia intentó recolonizar, en vano, la isla. En 1825, Haití sufrió un golpe muy duro cuando Francia dio el brazo a torcer a cambio del pago de una cuantiosa indemnización, seguida de una amenaza militar. La imposibilidad de pagar esa deuda obligó al país a tomar un empréstito con su propio verdugo, contrayendo así una suerte de doble deuda externa. Esa dependencia económica fue seguida de profundas crisis políticas internas, que marcaron el pulso de un inestable siglo XIX. El saldo fue la intervención de Estados Unidos, entre 1915 y 1934, en nombre de una ansiada “libertad a la norteamericana”, que la Casa Blanca ya pregonaba extendiendo sus tentáculos a Cuba, Puerto Rico y República Dominicana.


Frontera imperial

Haití y el Caribe siempre fueron fichas de intercambio en el tablero internacional, donde las potencias echaron mano según sus intereses. Su importancia radica en su ubicación geográfica, puerta de entrada a América Latina y paso obligado de una parte importante del comercio mundial hacia el Pacífico, a través del Canal de Panamá.

“El Caribe siempre fue un lugar muy importante geopolíticamente -subraya Martínez Peria-. Ahí comenzó la conquista y desde siempre hubo una disputa entre todas las potencias. Durante el siglo XVIII, fue un enclave importante para el azúcar, considerado el oro blanco, y, desde entonces, todas las rutas comerciales pasaron por ahí. No es un paraíso como lo vende el turismo, sino un lugar de enormes tragedias construido a base de sangre, colonialismo y genocidios”.

Lejos de las postales de los cruceros, la región es una “frontera imperial”, como la definió el ex presidente e intelectual dominicano, Juan Bosh, en su libro De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial, que, en sus primeras líneas, afirma: “El Caribe está entre los lugares de la Tierra que han sido destinados por su posición geográfica y su naturaleza privilegiada para ser fronteras de dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto de la codicia de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la violencia desatada entre ellos”.

El Caribe cuenta con un “póker del espanto”, como lo tituló el propio Bosh en otro de sus libros. Tan solo en la primera mitad del siglo XX, la región vivió un baño de sangre bajo los regímenes de Juan Vicente Gómez, en Venezuela; Gerardo Machado y Fulgencio Batista, en Cuba; Rafael Leónidas Trujillo, en República Dominicana, y las dinastías de los Somoza en Nicaragua y -claro está- de los Duvalier en Haití.

Haiti mapa caribe la-tinta

Los Duvalier y los ciclos golpistas

Con la llegada de Franklin D. Roosevelt y su “política del buen vecino”, la Casa Blanca dejó de intervenir de manera directa en Haití, pero acompañó el ascenso y la consolidación de las dictaduras de Fracois “Papa Doc” Duvalier, primero, y de Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, después. Entre 1957 y 1986, hubo 40.000 muertos y más de un millón de exiliados bajo el paraguas norteamericano que buscaba contener el avance del comunismo en el Caribe, que tenía su punta de lanza desde 1959 en Cuba, a solo 100 kilómetros de distancia de Haití a través del Paso de los Vientos.

Los Duvalier sistematizaron una política de terror e inauguraron un ciclo de golpes que ni siquiera el derrocamiento de “Baby Doc”, el 7 de febrero de 1986, sepultó. Desde entonces, en Haití, se sucedieron ocho golpes de Estado, 34 cambios de gobierno (por cambio de primer ministro), cinco elecciones abortadas, tres intervenciones militares extranjeras y cinco misiones de la ONU para la estabilidad y la paz, según el cálculo del economista y cineasta haitiano Arnold Antonin.


“En la historia misma del país, los dirigentes siempre quieren quedarse en el poder”, entiende Robby Glésile, referente de la comunidad haitiana en la Argentina y miembro del grupo de estudio sobre migraciones de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). “Tenemos esa práctica de no respetar las reglas de la democracia: cada uno quiere estar en el poder pase lo que pase –plantea-. No hay un trabajo de memoria para que la población entienda las reglas de la democracia, que la dictadura no es el camino del país. Hoy en día, el espectro de la dictadura sigue planeando sobre la población haitiana, en los discursos y los reflejos”.


Y es que el periodo de democratización que siguió a la caída de “Baby Doc”, que redactó una nueva Constitución en 1987, y que permitió el ascenso popular de Jean-Bertrand Aristide, fue coartado sistemáticamente. El sacerdote salesiano vinculado a la teología de la liberación se convirtió, el 7 de febrero de 1990, en el primer presidente elegido en elecciones abiertas y libres -casi 200 años después de la independencia-, pero, a los siete meses, fue derrocado por un golpe de Estado financiado por Estados Unidos y apoyado por Francia y Canadá. Paradójicamente, tras la presión de Bill Clinton, los golpistas tuvieron que retroceder sus pasos y restituyeron a Aristide en 1994. Pero una nueva semilla podrida comenzaba a germinar en territorio haitiano: la ocupación internacional.

Ocupación y terremoto

La Misión Civil Internacional en Haití (MICIVIH), de 1993, sería el germen de la futura Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), que se extendió durante 15 años, hasta 2009, y contó con la participación de países latinoamericanos como Argentina y Brasil, que comandó parte de la misión a cambio de conseguir un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero lejos de llevar paz, la MINUSTAH fue denunciada por múltiples violaciones a los derechos humanos, crímenes sexuales y la propagación del cólera.

A esa suma de calvarios, se agregó, en 2010, el terremoto que dejó literalmente al país bajo los escombros. Un sismo de 7 grados en la escala de Richter, de apenas pocos segundos, colapsó más de la mitad de las construcciones en la zona metropolitana de Puerto Príncipe-Pétionville. Más de 300.000 personas murieron y más de dos millones quedaron en la calle.

La naturaleza se ensañó con Haití, pero la mano humana le dio un golpe de gracia. Diez años después, hay múltiples denuncias de que la falta de organización y la corrupción se tragaron los casi 12 mil millones de dólares distribuidos en más de 2.500 proyectos de reconstrucción, a través del Módulo de Gestión de la Ayuda Externa del gobierno de Haití.

Presente y futuro

Si bien tradicionalmente se conoce a Haití como la nación más pobre de Latinoamérica, la Historia demuestra que, en realidad, es un país empobrecido. Actualmente, en Haití, casi el 60 por ciento de la población vive con menos de dos dólares por día, pero la precariedad afecta a todos. Glésile lo grafica así: “Cualquier persona, sea de la clase que sea, vive en la precariedad. Porque una persona con dinero puede accidentarse en la calle, pero no tiene un hospital donde atenderse”. Y agrega otro ejemplo: “Yo soy de Puerto Príncipe y hoy la capital no tiene ni una sala de cine. ¿Cómo un joven que está creciendo va a poder divertirse? La frase ‘voy al cine’ no existe. Somos un país que vive una situación extrema”.

Y esa pobreza genera violencia. En los últimos años, se expandieron las pandillas y mafias fuertemente armadas, que controlan barrios de la capital y se financian a través de secuestros. Hay cerca de 80 bandas criminales, según la Comisión de Desarme del Estado nacional, y en 2020 hubo casi tres secuestros por día, de acuerdo a la organización de derechos humanos Défenseurs Plus.

En ese contexto, Moïse llegó al poder, “lo más catastrófico desde el terremoto”, en palabras de Glésile. El mandatario no solo asumió tras sucesivas elecciones fraudulentas y obtuvo apenas el 18 por ciento de los votos, sino que también cerró el Parlamento y, desde enero de 2020, gobernaba por decreto. Además, creó una agencia de inteligencia que tipificó los actos de vandalismo como “terroristas” y, desde febrero pasado, se negaba a entregar el poder, pese a que la Constitución local establece que los mandatos comienzan en la fecha de celebración de las elecciones (2016), no en el momento formal de la asunción del mandato.

Pero aunque no tenía legitimidad popular, con masivas protestas en las calles, Moïse contaba con el apoyo internacional del famoso Core Group, integrado por Estados Unidos, la OEA, la ONU y la Unión Europea. Fue su premio luego de romper lazos con Venezuela y mantener el status quo de la élite: Haití hoy funciona como paraíso fiscal, es enclave de maquiladoras, funcional al negociado de la asistencia internacional y ruta de paso para el narcotráfico.

Ante semejante panorama, ¿qué esperar del futuro de Haití? Es una pregunta difícil de responder, teniendo en cuenta el vacío de poder actual: como presidente interino, se autodesignó Claude Joseph, anteúltimo primer ministro de Moïse, aunque pocos días antes de morir, este nombró al abogado Ariel Henry en el cargo, pero que todavía no había jurado. Y para colmo de males, el presidente de la Corte de Casación, René Sylvestre, que sí podría haber sido el sucesor legal del presidente, falleció en junio por la COVID-19.

Además, sobrevuela la posibilidad de una nueva ocupación extranjera, ya que, el fin de semana, Joseph declaró a la prensa la necesidad de “auxilio de nuestros socios internacionales”.

“El peligro real es la ocupación de Estados Unidos”, analiza Martínez Peria, teniendo en cuenta que, al último asesinato presidencial de Haití -Vilbrun Guillaume Sam en 1915-, le siguió el envío de marines por parte de Woodrow Wilson y que duró casi dos décadas.

Pero aunque la crisis actual es compleja, muchos intereses están en juego y la Historia parece estar manchada de sangre, aún hay esperanzas de que el país pueda retomar definitivamente su senda de independencia, que conquistó antes que nadie en 1804. “Los gobiernos y pueblos latinoamericanos deberían oponerse a esa intervención. Haití necesita que la dejen sola, no que otros países le indiquen qué hacer desde una manera paternalista”, concluye Martínez Peria.

“Salvar a Haití primero depende de los haitianos; después, si algunas naciones quieren ayudar, vamos a ver”, afirma Glésile, que desde sus redes sociales, en las últimas horas, pidió por la paz en su país: “La violencia no es el camino para Haití”.

Reforma constitucional en Chile: la historia de la “Tía Pikachu”, de fenómeno viral a candidata

*Nota publicada originalmente en La Nación.

Una travesura infantil, un tropiezo en plena calle y el poder de las redes sociales podrían llevar a Pikachua participar en la próxima reforma de la Constitución en Chile. La frase parece inverosímil, pero esa mezcla de ingredientes tan distintos son los que hicieron popular a la “Tía Pikachu”, el seudónimo con el que se hizo conocida Giovanna Grandón, una transportista escolar de 44 años, que el próximo fin de semana competirá como candidata independiente para la Convención Constituyente del vecino país.

La “Tía Pikachu” se volvió viral el 25 de octubre de 2019 cuando salió a manifestarse con un disfraz inflable del conocido personaje de Pokémon, en pleno estallido social que siguió a las protestas por el aumento del transporte público. Durante la marcha comenzó a saltar al ritmo de “¡baila Pikachu!” que coreaban a su alrededor, hasta que en un momento tropezó con el cordón de la vereda y se cayó. La escena quedó capturada en varios celulares y no tardó en desperdigarse por las redes. En Twitter ese primer video ya tiene 1.2 millones de vistas, y en YouTube, casi 205.000. Se volvió famosa de la noche a la mañana y un emblema de la protesta social en el mundo: hasta en protestas en Francia usaron el mismo disfraz para llamar la atención pública.

El apoyo social que cosechó, así como el descontento hacia los partidos políticos tradicionales y la grave crisis económica-social que Chile vive desde antes de la pandemia, convencieron a Grandón de participar en la redacción de una Constitución, que reemplazará a la que rige actualmente, escrita en 1980, durante la dictadura de Augusto Pinochet. Y lejos de las críticas que recibe por representar un dibujo animado, la Tía Pikachu sabe muy bien cuáles serían sus prioridades en caso de ingresar a la Convención: “Beneficios para todos en salud, educación, pensiones, servicios, alimentos y minerales. Queremos que todo sea para el Estado y en beneficio de la gente”, enumera, hacia el final de la campaña, en diálogo con LA NACION vía Zoom.

De una travesura a un símbolo

La historia de la “Tía Pikachu” comenzó en septiembre de 2019 con una picardía infantil, cuando su hijo de 7 años tomó el celular de su padre y comenzó a comprar sin límites en la plataforma de ventas online china AliExpress. Un gorro, un micrófono, el disfraz de Pikachu… En total gastó casi 600.000 pesos chilenos, unos 800 dólares. Los productos llegaron en octubre, y ella los vendió a todos, menos el traje, que lo guardó para festejar el Halloween que se avecinaba.

Pero la Noche de Brujas quedó desdibujada cuando estallaron las protestas por el aumento del transporte público y se convocó a una masiva movilización para el 25 de ese mes contra el gobierno de Sebastián Piñera. Grandón y su marido decidieron participar con un grupo de amigos y familiares, y ella llevó el disfraz. “Estaba saliendo de casa sin nada, pensando que en la manifestación podía comprar algo para meter bulla, porque mi sartén ya estaba destrozada –recuerda, sobre los cacerolazos característicos de esa época-. En eso me acordé del traje y volví a buscarlo. Lo tenía escondido debajo de la cama para que mis hijos no lo sacaran”.

Giovanna Grandón se postuló para la Convención Constituyente
Giovanna Grandón se postula para la Convención Constituyente. Foto: Prensa

Lo que siguió fue el tropezón y sus repercusiones. Grandón lo cuenta así: “En la marcha varios tocaban instrumentos, así que empezaron a cantar «baila Pikachu» y yo, a bailar. Di una vuelta y caí, apenas pocos minutos después de habérmelo puesto. Es que la única parte que yo veo es la boca, que tendrá unos 20 centímetros de diámetro. Pero la gente se reía y eran puras carcajadas, así que, cuando me caí, me paré y seguí bailando”.

La mujer ganó protagonismo en la marcha más masiva de la historia chilena: un millón de personas ocuparon las inmediaciones de la Plaza Italia, hoy también conocida como Plaza Dignidad. Y cuando llegó a la noche a su casa, su hija mayor le dio identidad en las redes. Publicó en su Instagram que su mamá era la “Tía Pikachu” y los seguidores fueron tantos que le abrió una cuenta propia. Un amigo le hizo el logo. La cuenta oficial ya supera los 145.000 seguidores.

De “tía” a candidata

“Tía” le dicen en Chile a las maestras jardineras. Grandón lo fue durante 15 años, y luego le siguieron siete como transportista escolar. Pero por la pandemia y la pausa de la presencialidad de las clases, tuvo que reinventarse: ahora se dedica a vender y repartir productos como frutas, quesos, huevos y miel. Nunca antes le había interesado la política. No tiene estudios universitarios. Y cuenta que de jóvenes, con su marido, trabajaban “de lunes a lunes, de las 5 de la mañana hasta las diez de la noche, para poder comprar una casa”, que aún está pagando. La pareja tiene cuatro hijos –Michelle, de 26 años; Jorgito, 20; Lucas, 10, y Diego, 8- y dos nietos, de 8 años y 9 meses.

Antes de saltar a la fama como “Tía Pikachu”, Grandón tenía otros planes junto a su familia. Se iban a ir a vivir a Piriápolis, Uruguay, buscando otros rumbos. Incluso estaban por vender su casa. El estallido social no solo cambió la historia de Chile, sino también la suya: “Le dije a mi marido: ‘Será de Dios, tendremos que quedarnos a luchar’. Porque para nosotros es una lucha, y nos gasean y tenemos que soportar los golpes de los pacos [como algunos denominan a los policías en Chile]. Pero seguí yendo a todas las manifestaciones porque no les tengo miedo”.

Grandón fue arrestada, denunciada penalmente, repelida por camiones hidrantes y hasta recibió un perdigón en un pie. Ya ocupó siete disfraces de Pikachu, porque los químicos que tiene el agua del camión hidrante deterioran la tela con la que está confeccionado. Sus seguidores le regalaron dos de esos trajes, y ella consiguió máscaras antigás para la manifestaciones. Su popularidad hizo que la invitasen a distintas marchas en diferentes puntos de país, por lo que llegó con su disfraz hasta bien al sur de Chile, como, Chiloé, a 1231 kilómetros de Santiago. También empezó a colaborar en ollas populares y eso le permitió relacionarse con más personas, entre ellas, sus potenciales votantes.

“Comenzaron a preguntarme qué pasaba con el tema de la Constitución. Me decían que podía ser constituyente, que salí del estallido social, que ayudaba en las ollas comunes –apunta Grandón-. Pero yo no quería porque no tenía estudios universitarios y pensaba que, como no sabía nada de leyes, no podía participar”. Finalmente, habilitaron para las elecciones a candidatos independientes extrapartidarios, Entonces ella se decidió y formó junto a un grupo de compañeros de las marchas la llamada Lista del Pueblo. Logró juntar 4300 patrocinios para ser candidata por el distrito 12 de Santiago, donde se encuentran tres de los barrios más humildes de la capital chilena. Y ahí empezó la campaña.La historia de la “Tía Pikachu”, de fenómeno viral a candidata – Fuente: YouTube

“Mi campaña es pobre. Tenemos impresora propia para imprimir nuestros flyers, y voy yo misma a volantear”, cuenta Grandón, que en algunos videos en YouTube se muestra haciendo campaña en las calles y el metro de Santiago disfrazada de Pikachu. En algunas de sus fotos se la ve con el traje hasta la cintura y la banda presidencial de Chile cruzando su pecho. La creatividad es la norma, ante los pocos recursos económicos con los que cuenta. “Yo recibí aportes de 200.000 pesos (unos 285 dólares), más lo que me prestó el Servel (el Servicio Electoral de Chile): 250.000 pesos (U$S 356), que tengo que devolver después de las elecciones”, dice, y critica a los candidatos partidarios: “Pusieron muchas limitaciones para nosotros, los 100% independientes. La derecha puso al frente de las candidaturas a gente muy conocida y querida, como actores y cantantes, que van a arrastrar en las listas a todos los políticos corruptos de siempre”.

«Me decían que podía ser constituyente. Pero yo no quería porque no tenía estudios universitarios y pensaba que, como no sabía nada de leyes, no podía participar»

¿Qué hará si logra entrar a la Convención? Grandón afirma que parte del sueldo de más de 3000 dólares que recibiría lo va a destinar a “una plataforma a nivel nacional donde la gente pueda poner sus necesidades y qué cosas tenemos que cambiar de la Constitución”. Pero las reglas internas de la Convención también tienen sus laberintos, porque toda propuesta debe ser aprobada con un quórum de 2/3 de los miembros, y en las elecciones de constituyentes el oficialismo va unificado y la izquierda repartida en distintas listas.

Pero Grandón tiene esperanzas: “Si la gente entiende que tenemos que salir constituyentes los que sean realmente independientes, podemos hacer los cambios. Nosotros estamos alineados con las cosas que necesita nuestra gente; en cambio, los partidos políticos siempre van a tratar de resguardar ese privilegio que tienen las grandes empresas y los robos millonarios que hacen. Hay que cambiar a todos y sacar caras nuevas, verdaderos representantes del pueblo”, expresa la Tía Pikachu. Un fenómeno viral que nació casi de casualidad en pleno estallido social, pero que tiene presente las banderas que se levantaron en octubre de 2019: “Esa es la pelea. Que la gente que salió a manifestarte, que ha muerto, que ha perdido los ojos, no quede en vano”.

Haití

El 7 de febrero, el ahora dictador Jovenel Moïse decidió que todavía no se había cumplido su quinquenio presidencial en Haití, que le faltaban 365 días más de gobierno.
Desde entonces, se suceden las protestas callejeras y la represión oficial ya causó varios muertos. Durante la primera semana de la crisis, la heterogénea oposición nombró por consenso a Joseph Mécène Jean Louis, juez de la Corte de Casación, como “presidente de transición” sin poder real. Pero Moïse, en vez de llamar al diálogo, respondió echando más leña al fuego: denunció un golpe de Estado en su contra, consiguió el apoyo de la comunidad internacional y de las fuerzas armadas, jubiló ilegalmente al magistrado Jean Louis, y ratificó un maratónico calendario para cambiar la Constitución a partir de un referéndum aprobatorio.
La postura intransigente de Moïse de no dejar el poder se basa en una manera particular de interpretar la Constitución local, que establece claramente que los mandatos comienzan en la fecha de celebración de las elecciones, no en el momento formal de la asunción del mandato. 
El origen del conflicto se remonta entonces a las elecciones de octubre de 2015. Anuladas por fraude, una ola de protestas obligó a nombrar un presidente provisional hasta que, tras nuevas elecciones en 2016 –y también denunciadas de fraudulentas–, Moïse asumió finalmente el cargo en 2017. Había cosechado apenas 590 mil votos de un padrón de más de 6 millones de electores.
Pero acaso la figura de Moïse y su flamante régimen autoritario representan el capítulo más reciente de una histórica crisis que atraviesa a Haití desde sus orígenes, con las principales potencias como actores protagónicos, y los países latinoamericanos dando la espalda sistemáticamente.

¿Cuándo se jodió Haití?

“Para entender el huevo de la serpiente hay que saber que a Haití nadie le quería reconocer la independencia”, apunta Juan Francisco Martínez Peria –Doctor en Historia (Universidad Pompeu Fabra), especialista en el Caribe y autor del libro “¡Libertad o Muerte! Historia de la Revolución Haitiana”–, que sitúa la raíz de la crisis actual más de doscientos años atrás. 
En 1804, Haití fue el primer país de América Latina en independizarse y la única revolución de esclavizados que triunfó en la Historia: derrotaron a España, Inglaterra y Francia juntos, los imperios más importante de la época. Pero aquella rebelión perfecta desató, a su vez, una tormenta perfecta sobre el destino de este país antillano situado al occidente de la isla La Española, que comparte con República Dominicana. 
“Haití y su revolución siempre fueron olvidados. Constantemente se presenta al país en términos negativos y su independencia es negada, actitud que tiene que ver con el racismo imperante en esa época y de hoy en día. Haití está sufriendo un castigo permanente por haber hecho la revolución que hizo. Nunca se lo perdonaron”, plantea Martínez Peria: “La revolución generó un impacto muy grande en el mundo atlántico, mucho miedo a las élites blancas y criollas, y muchas esperanzas en los sectores populares, esclavizados, y afrodescendientes en América Latina, el Caribe y Estados Unidos”. 
Por eso, las potencias reaccionaron rápido a su independencia y Francia intentó recolonizar, en vano, la isla. En 1825, Haití sufrió un golpe muy duro, cuando Francia dio el brazo a torcer a cambio del pago de una cuantiosa indemnización seguida de amenaza militar. La imposibilidad de pagar esa deuda obligó al país a tomar un empréstito con su propio verdugo, contrayendo así una suerte de doble deuda externa. Esa dependencia económica fue seguida de profundas crisis políticas internas, que marcaron el pulso de un inestable siglo XIX. El saldo fue la intervención de Estados Unidos, entre 1915 y 1934, en nombre de una ansiada “libertad a la norteamericana”, que la Casa Blanca ya pregonaba extendiendo sus tentáculos a Cuba, Puerto Rico y República Dominicana.

Frontera imperial

Haití y el Caribe siempre fueron fichas de intercambio en el tablero internacional, donde las potencias echaron mano según sus intereses. Su importancia radica en su ubicación geográfica, puerta de entrada a América Latina y paso obligado de una parte importante del comercio mundial hacia el Pacifico a través del Canal de Panamá.
“El Caribe siempre fue un lugar muy importante geopolíticamente –subraya Martínez Peria–. Ahí comenzó la conquista y desde siempre hubo una disputa entre todas las potencias. Sobre el siglo XVIII fue un enclave importante para el azúcar, considerado el oro blanco, y desde entonces todas las rutas comerciales pasaron por ahí. No es un paraíso como lo vende el turismo, sino un lugar de enormes tragedias construido a base de sangre, colonialismo y genocidios”.
Lejos de las postales de los cruceros, la región es una “frontera imperial”, como la definió el ex presidente e intelectual dominicano Juan Bosh en su libro “De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial”, que en sus primeras líneas afirma: “El Caribe está entre los lugares de la Tierra que han sido destinados por su posición geográfica y su naturaleza privilegiada para ser fronteras de dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto de la codicia de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la violencia desatada entre ellos”.
El Caribe cuenta con un “póker del espanto”, como lo tituló el propio Bosh en otro de sus libros. Tan solo en la primera mitad del siglo XX, la región vivió un baño de sangre bajo los regímenes de Juan Vicente Gómez en Venezuela, Gerardo Machado y Fulgencio Batista en Cuba, Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, y las dinastías  de los Somoza en Nicaragua y -claro está- de los Duvalier en Haití.

Los Duvalier y las ciclos golpistas

Con la llegada de Franklin D. Roosevelt y su “política del buen vecino”, la Casa Blanca dejó de intervenir de manera directa en Haití, pero acompañó el ascenso y la consolidación de las dictaduras de Fracois “Papa Doc” Duvalier, primero, y de Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, después. Entre 1957 y 1986, hubo 40.000 muertos y más de un millón de exiliados, bajo el paraguas norteamericano que buscaba contener el avance del comunismo en el Caribe, que tenía su punta de lanza desde 1959 en Cuba, a solo 100 kilómetros de distancia de Haití a través del Paso de los Vientos.
Los Duvalier sistematizaron una política de terror e inauguraron un ciclo de golpes que ni siquiera el derrocamiento de “Baby Doc”, el 7 de febrero de 1986, sepultó. Desde entonces, en Haití se sucedieron ocho golpes de Estado, 34 cambios de gobierno (por cambio de primer ministro), cinco elecciones abortadas, tres intervenciones militares extranjeras y cinco misiones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la estabilidad y la paz, según rescata el sociólogo y ex brigadista en Haití Lautaro Rivara, a partir de un cálculo del economista y cineasta haitiano Arnold Antonin.
“En la historia misma del país los dirigentes siempre quieren quedarse en el poder”, entiende Robby Glésile, referente de la comunidad haitiana en la Argentina y miembro del grupo de estudio sobre migraciones de la Universidad Nacional de Rosario. “Tenemos esa práctica de no respetar las reglas de la democracia: cada uno quiere estar en el poder pase lo que pase –plantea–. No hay un trabajo de memoria para que la población entienda las reglas de la democracia, que la dictadura no es el camino del país. Hoy en día el espectro de la dictadura sigue planeando sobre la población haitiana, en los discursos y los reflejos”.
Y es que el periodo de democratización que siguió a la caída de “Baby Doc”, que redactó una nueva Constitución en 1987 y que permitió el ascenso popular de Jean-Bertrand Aristide, fue coartado sistemáticamente. El sacerdote salesiano vinculado a la teología de la liberación se convirtió el 7 de febrero de 1990 en el primer presidente elegido en elecciones abiertas y libres –casi doscientos años después de la independencia–, pero a los siete meses fue derrocado por un golpe de Estado financiado por Estados Unidos, y apoyado por Francia y Canadá. Paradójicamente, tras la presión de Bill Clinton, los golpistas tuvieron que retroceder sus pasos y restituyeron a Aristide en 1994. Pero una nueva semilla podrida comenzaba a germinar en territorio haitiano: la ocupación internacional.

Ocupación y terremoto

La Misión Civil Internacional en Haití (MICIVIH) de 1993 sería el germen de la futura Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), que se extendió durante 15 años hasta 2019 y contó con la participación de países latinoamericanos como Argentina y Brasil, que comandó parte de la misión a cambio de conseguir un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero lejos de llevar paz, la MINUSTAH fue denunciada por múltiples violaciones a los derechos humanos, crímenes sexuales y la propagación del cólera. Hoy la ocupación internacional continúa, pero con una “Misión de manteniemiento de la paz más pequeña”, como anuncia la ONU en su web.
A esa suma de calvarios se agregó en 2010 el terremoto que dejó literalmente al país bajo los escombros. Un sismo de 7 grados en la escala de Richter de apenas pocos segundos colapsó más de la mitad de las construcciones en la zona metropolitana de Puerto Príncipe-Pétionville. Más de 300.000 personas murieron y más de dos millones quedaron en la calle.
La naturaleza se ensañó con Haití, pero la mano humana le dio un golpe de gracia. Diez años después hay múltiples denuncias de que la falta de organización y la corrupción se tragaron los casi 12 mil millones de dólares distribuidos en más de 2500 proyectos de reconstrucción a través del Módulo de Gestión de la Ayuda Externa del Gobierno de Haití.

Presente y futuro

Actualmente en Haití casi el 60 por ciento de la población vive con menos de dos dólares por día, pero la precariedad afecta a todos. Glésile lo grafica así: “Cualquier persona, sea de la clase que sea, vive en la precariedad. Porque una persona con dinero puede accidentarse en la calle, pero no tiene un hospital donde atenderse”. Y agrega otro ejemplo: “Yo soy de Puerto Príncipe y hoy la capital no tiene ni una sala de cine. ¿Cómo un joven que está creciendo va a poder divertirse? La frase “voy al cine” no existe. Somos un país que vive una situación extrema”.
Y esa pobreza genera violencia. En los últimos años se expandieron las pandillas y mafias fuertemente armadas, que controlan barrios de la capital y se financian a través de secuestros. Hay cerca de 80 bandas criminales, según la Comisión de Desarme del Estado nacional, y en 2020 hubo casi tres secuestros por días, de acuerdo a la organización de derechos humanos Défenseurs Plus. 
En ese contexto llegó Moïse al poder, “lo más catastrófico desde el terremoto”, en palabras de Glésile. El mandatario no solo asumió tras sucesivas elecciones fraudulentas y obtuvo apenas el 18% de los votos, cerró el Parlamento, desde enero de 2020 gobierna por decreto, y creó una agencia de inteligencia que goza de inmunidad y tipificó los actos de vandalismo como “terroristas”.
“Hay líneas de continuidad con el pasado”, analiza Martínez Peria para entender el gobierno de Moïse y sus apoyos incondicionales: Estados Unidos, la OEA, la ONU y la Unión Europea, miembros del famoso Core Group. “Es su ganancia tras romper lazos con Venezuela, que desde la época de Hugo Chávez hizo pie en la isla con un doble objetivo -agrega-. Por un lado histórico, reivindicando la ayuda militar que Simón Bolívar recibió de Alexandre Pétion para sus luchas independentistas de inicios del siglo XIX. Y por otro político, para expandir el ALBA frente a las narices de Washington”.
Además de cumplir una suerte de contenedor geopolítico para la expansión bolivariana, Haití hoy es importante porque funciona como paraíso fiscal, es enclave de maquiladoras, es teatro para el negociado de la asistencia internacional y es ruta de paso para el narcotráfico. Pero el realineamiento de Moïse no cuenta con apoyo popular, con protestas desde antes de su asunción por estar salpicado por las denuncias de corrupción vinculadas a la alianza PetroCaribe, creada por el propio Chávez.
Ante semejante panorama histórico, ¿qué esperar del futuro de Haití? “Más crisis política –aventura Martínez Peria–. Cualquier otro presidente ya hubiera caído en otro país. No es que hoy esté pasando esto, todo el mandato de Moïse fue una constante crisis”.
“Qué va a pasar es la gran pregunta”, contesta, por su lado, Glésile. “Seguiremos este año con protestas, represión, asesinatos, masacres y movimientos. En Haití las cosas no son sencillas. Que marchen cinco, diez o cincuenta mil personas en las calles no significa nada. Puedes reprimir o matar a la gente, pero eso no va a hacer que el presidente vaya a moverse de su sitio. No. En Haití las cosas son muy complicadas”.

#6: Haití

Esta primera semilla del 2021 demoró, pero acá está, proponiendo una historia del Caribe.
El martes 9 de febrero me llegó por WhatsApp un mensaje de texto desde Haití, dos días después de que cayera allí un nuevo manto dictatorial. Quien me escribió era una conocida mía argentina, radicada en el pequeño país desde hace un año. Me contó un panorama de crisis y protestas, que los medios de comunicación ya empezaban a registrar, aunque tímidamente, sin la visibilidad que el caso ameritaba, como históricamente sucede con el mal llamado «país más pobre del continente».
Entonces esta Semilla, que busca entender el trasfondo de la crisis haitiana actual. Una perspectiva sobre qué pasó, qué pasa, y qué puede pasar en Haití, el primer país latinoamericano en ser independiente.


Haití

El 7 de febrero, el ahora dictador Jovenel Moïse decidió que todavía no se había cumplido su quinquenio presidencial en Haití, que le faltaban 365 días más de gobierno.
Desde entonces, se suceden las protestas callejeras y la represión oficial ya causó varios muertos. Durante la primera semana de la crisis, la heterogénea oposición nombró por consenso a Joseph Mécène Jean Louis, juez de la Corte de Casación, como “presidente de transición” sin poder real. Pero Moïse, en vez de llamar al diálogo, respondió echando más leña al fuego: denunció un golpe de Estado en su contra, consiguió el apoyo de la comunidad internacional y de las fuerzas armadas, jubiló ilegalmente al magistrado Jean Louis, y ratificó un maratónico calendario para cambiar la Constitución a partir de un referéndum aprobatorio.
La postura intransigente de Moïse de no dejar el poder se basa en una manera particular de interpretar la Constitución local, que establece claramente que los mandatos comienzan en la fecha de celebración de las elecciones, no en el momento formal de la asunción del mandato. 
El origen del conflicto se remonta entonces a las elecciones de octubre de 2015. Anuladas por fraude, una ola de protestas obligó a nombrar un presidente provisional hasta que, tras nuevas elecciones en 2016 –y también denunciadas de fraudulentas–, Moïse asumió finalmente el cargo en 2017. Había cosechado apenas 590 mil votos de un padrón de más de 6 millones de electores.
Pero acaso la figura de Moïse y su flamante régimen autoritario representan el capítulo más reciente de una histórica crisis que atraviesa a Haití desde sus orígenes, con las principales potencias como actores protagónicos, y los países latinoamericanos dando la espalda sistemáticamente.

¿Cuándo se jodió Haití?

“Para entender el huevo de la serpiente hay que saber que a Haití nadie le quería reconocer la independencia”, apunta Juan Francisco Martínez Peria –Doctor en Historia (Universidad Pompeu Fabra), especialista en el Caribe y autor del libro “¡Libertad o Muerte! Historia de la Revolución Haitiana”–, que sitúa la raíz de la crisis actual más de doscientos años atrás. 
En 1804, Haití fue el primer país de América Latina en independizarse y la única revolución de esclavizados que triunfó en la Historia: derrotaron a España, Inglaterra y Francia juntos, los imperios más importante de la época. Pero aquella rebelión perfecta desató, a su vez, una tormenta perfecta sobre el destino de este país antillano situado al occidente de la isla La Española, que comparte con República Dominicana. 
“Haití y su revolución siempre fueron olvidados. Constantemente se presenta al país en términos negativos y su independencia es negada, actitud que tiene que ver con el racismo imperante en esa época y de hoy en día. Haití está sufriendo un castigo permanente por haber hecho la revolución que hizo. Nunca se lo perdonaron”, plantea Martínez Peria: “La revolución generó un impacto muy grande en el mundo atlántico, mucho miedo a las élites blancas y criollas, y muchas esperanzas en los sectores populares, esclavizados, y afrodescendientes en América Latina, el Caribe y Estados Unidos”. 
Por eso, las potencias reaccionaron rápido a su independencia y Francia intentó recolonizar, en vano, la isla. En 1825, Haití sufrió un golpe muy duro, cuando Francia dio el brazo a torcer a cambio del pago de una cuantiosa indemnización seguida de amenaza militar. La imposibilidad de pagar esa deuda obligó al país a tomar un empréstito con su propio verdugo, contrayendo así una suerte de doble deuda externa. Esa dependencia económica fue seguida de profundas crisis políticas internas, que marcaron el pulso de un inestable siglo XIX. El saldo fue la intervención de Estados Unidos, entre 1915 y 1934, en nombre de una ansiada “libertad a la norteamericana”, que la Casa Blanca ya pregonaba extendiendo sus tentáculos a Cuba, Puerto Rico y República Dominicana.

Frontera imperial

Haití y el Caribe siempre fueron fichas de intercambio en el tablero internacional, donde las potencias echaron mano según sus intereses. Su importancia radica en su ubicación geográfica, puerta de entrada a América Latina y paso obligado de una parte importante del comercio mundial hacia el Pacifico a través del Canal de Panamá.
“El Caribe siempre fue un lugar muy importante geopolíticamente –subraya Martínez Peria–. Ahí comenzó la conquista y desde siempre hubo una disputa entre todas las potencias. Sobre el siglo XVIII fue un enclave importante para el azúcar, considerado el oro blanco, y desde entonces todas las rutas comerciales pasaron por ahí. No es un paraíso como lo vende el turismo, sino un lugar de enormes tragedias construido a base de sangre, colonialismo y genocidios”.
Lejos de las postales de los cruceros, la región es una “frontera imperial”, como la definió el ex presidente e intelectual dominicano Juan Bosh en su libro “De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial”, que en sus primeras líneas afirma: “El Caribe está entre los lugares de la Tierra que han sido destinados por su posición geográfica y su naturaleza privilegiada para ser fronteras de dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto de la codicia de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la violencia desatada entre ellos”.
El Caribe cuenta con un “póker del espanto”, como lo tituló el propio Bosh en otro de sus libros. Tan solo en la primera mitad del siglo XX, la región vivió un baño de sangre bajo los regímenes de Juan Vicente Gómez en Venezuela, Gerardo Machado y Fulgencio Batista en Cuba, Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, y las dinastías  de los Somoza en Nicaragua y -claro está- de los Duvalier en Haití.

Los Duvalier y las ciclos golpistas

Con la llegada de Franklin D. Roosevelt y su “política del buen vecino”, la Casa Blanca dejó de intervenir de manera directa en Haití, pero acompañó el ascenso y la consolidación de las dictaduras de Fracois “Papa Doc” Duvalier, primero, y de Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, después. Entre 1957 y 1986, hubo 40.000 muertos y más de un millón de exiliados, bajo el paraguas norteamericano que buscaba contener el avance del comunismo en el Caribe, que tenía su punta de lanza desde 1959 en Cuba, a solo 100 kilómetros de distancia de Haití a través del Paso de los Vientos.
Los Duvalier sistematizaron una política de terror e inauguraron un ciclo de golpes que ni siquiera el derrocamiento de “Baby Doc”, el 7 de febrero de 1986, sepultó. Desde entonces, en Haití se sucedieron ocho golpes de Estado, 34 cambios de gobierno (por cambio de primer ministro), cinco elecciones abortadas, tres intervenciones militares extranjeras y cinco misiones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la estabilidad y la paz, según rescata el sociólogo y ex brigadista en Haití Lautaro Rivara, a partir de un cálculo del economista y cineasta haitiano Arnold Antonin.
“En la historia misma del país los dirigentes siempre quieren quedarse en el poder”, entiende Robby Glésile, referente de la comunidad haitiana en la Argentina y miembro del grupo de estudio sobre migraciones de la Universidad Nacional de Rosario. “Tenemos esa práctica de no respetar las reglas de la democracia: cada uno quiere estar en el poder pase lo que pase –plantea–. No hay un trabajo de memoria para que la población entienda las reglas de la democracia, que la dictadura no es el camino del país. Hoy en día el espectro de la dictadura sigue planeando sobre la población haitiana, en los discursos y los reflejos”.
Y es que el periodo de democratización que siguió a la caída de “Baby Doc”, que redactó una nueva Constitución en 1987 y que permitió el ascenso popular de Jean-Bertrand Aristide, fue coartado sistemáticamente. El sacerdote salesiano vinculado a la teología de la liberación se convirtió el 7 de febrero de 1990 en el primer presidente elegido en elecciones abiertas y libres –casi doscientos años después de la independencia–, pero a los siete meses fue derrocado por un golpe de Estado financiado por Estados Unidos, y apoyado por Francia y Canadá. Paradójicamente, tras la presión de Bill Clinton, los golpistas tuvieron que retroceder sus pasos y restituyeron a Aristide en 1994. Pero una nueva semilla podrida comenzaba a germinar en territorio haitiano: la ocupación internacional.

Ocupación y terremoto

La Misión Civil Internacional en Haití (MICIVIH) de 1993 sería el germen de la futura Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), que se extendió durante 15 años hasta 2019 y contó con la participación de países latinoamericanos como Argentina y Brasil, que comandó parte de la misión a cambio de conseguir un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero lejos de llevar paz, la MINUSTAH fue denunciada por múltiples violaciones a los derechos humanos, crímenes sexuales y la propagación del cólera. Hoy la ocupación internacional continúa, pero con una “Misión de manteniemiento de la paz más pequeña”, como anuncia la ONU en su web.
A esa suma de calvarios se agregó en 2010 el terremoto que dejó literalmente al país bajo los escombros. Un sismo de 7 grados en la escala de Richter de apenas pocos segundos colapsó más de la mitad de las construcciones en la zona metropolitana de Puerto Príncipe-Pétionville. Más de 300.000 personas murieron y más de dos millones quedaron en la calle.
La naturaleza se ensañó con Haití, pero la mano humana le dio un golpe de gracia. Diez años después hay múltiples denuncias de que la falta de organización y la corrupción se tragaron los casi 12 mil millones de dólares distribuidos en más de 2500 proyectos de reconstrucción a través del Módulo de Gestión de la Ayuda Externa del Gobierno de Haití.

Presente y futuro

Actualmente en Haití casi el 60 por ciento de la población vive con menos de dos dólares por día, pero la precariedad afecta a todos. Glésile lo grafica así: “Cualquier persona, sea de la clase que sea, vive en la precariedad. Porque una persona con dinero puede accidentarse en la calle, pero no tiene un hospital donde atenderse”. Y agrega otro ejemplo: “Yo soy de Puerto Príncipe y hoy la capital no tiene ni una sala de cine. ¿Cómo un joven que está creciendo va a poder divertirse? La frase “voy al cine” no existe. Somos un país que vive una situación extrema”.
Y esa pobreza genera violencia. En los últimos años se expandieron las pandillas y mafias fuertemente armadas, que controlan barrios de la capital y se financian a través de secuestros. Hay cerca de 80 bandas criminales, según la Comisión de Desarme del Estado nacional, y en 2020 hubo casi tres secuestros por días, de acuerdo a la organización de derechos humanos Défenseurs Plus. 
En ese contexto llegó Moïse al poder, “lo más catastrófico desde el terremoto”, en palabras de Glésile. El mandatario no solo asumió tras sucesivas elecciones fraudulentas y obtuvo apenas el 18% de los votos, cerró el Parlamento, desde enero de 2020 gobierna por decreto, y creó una agencia de inteligencia que goza de inmunidad y tipificó los actos de vandalismo como “terroristas”.
“Hay líneas de continuidad con el pasado”, analiza Martínez Peria para entender el gobierno de Moïse y sus apoyos incondicionales: Estados Unidos, la OEA, la ONU y la Unión Europea, miembros del famoso Core Group. “Es su ganancia tras romper lazos con Venezuela, que desde la época de Hugo Chávez hizo pie en la isla con un doble objetivo -agrega-. Por un lado histórico, reivindicando la ayuda militar que Simón Bolívar recibió de Alexandre Pétion para sus luchas independentistas de inicios del siglo XIX. Y por otro político, para expandir el ALBA frente a las narices de Washington”.
Además de cumplir una suerte de contenedor geopolítico para la expansión bolivariana, Haití hoy es importante porque funciona como paraíso fiscal, es enclave de maquiladoras, es teatro para el negociado de la asistencia internacional y es ruta de paso para el narcotráfico. Pero el realineamiento de Moïse no cuenta con apoyo popular, con protestas desde antes de su asunción por estar salpicado por las denuncias de corrupción vinculadas a la alianza PetroCaribe, creada por el propio Chávez.
Ante semejante panorama histórico, ¿qué esperar del futuro de Haití? “Más crisis política –aventura Martínez Peria–. Cualquier otro presidente ya hubiera caído en otro país. No es que hoy esté pasando esto, todo el mandato de Moïse fue una constante crisis”.
“Qué va a pasar es la gran pregunta”, contesta, por su lado, Glésile. “Seguiremos este año con protestas, represión, asesinatos, masacres y movimientos. En Haití las cosas no son sencillas. Que marchen cinco, diez o cincuenta mil personas en las calles no significa nada. Puedes reprimir o matar a la gente, pero eso no va a hacer que el presidente vaya a moverse de su sitio. No. En Haití las cosas son muy complicadas”.


Algunos enlaces interesantes…

  • Para estar al tanto de lo que pasa en Haití, seguí al sociólogo y ex brigadista Lautaro Rivara en su Twitter y en su web. Actualmente está allá reporteando de cerca la crisis.
  • Este especial es una gran investigación sobre la violencia actual de las mafias en Haití. 
  • El libro completo «De Cristóbal Colón a Fidel Castro: el Caribe, frontera imperial» de Juan Bosch se puede leer en la web oficial de la biblioteca de la Cámara de Diputados de México.

El latinoamericano

En noviembre de 2005, Maradona sería la locomotora de un tren que haría historia para Latinoamérica. 
La noche del 4 salió desde la estación Constitución hacia Mar del Plata el Tren del Alba, una movilización de la Alternativa Bolivariana para las Américas que enfrentaría la discusión principal de la Cumbre de las Américas de ese entonces: el Alca, el tratado de libre comercio para todo el continente que proponían los Estados Unidos de Bush.
En el último vagón, convertido en una especie de sector VIP, Maradona fue acompañado por el cineasta y músico Emir Kusturica que estaba documentando su vida; por un Evo Morales que todavía no era presidente de Bolivia, y por el entonces diputado nacional y ex montonero Miguel Bonasso, artífice de la travesía. En el resto del tren se repartían un centenar de dirigentes, políticos, actores, actrices, cantantes y demás celebridades. 
El Diego marcó el tono político desde la conferencia de prensa inicial. Le habló a Bush frente a las cámaras con una remera que decía “Stop Bush” con la S en forma de esvástica: “Nos desprecia. Es una basura humana. Estoy acá para defender la dignidad argentina. Que sepa que no lo necesitamos, que no le damos la bienvenida, que no lo queremos”. 
Luego, en una escena registrada en el documental de Kusturica, bailaría al ritmo de una batucada abrazado a una bandera argentina y con una camiseta que llevaba la caricatura del presidente norteamericano y la frase “War Criminal”. 
Con la máquina en marcha, Maradona se paseó por todo el tren saludando a unos y otros, asumiendo un rol de anfitrión, consciente del poder de atracción que tenía. “Así transcurría la madrugada cuando la puerta del coche comedor se abrió y entró algo como una llamarada -recordó la periodista Sandra Russa, que viajó como cronista de Página 12-. Era Maradona con Kusturica atrás y el séquito que lo seguía a todas partes. Me achiqué en el asiento porque el clima en el coche comedor era de sofoco, pero de pronto una mano agarró la mía y era la de Maradona. Había ido a saludar a uno por uno a los que atestábamos el tren”. Hasta se sentó incluso en la mesa que compartían las actrices Mirta Busnelli y Leonor Manso.
El Tren del Alba llegó a las 6.20 a Mar del Plata, pero recién media hora más tarde comenzaron a bajar los pasajeros. Según registró el diario La Nación, el Diego tuvo que bajarse por una puerta alternativa a la que lo esperaban los periodistas y se retiró de la estación sin ser visto. 
Ya en el estadio mundialista, donde se desarrollaba la Cumbre de los Pueblos, Maradona fue invitado por Hugo Chávez para hablar apenas unos segundos frente a la multitud, entre los que estaban Silvio Rodríguez, Hebe de Bonafini, Nora Cortiñas. “La Argentina es digna, echemos a Bush”, gritó al micrófono. 
Minutos antes había estado hablando por teléfono celular con Fidel Castro, que desde La Habana le pedía que acompañara y cuidara muy bien a Chávez. Minutos después, el líder venezolano sentenciaría en su discurso la suerte del tratado de libre comercio continental: “Alca, Alca… al carajo”.

Fidel y Maradona, cuando se conocieron en 1987.

El titiritero que manejó los hilos del Tren al Alba fue justamente Fidel, de quien Maradona se enamoró en 1987. Aquel año, los periodistas Carlos Bonelli y Pablo Llonto convencieron al Diego de que viajara a la isla para recibir el premio “al mejor deportista del año” otorgado por la agencia cubana Prensa Latina. Había sido elegido por la locura desatada tras México 86.
“Diego, aún no era el Diego Comandante”, escribió Llonto en Un Caño sobre aquel encuentro. Temía que lo usen políticamente, pero fue él mismo quien cambió políticamente. O por lo menos intensificó su sensibilidad social. “Diego recorrió las calles de La Habana y estaba admirado porque no vio chicos descalzos en ninguna parte”, se puede leer en la crónica de Llonto.
Maradona mismo contó, entre muchos gestos, ese encuentro inicial con Fidel en el documental de Kusturica: “Los americanos me daban un premio, y me daban un premio en Cuba. Dije: ‘Americanos, quédense con el premio. Yo me voy a recibirlo a Cuba’. Y estuvimos casi 5 horas hablando del Che, de la Argentina, de Cuba. Y salí enamorado de Fidel. Me pareció un monstruo, que defiende la tierra. Es el único político, si queremos llamarlo así, que no le pueden decir que robó, aunque los americanos lo intentan. Pero es el único hombre de política que puede decir ‘Yo me la jugué por mi país, por mi tierra’. Él es un revolucionario, porque los políticos del mundo entran con plata para ganar las elecciones, pero él se la ganó con un fusil, porque tiene dos huevos así”.
Es conjetura pensar que fue Fidel quien lo hizo político, pero tanto lo admiró Maradona que lo llamó su “segundo padre”, lo que se podría leer como su “padre político”. Y después de ese flechazo todo fue política para Maradona. Y más de izquierda que de derecha, incluso más latinoamericano que cualquier dirigente de la región, quizás tan solo comparado con el propio Fidel, a quien copió hasta en el día de su muerte. 
Si hizo su mayor obra de arte y su mayor acto de rebeldía en suelo latinoamericano. Si tuvo “dos huevos así” y dos piernas así, cuando en el estadio Azteca y bajo el sol de México 86 arrodilló al imperialismo británico que había invadido Malvinas con una síntesis perfecta entre la picardía -la mano de Dios- y la genialidad -el gol del Siglo. Si es la única persona que aparece mencionada en el himno “Latinoamérica” de Calle 13. Si además del No al Alca, acompañó a Piedad Córdoba en el Partido de la Paz en Colombia. Apoyó a Evo Morales en la salida al mar para Bolivia y el derecho a su Selección de jugar en la altura de La Paz. Defendió a Dilma Rousseff por su destitución y a Lula por su encarcelamiento. Se acercó a Néstor y Cristina Kirchner en la Argentina, caminó con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y hasta poco antes de morir defendió el impuesto extraordinario a las grandes fortunas de Alberto Fernández.
Seguro no faltará el que denuncie una farsa en lo que digo y gritará: ¡Truco! Que se sacó fotos con Menem y era su amigo, vestía un Rolex en cada mano y manejaba una Ferrari. Pero en la vereda de enfrente, otros cantarán ¡Retruco! Que en el 95 ya andaba declarando, palabras más, palabras menos, “que le saquen plata a los que más tienen, como yo”. O alguno más filosofado dirá que ser de izquierda no es estar en contra de tener bienes, sino de la propiedad privada de los medios de producción. Y la verdad es que el único medio de producción de Maradona fueron sus dos piernas, y principalmente una, la izquierda.
Pero más allá de la conjetura, sí es verdad que fue el líder cubano quien lo convenció de sumarse a la movilización contra el Alca. Según reveló Miguel Bonasso por estos días, Fidel le dio una entrevista exclusiva en La Habana, en octubre de 2005, para su programa “La noche del Diez”, a cambio de que Maradona viaje a Mar del Plata para potenciar el No al Alca.
“Fidel le dio esa cariñosa exclusiva con la intención política de convencerlo para que se subiera al Tren del Alba, nuestro plato fuerte en la movilización contra Bush que montamos en la Cumbre de Mar del Plata”, escribió Bonasso en su cuenta de Facebook. Y elogió “la disciplina militante que el jugador más famoso de todos los tiempos mostró en aquella jugada. Una humildad de la que careció más de una de esas mascaritas que también se subió al tren. Que se suben a todos los trenes”.
En aquella entrevista con Fidel, transmitida por el Canal 13 del Grupo Clarín, Maradona demostró una vez más que la política no es un territorio único de los partidarios y dirigentes encuadrados. Cuestionó las medidas migratorias de Estados Unidos, su estrategia antidrogas y contó que nunca más pudo volver después del Mundial 94, cuando le cortaron las piernas. Pese a la estrella mundial que era, una vez cuando fue a buscar a Dalma a Disney, en el aeropuerto de Miami lo separaron en una celda y lo revisaron de pies a cabeza. El Tío Sam no lo quería al Diego latinoamericano. “Yo puedo vivir sin Estados Unidos”, le dijo Maradona a Fidel en la entrevista, y después le mostraría el tatuaje suyo que se había hecho en la pierna izquierda, que combinaba con el icónico que ya tenía del Che. 

En la avenida Corrientes, la noche del 25 de noviembre de 2020.

Ya se dijo: Maradona fue mucho más que el más brillante jugador de fútbol dentro de una cancha.
“Su notable protagonismo en la gran batalla de los pueblos de Nuestra América en contra del ALCA en Mar del Plata en noviembre del 2005 hubiera bastado para asignarle un sitial prominente en la historia de las luchas antiimperialistas -analizó Atilio Borón en Página 12-. Allí donde se libraba un combate contra el imperialismo Diego no tardaba en enrolarse. Su empeño por la causa de la emancipación popular iba parejo con su repudio a los ricos y poderosos que condenaban a sus pueblos a la miseria, la enfermedad, la ignorancia. Fue coherente hasta el fin”.
“Maradona fue el exceso de peronismo en ausencia del peronismo. Exageremos: el peronismo aún existe gracias a Diego”, escribió Pablo Alabarces en Anfibia.
“Maradona entregó su vida a la reivindicación de Fiorito, del barro, de una madre que no comía para que pudieran comer él y sus siete hermanos -lo dibujó Alejandro Wall para el Washington Post-. Su historia es la historia de la desigualdad de la Argentina, de América Latina”. 
“Un hombre que, por su condición de genio, dejó de tener límites desde la adolescencia y que, por su origen, creció con orgullo de clase -le dedicó Jorge Valdano en La Nación-. Por esa razón, y también por su fuerza representativa, con Maradona los pobres le ganaron a los ricos, de manera que las adhesiones incondicionales que tenía allá abajo fueron proporcionales a la desconfianza que le tenían los de arriba. Los ricos odian perder”.
Maradona fue, entonces, político, popular, contracultural, antiimperialista, peronista, con conciencia de clase. Y fue, déjenme agregar a mí, latinoamericano. 
Maradona fue un fiel reflejo de nuestra identidad contradictoria con sus banderas populares y sus excesos individuales. Potenció al infinito todo lo bueno y lo malo a la vez. Fue el pobre que se enfrentó a los poderosos ricos y el millonario que abrazó al pueblo. Fue sociable y violento, exitoso y derrotado, amado y despreciado, sincero e hipócrita. Fue tanto como todos nosotros juntos que nos molesta, nos encandila, nos es demasiado revelador. Diego Maradona en definitiva fue, como escribió para la eternidad Eduardo Galeano -quizás la última voz lúcida del continente-, “un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses”. 


Algunas lecturas cruzadas sobre Maradona…

Todo fuego es político

“Latinoamérica en llamas” fue la campaña que Jóvenes por el Clima lanzó en Argentina y otros países en septiembre pasado, cuando en varios puntos de la región el fuego arrasaba con todo. Ya en noviembre la “temporada de incendios” parece haber menguado, pero los daños quedaron e impactarán en el futuro.
Según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), las alertas de incendios en todo el mundo hacia abril de este año pandémico habían subido en un 13% interanual, pero el foco más preocupante fue nuestra región:

  • En la Amazonia brasileña los incendios superaron en un 45% al promedio de los últimos diez años. En el Pantanal, el humedal más grande del mundo, 2,3 millones de hectáreas ya se habían quemado para septiembre, una superficie equivalente a la mitad de Suiza.
  • En Colombia, los puntos de calor (como se llama a una aproximación a incendios o puntos potenciales de fuego) aumentaron 157% en la Amazonia entre enero y abril con respecto al mismo periodo de 2019.
  • En Bolivia, en el primer cuatrimestre hubo 35% más de focos de incendios en comparación a 2019. Se estima que más de 6,4 millones de hectáreas fueron afectadas. 
  • En Argentina, en agosto ya se contabilizaban 11 provincias afectadas y se estima que en todo el año habrá 1 millón de hectáreas arrasadas por las llamas.

Para entender por qué ocurre esta catástrofe, llamé a Eyal Weintraub, justamente uno de los fundadores de Jóvenes por el Clima Argentina, organización parte de Fridays For Future, que mundialmente lidera Greta Thunberg.
“Los incendios de este año fueron los peores de la historia y, sin embargo, van a seguir empeorando”, me preocupó Eyal. 
Lo más grave es que el 75% de los incendios son ocasionados por el ser humano. Entre las causas están la deforestación y el desmonte ilegal, la especulación inmobiliaria y el avance de la frontera agrícola, principalmente el cultivo de soja y la ganadería, actividades primarias esenciales para el continente.
Pero el costo parece ser más alto que el beneficio: “La destrucción ambiental como los incendios benefician a un porcentaje muy chico de la población”, me apuntó Eyal, quien ve con claridad que el histórico modelo agroexportador en la región no genera necesariamente una salida de la pobreza, sino todo lo contrario:

  • “No puede ser la pobreza una justificación para no actuar y legislar en materia ambiental, porque los conflictos ambientales son parte de la razón de la pobreza. Hay que romper la dicotomía de que la producción y la economía se contradicen con medidas ambientales. Tenemos que tomar la crisis ecológica como una oportunidad para cambiar un sistema que es pésimo desde la materia social”.

Como ese modelo de producción primaria se inserta en el tablero de la economía global, Jóvenes por el Clima tiene un reclamo permanente: el reconocimiento legítimo de la deuda ecológica de América Latina. ¿Y qué significa eso? Que Estados Unidos, Europa, el FMI y demás organismos multilaterales de crédito condonen las deudas de los países por el abuso que históricamente se le hizo a la región, que brindó mano de obra barata y recursos naturales para el desarrollo del Primer Mundo. Esto, además, se enmarca en el rol de cuidar los bienes comunes naturales que tendría Latinoamérica en una transición global hacia un modulo económico mundial no contaminante.
Eyal lo explica así:

  • “El contrapunto de la deuda financiera del Sur hacia el Norte es la deuda ecológica del Norte hacia el Sur. Nadie habla de los miles de millones de dólares que nos deben a nosotros por cuestiones histórica y también actuales. Nunca al momento de definir quién le debe a quién se incorpora la perspectiva de que nuestra región ha sufrido cinco siglos de saqueos, colonización y extractivismo. Y si quieren que nosotres cuidemos la naturaleza, porque no podemos industrializarnos ya que el planeta no lo aguanta, que se condone la deuda externa latinoamericana y del Sur global mediante una inyección de dinero”.

A esta problemática se suma el intenso asesinato de activistas en la región. Según la organización internacional Global Witness —que registra los asesinatos y desapariciones forzadas de personas defensoras de la tierra y el ambiente alrededor del mundo— dos tercios de los asesinatos de 2019 ocurrieron en América Latina.
El ranking lo lidera Colombia (64 casos), y entre los restantes 10 países, la mitad son latinoamericanos: Brasil, México, Honduras, Guatemala y Venezuela.

Escazú y el futuro
Pero entre tantas pálidas, una buena noticia es el Acuerdo de Escazú, el primer tratado regional que promueve la obligatoriedad de incluir la perspectiva de la ciudadanía cada vez que se tome una medida que dañe al ambiente.
“Escazú tiene que ser el puntapié para lograr una democracia más verde, participativa y abierta, principalmente en cuestiones ambientales, pero que no se quede ahí”, analizó Eyal cuando le pregunté sobre el tratado.
La semana pasada México ratificó el acuerdo, completando así los 11 países que se necesitaban para que entrase en vigor. Se sumó al lote de países que completan Argentina, Antigua y Barbuda, Bolivia, Ecuador, Guyana, Nicaragua, Panamá, San Cristóbal y Nevis, San Vicente y las Granadinas, y Uruguay, que ahora deben motorizar legislaciones internas en ese sentido.
Eyal espera que la jugada impacte a nivel geopolítico e influya a los demás Estados que no lo ratificaron. La figurita más difícil es la de Brasil, obviamente por la presencia de Jair Bolsonaro en el poder, aunque —y esto ya es lectura mía— sin Donald Trump en la Casa Blanca como su más estrecho aliado quedaría solo en su postura negacionista sobre el cambio climático.
Escazú demuestra que hay oportunidades en la compleja realidad ambiental en el continente. Pero eso, cierro con el análisis general de Eyal, que espero nos sirva para mirar un poco más allá de nuestro metro cuadrado propio:

  • “Estamos con un nivel de concientización ambiental nunca antes visto, pero a la vez nunca estuvimos tan en la B. Vivimos inmersos en una pandemia culpa de un virus zoonótico directamente relacionado a la degradación ambiental. Hay mayor protagonismo de la agenda ambiental y los políticos también incrementan su apuesta, pero todavía es muy poco y muy lento. Necesitamos cambios drásticos, no para los próximos 10 años, sino hoy, para que dentro de 10 años no estemos inmersos en la peor crisis que hayamos visto en la historia de la humanidad”.

Si te interesó el tema…

  • Mirá este especial del New York Times sobre el efecto del fuego en el humedal brasileño Pantanal.
  • Seguí a Tais Gadea Lara, una colega especialista en la materia que me ayudó un poco para este boletín y que publica una newsletter semanal muy buena en RedAcción.
  • En esta web podés seguir en tiempo real los focos activos de incendio en áreas protegidas y territorios indígenas en la región.
  • Acá podés leer completo el Acuerdo de Escazú.
  • Leé este poema-manifesto de Gabriela Cabezón Cámara inspirado en el libro “El colapso ecológico ya llegó” de Maristella Svampa y Enrique Viale.

Un voto de impacto regional

*Nota publicada originalmente en la 2# Semilla

Pensemos un poco la carrera a la Casa Blanca. Para América Latina no es una elección que pase desapercibida, si tenemos en cuenta que la gran mayoría de los países tienen una dependencia con Washington “media” o “alta” y que “la Administración Trump le ha dado un nuevo impulso al histórico expansionismo estadounidense en la región”, como señala este informe del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).
Y, justamente, para hablar del impacto de las elecciones estadounidenses en la región, me contacte por mail con Aníbal García Fernández, miembro de la CELAG y magíster y licenciado en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

¿Existe un voto latino?
Unos 32 millones de latinos tienen derecho a votar en EE.UU. y pueden ser decisivos, ya que conforman la primera minoría. Sin embargo, hay que entender que no es un grupo homogéneo que vota en bloque, sino que la percepción de la política cambia si hablamos de, por ejemplo, los puertorriqueños que viven en Nueva York, los mexicanos en la frontera o los cubanos en Miami.
“Tanto Trump como Biden pretenden capitalizar el voto latino”, me escribió Anibal, y aseguró que uno de los problemas de la minoría “es su heterogeneidad”. 
De hecho, la estrategia electoral de ambos candidatos hacia los latinos fue distinta. Aníbal me contó que mientras el demócrata Biden prometió derogar todos los decretos referentes a migración firmados por Trump, el actual presidente aseguró que continuará extendiendo el muro fronterizo. Habrá que ver si esas posturas hacen mella en la elección, porque la migración ilegal es un tema de debate, aunque está solapado. “Es tema a debate pero matizado para no afectar la decisión de los que sí pueden votar.
A pesar de ello, Trump sí ha hecho referencia a la migración ilegal y no deja de mencionar la construcción del muro, pero también lo hace porque le habla al electorado blanco, que es su electorado fuerte”, me explicó Anibal, para quien la clave está en cómo vota el estado de California. Allí vive la mayor cantidad de inmigrantes, tanto que el 45,2% de la población de Los Ángeles es latina, poco más de seis millones de personas.

La mirada desde afuera
Ahora bien, ¿qué pasa puertas afuera de EE.UU.? Ya mencioné más arriba el nivel de dependencia histórica que existe en la región, a lo que se suman algunos movimientos de la Casa Blanca para seguir controlándonos, sobre todo porque “la presencia china les preocupa mucho”, como me dijo Anibal. Últimamente hubo una cadena de recientes acciones norteamericanas en esa línea: 

  1. La Iniciativa América Crece, que para Aníbal “pretende establecer la contraparte de la nueva ruta de la seda”.
  2. La designación de Mauricio Claver-Carone en el Banco Interamericano de Desarrollo (primer norteamericano en ser elegido al frente de la entidad), que “va en el sentido de quitarle espacio de inversión a China (…) y con ello lograrán amarrar una enorme cantidad de proyectos en infraestructura, que es donde China tiene más presencia en la región”.
  3. Y el apoyo a golpes de Estado como una vieja forma para controlar gobiernos opositores: “Ahí está el caso de Bolivia, pero también los intentos de desestabilización en Venezuela”, cerró Anibal.

Para terminar, le pregunté a Anibal qué se puede esperar para Latinoamérica del próximo gobierno de EE.UU., y esto respondió: 

  • Si gana Trump, la política que hemos visto en los últimos años continuará, o sea, una forma peculiar de gobernar en la que hay mucho en redes sociales de Trump, pero no todo se materializa. Una suerte de agresividad discursiva, pero con algunos contrapesos en el congreso y la justicia. Pero América Latina tiene también su propia lógica, el eje México-Argentina ha intentado salvar la integración latinoamericana, la presidencia de México en la CELAC también pretende fomentar la unidad. Está en puerta las elecciones en Bolivia (que fue ayer), Ecuador y Venezuela y esos casos son cruciales para EEUU. Desestabilización en Venezuela, y apoyos a candidatos de la derecha en Bolivia y Ecuador”.
  • De ganar Biden, podríamos esperar que las cosas cambien en forma pero no necesariamente en contenido. Tomando el caso migratorio, no hay que olvidar que fue Obama el que tuvo los registros de deportados más elevados, incluso más que Bush y que Trump. Obama comenzó con los intentos de desestabilización en Venezuela, así que tampoco es que haya muchos cambios. En este tipo de aspectos es importante mirar siempre las particularidades de los países latinoamericanos”.

Si estás manija con las elecciones yanquis…

  • …pero no sabías que el voto es indirecto, este video cortito te explica cómo funcionan las elecciones yanquis.
  • Este podcast español relata cómo fueron las campanas norteamericanas en los últimos 70 años.
  • Una y dos entrevistas del gran Hugo Alconada Mon en La Nación que intentan analizar qué impacto tuvo, tiene y tendrá el gobierno de Trump en política (y la sociedad).
  • La serie de Martín Schapiro en Cenital sobre estas eleciones.

Y si queres saber sobre la influencia norteamericana en la región…

  • Acá podes leer completo el informe de la CELAG con excelentes mapas e infografías sobre la dependencia latinoamericana con Trump. 
  • acá hay una recorrida histórica del intervencionismo de EE.UU. en América Latina. Es viejito, pero el mapa grafica increíblemente la obsesión yanqui por nuestro territorio.

Un virus en Latinoamérica

Imposible evitar hablar de la pandemia por el COVID-19 que nos atraviesa –literal– la vida desde marzo, y lo seguirá haciendo varios meses más hasta que aparezca la bendita vacuna.
Por su desigualdad histórica, los altos niveles de pobreza, y la debilidad de muchas de sus instituciones y democracias, Latinoamérica es la región en el mundo que más sufre el virus.
Solo un par de datos: Brasil, México y Perú se encuentran entre los diez países con más cantidad de muertos en el mundo (Colombia se suma en el puesto 11). Y, según la ONU, se espera que el PIB regional se contraiga un 9,1%, las exportaciones y remesas, un 20%; y la pobreza sume al menos 45 millones de personas más, llegando a su cifra global de 230 millones.
Ante semejante tormenta, ¿qué Latinoamérica podemos imaginarnos post-pandemia? 
Para pensar un poco el tema y ensayar una respuesta, hablé con Karina Batthyány, secretaria ejecutiva del  Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (más conocido como CLACSO).
Karina primero me pintó un estado de situación en la región: “En América latina el COVID puso de manifiesto las desigualdades que quedan a la vista como pocas veces antes”. Y enumeró: “La pobreza y la concentración de la riqueza, problemas de derechos humanos, corrupción, violencia, migraciones, postergación de los derechos de un conjunto importante de población, la ausencia del Estado”.
Ante semejante panorama, le pregunté cuál sería una salida posible. Y me respondió que la clave está en la unidad:

  • “Las búsqueda de soluciones tienen que diseñarse a partir de una tarea colectiva. No hay salidas de esta crisis de manera aislada. No hay forma de que cada Estado pueda llevar a cabo por sí mismo estas soluciones. América Latina está en condiciones de aunar esfuerzos para redefinir una nueva ecuación sociedad-Estado y también para apelar a las riquezas de sus capacidades humanas, científicas, culturales y sociales”.

Pero, ¿cómo lo hacemos?
Karina me planteó que entre los países debería firmarse un “nuevo contrato social” basado en valores como la democracia, la solidaridad, la interdependencia, la corresponsabilidad.
Según ella, ese programa de salida conjunta debería constar de seis condiciones. Cito textual:

  1. Rediseñar el modelo económico con la reducción de la deuda y una renta básica.
  2. Fortalecer la calidad de la democracia impulsando el diálogo entre organizaciones y el Estado para fortalecer la educación cívica orientada hacia la solidaridad y la cooperación, y no hacia el emprendedurismo y la competitividad a toda costa.
  3. Consolidar el acceso universal a la salud sin restricciones.
  4. Construir una nueva relación con el ambiente, reemplazar las visiones antropocéntricas e instrumentales que tenemos para retomar la idea de que formamos parte de un todo con la naturaleza y defender la vida en su conjunto.
  5. Acortar las brechas de género.
  6. Reformular el vínculo entre ciencia política y política para poder adoptar las mejores decisiones.

Está claro que su propuesta no es algo fácil de lograr, más teniendo en cuenta el escenario actual donde los gobiernos parecen jugar por separado, algo que no es coyuntural por la pandemia, sino que se arrastra desde hace tiempo. Como ya lo señalaba Juan Tokatlian en febrero de 2019: “América Latina camina hacia la debilidad y la desintegración”.
Pero Karina es optimista, pese aún al condimento extra de que la región es también territorio en disputa entre Estados Unidos y China. Para ella, existe un cuestionamiento a la globalización neoliberal del cual Latinoamérica puede beneficiarse:

  • “Es una oportunidad para reforzar la cooperación regional. Las dinámicas de las relaciones internacionales actuales muestran que el orden construido atraviesa una fase de profunda transformación, lo que provoca un alto grado de incertidumbre. Pero los desafíos y oportunidades de este proceso podrían avanzar hacia la construcción de una globalización más democrática. Estamos ante una oportunidad de avanzar en formas de cooperación más horizontales”.

Si querés seguir el tema más de cerca…

  • Pensar la Pandemia es el observatorio social que creó CLACSO para investigar e interpretar en distintas asignaturas esto que nos está pasando con el COVID-19.
  • En esta nota, la socióloga Maristella Svampa reflexiona sobre el mundo post-pandemia y dice que tenemos que empezar a darle más bola a la cuestión sanitaria y ambiental. 
  • En esta crónica desde Colombia, Julie Turkewitz y Sofía Villamil documentaron para el New York Times cómo el coronavirus agravará la desigualdad en la región.
  • Y en el Dipló conversaron el periodista Ignacio Ramonet y el ex vicepresidente boliviano Álvaro García Linera sobre Latinoamérica después de la pandemia.