Haití

El 7 de febrero, el ahora dictador Jovenel Moïse decidió que todavía no se había cumplido su quinquenio presidencial en Haití, que le faltaban 365 días más de gobierno.
Desde entonces, se suceden las protestas callejeras y la represión oficial ya causó varios muertos. Durante la primera semana de la crisis, la heterogénea oposición nombró por consenso a Joseph Mécène Jean Louis, juez de la Corte de Casación, como “presidente de transición” sin poder real. Pero Moïse, en vez de llamar al diálogo, respondió echando más leña al fuego: denunció un golpe de Estado en su contra, consiguió el apoyo de la comunidad internacional y de las fuerzas armadas, jubiló ilegalmente al magistrado Jean Louis, y ratificó un maratónico calendario para cambiar la Constitución a partir de un referéndum aprobatorio.
La postura intransigente de Moïse de no dejar el poder se basa en una manera particular de interpretar la Constitución local, que establece claramente que los mandatos comienzan en la fecha de celebración de las elecciones, no en el momento formal de la asunción del mandato. 
El origen del conflicto se remonta entonces a las elecciones de octubre de 2015. Anuladas por fraude, una ola de protestas obligó a nombrar un presidente provisional hasta que, tras nuevas elecciones en 2016 –y también denunciadas de fraudulentas–, Moïse asumió finalmente el cargo en 2017. Había cosechado apenas 590 mil votos de un padrón de más de 6 millones de electores.
Pero acaso la figura de Moïse y su flamante régimen autoritario representan el capítulo más reciente de una histórica crisis que atraviesa a Haití desde sus orígenes, con las principales potencias como actores protagónicos, y los países latinoamericanos dando la espalda sistemáticamente.

¿Cuándo se jodió Haití?

“Para entender el huevo de la serpiente hay que saber que a Haití nadie le quería reconocer la independencia”, apunta Juan Francisco Martínez Peria –Doctor en Historia (Universidad Pompeu Fabra), especialista en el Caribe y autor del libro “¡Libertad o Muerte! Historia de la Revolución Haitiana”–, que sitúa la raíz de la crisis actual más de doscientos años atrás. 
En 1804, Haití fue el primer país de América Latina en independizarse y la única revolución de esclavizados que triunfó en la Historia: derrotaron a España, Inglaterra y Francia juntos, los imperios más importante de la época. Pero aquella rebelión perfecta desató, a su vez, una tormenta perfecta sobre el destino de este país antillano situado al occidente de la isla La Española, que comparte con República Dominicana. 
“Haití y su revolución siempre fueron olvidados. Constantemente se presenta al país en términos negativos y su independencia es negada, actitud que tiene que ver con el racismo imperante en esa época y de hoy en día. Haití está sufriendo un castigo permanente por haber hecho la revolución que hizo. Nunca se lo perdonaron”, plantea Martínez Peria: “La revolución generó un impacto muy grande en el mundo atlántico, mucho miedo a las élites blancas y criollas, y muchas esperanzas en los sectores populares, esclavizados, y afrodescendientes en América Latina, el Caribe y Estados Unidos”. 
Por eso, las potencias reaccionaron rápido a su independencia y Francia intentó recolonizar, en vano, la isla. En 1825, Haití sufrió un golpe muy duro, cuando Francia dio el brazo a torcer a cambio del pago de una cuantiosa indemnización seguida de amenaza militar. La imposibilidad de pagar esa deuda obligó al país a tomar un empréstito con su propio verdugo, contrayendo así una suerte de doble deuda externa. Esa dependencia económica fue seguida de profundas crisis políticas internas, que marcaron el pulso de un inestable siglo XIX. El saldo fue la intervención de Estados Unidos, entre 1915 y 1934, en nombre de una ansiada “libertad a la norteamericana”, que la Casa Blanca ya pregonaba extendiendo sus tentáculos a Cuba, Puerto Rico y República Dominicana.

Frontera imperial

Haití y el Caribe siempre fueron fichas de intercambio en el tablero internacional, donde las potencias echaron mano según sus intereses. Su importancia radica en su ubicación geográfica, puerta de entrada a América Latina y paso obligado de una parte importante del comercio mundial hacia el Pacifico a través del Canal de Panamá.
“El Caribe siempre fue un lugar muy importante geopolíticamente –subraya Martínez Peria–. Ahí comenzó la conquista y desde siempre hubo una disputa entre todas las potencias. Sobre el siglo XVIII fue un enclave importante para el azúcar, considerado el oro blanco, y desde entonces todas las rutas comerciales pasaron por ahí. No es un paraíso como lo vende el turismo, sino un lugar de enormes tragedias construido a base de sangre, colonialismo y genocidios”.
Lejos de las postales de los cruceros, la región es una “frontera imperial”, como la definió el ex presidente e intelectual dominicano Juan Bosh en su libro “De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial”, que en sus primeras líneas afirma: “El Caribe está entre los lugares de la Tierra que han sido destinados por su posición geográfica y su naturaleza privilegiada para ser fronteras de dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto de la codicia de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la violencia desatada entre ellos”.
El Caribe cuenta con un “póker del espanto”, como lo tituló el propio Bosh en otro de sus libros. Tan solo en la primera mitad del siglo XX, la región vivió un baño de sangre bajo los regímenes de Juan Vicente Gómez en Venezuela, Gerardo Machado y Fulgencio Batista en Cuba, Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, y las dinastías  de los Somoza en Nicaragua y -claro está- de los Duvalier en Haití.

Los Duvalier y las ciclos golpistas

Con la llegada de Franklin D. Roosevelt y su “política del buen vecino”, la Casa Blanca dejó de intervenir de manera directa en Haití, pero acompañó el ascenso y la consolidación de las dictaduras de Fracois “Papa Doc” Duvalier, primero, y de Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, después. Entre 1957 y 1986, hubo 40.000 muertos y más de un millón de exiliados, bajo el paraguas norteamericano que buscaba contener el avance del comunismo en el Caribe, que tenía su punta de lanza desde 1959 en Cuba, a solo 100 kilómetros de distancia de Haití a través del Paso de los Vientos.
Los Duvalier sistematizaron una política de terror e inauguraron un ciclo de golpes que ni siquiera el derrocamiento de “Baby Doc”, el 7 de febrero de 1986, sepultó. Desde entonces, en Haití se sucedieron ocho golpes de Estado, 34 cambios de gobierno (por cambio de primer ministro), cinco elecciones abortadas, tres intervenciones militares extranjeras y cinco misiones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la estabilidad y la paz, según rescata el sociólogo y ex brigadista en Haití Lautaro Rivara, a partir de un cálculo del economista y cineasta haitiano Arnold Antonin.
“En la historia misma del país los dirigentes siempre quieren quedarse en el poder”, entiende Robby Glésile, referente de la comunidad haitiana en la Argentina y miembro del grupo de estudio sobre migraciones de la Universidad Nacional de Rosario. “Tenemos esa práctica de no respetar las reglas de la democracia: cada uno quiere estar en el poder pase lo que pase –plantea–. No hay un trabajo de memoria para que la población entienda las reglas de la democracia, que la dictadura no es el camino del país. Hoy en día el espectro de la dictadura sigue planeando sobre la población haitiana, en los discursos y los reflejos”.
Y es que el periodo de democratización que siguió a la caída de “Baby Doc”, que redactó una nueva Constitución en 1987 y que permitió el ascenso popular de Jean-Bertrand Aristide, fue coartado sistemáticamente. El sacerdote salesiano vinculado a la teología de la liberación se convirtió el 7 de febrero de 1990 en el primer presidente elegido en elecciones abiertas y libres –casi doscientos años después de la independencia–, pero a los siete meses fue derrocado por un golpe de Estado financiado por Estados Unidos, y apoyado por Francia y Canadá. Paradójicamente, tras la presión de Bill Clinton, los golpistas tuvieron que retroceder sus pasos y restituyeron a Aristide en 1994. Pero una nueva semilla podrida comenzaba a germinar en territorio haitiano: la ocupación internacional.

Ocupación y terremoto

La Misión Civil Internacional en Haití (MICIVIH) de 1993 sería el germen de la futura Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), que se extendió durante 15 años hasta 2019 y contó con la participación de países latinoamericanos como Argentina y Brasil, que comandó parte de la misión a cambio de conseguir un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero lejos de llevar paz, la MINUSTAH fue denunciada por múltiples violaciones a los derechos humanos, crímenes sexuales y la propagación del cólera. Hoy la ocupación internacional continúa, pero con una “Misión de manteniemiento de la paz más pequeña”, como anuncia la ONU en su web.
A esa suma de calvarios se agregó en 2010 el terremoto que dejó literalmente al país bajo los escombros. Un sismo de 7 grados en la escala de Richter de apenas pocos segundos colapsó más de la mitad de las construcciones en la zona metropolitana de Puerto Príncipe-Pétionville. Más de 300.000 personas murieron y más de dos millones quedaron en la calle.
La naturaleza se ensañó con Haití, pero la mano humana le dio un golpe de gracia. Diez años después hay múltiples denuncias de que la falta de organización y la corrupción se tragaron los casi 12 mil millones de dólares distribuidos en más de 2500 proyectos de reconstrucción a través del Módulo de Gestión de la Ayuda Externa del Gobierno de Haití.

Presente y futuro

Actualmente en Haití casi el 60 por ciento de la población vive con menos de dos dólares por día, pero la precariedad afecta a todos. Glésile lo grafica así: “Cualquier persona, sea de la clase que sea, vive en la precariedad. Porque una persona con dinero puede accidentarse en la calle, pero no tiene un hospital donde atenderse”. Y agrega otro ejemplo: “Yo soy de Puerto Príncipe y hoy la capital no tiene ni una sala de cine. ¿Cómo un joven que está creciendo va a poder divertirse? La frase “voy al cine” no existe. Somos un país que vive una situación extrema”.
Y esa pobreza genera violencia. En los últimos años se expandieron las pandillas y mafias fuertemente armadas, que controlan barrios de la capital y se financian a través de secuestros. Hay cerca de 80 bandas criminales, según la Comisión de Desarme del Estado nacional, y en 2020 hubo casi tres secuestros por días, de acuerdo a la organización de derechos humanos Défenseurs Plus. 
En ese contexto llegó Moïse al poder, “lo más catastrófico desde el terremoto”, en palabras de Glésile. El mandatario no solo asumió tras sucesivas elecciones fraudulentas y obtuvo apenas el 18% de los votos, cerró el Parlamento, desde enero de 2020 gobierna por decreto, y creó una agencia de inteligencia que goza de inmunidad y tipificó los actos de vandalismo como “terroristas”.
“Hay líneas de continuidad con el pasado”, analiza Martínez Peria para entender el gobierno de Moïse y sus apoyos incondicionales: Estados Unidos, la OEA, la ONU y la Unión Europea, miembros del famoso Core Group. “Es su ganancia tras romper lazos con Venezuela, que desde la época de Hugo Chávez hizo pie en la isla con un doble objetivo -agrega-. Por un lado histórico, reivindicando la ayuda militar que Simón Bolívar recibió de Alexandre Pétion para sus luchas independentistas de inicios del siglo XIX. Y por otro político, para expandir el ALBA frente a las narices de Washington”.
Además de cumplir una suerte de contenedor geopolítico para la expansión bolivariana, Haití hoy es importante porque funciona como paraíso fiscal, es enclave de maquiladoras, es teatro para el negociado de la asistencia internacional y es ruta de paso para el narcotráfico. Pero el realineamiento de Moïse no cuenta con apoyo popular, con protestas desde antes de su asunción por estar salpicado por las denuncias de corrupción vinculadas a la alianza PetroCaribe, creada por el propio Chávez.
Ante semejante panorama histórico, ¿qué esperar del futuro de Haití? “Más crisis política –aventura Martínez Peria–. Cualquier otro presidente ya hubiera caído en otro país. No es que hoy esté pasando esto, todo el mandato de Moïse fue una constante crisis”.
“Qué va a pasar es la gran pregunta”, contesta, por su lado, Glésile. “Seguiremos este año con protestas, represión, asesinatos, masacres y movimientos. En Haití las cosas no son sencillas. Que marchen cinco, diez o cincuenta mil personas en las calles no significa nada. Puedes reprimir o matar a la gente, pero eso no va a hacer que el presidente vaya a moverse de su sitio. No. En Haití las cosas son muy complicadas”.

#6: Haití

Esta primera semilla del 2021 demoró, pero acá está, proponiendo una historia del Caribe.
El martes 9 de febrero me llegó por WhatsApp un mensaje de texto desde Haití, dos días después de que cayera allí un nuevo manto dictatorial. Quien me escribió era una conocida mía argentina, radicada en el pequeño país desde hace un año. Me contó un panorama de crisis y protestas, que los medios de comunicación ya empezaban a registrar, aunque tímidamente, sin la visibilidad que el caso ameritaba, como históricamente sucede con el mal llamado «país más pobre del continente».
Entonces esta Semilla, que busca entender el trasfondo de la crisis haitiana actual. Una perspectiva sobre qué pasó, qué pasa, y qué puede pasar en Haití, el primer país latinoamericano en ser independiente.


Haití

El 7 de febrero, el ahora dictador Jovenel Moïse decidió que todavía no se había cumplido su quinquenio presidencial en Haití, que le faltaban 365 días más de gobierno.
Desde entonces, se suceden las protestas callejeras y la represión oficial ya causó varios muertos. Durante la primera semana de la crisis, la heterogénea oposición nombró por consenso a Joseph Mécène Jean Louis, juez de la Corte de Casación, como “presidente de transición” sin poder real. Pero Moïse, en vez de llamar al diálogo, respondió echando más leña al fuego: denunció un golpe de Estado en su contra, consiguió el apoyo de la comunidad internacional y de las fuerzas armadas, jubiló ilegalmente al magistrado Jean Louis, y ratificó un maratónico calendario para cambiar la Constitución a partir de un referéndum aprobatorio.
La postura intransigente de Moïse de no dejar el poder se basa en una manera particular de interpretar la Constitución local, que establece claramente que los mandatos comienzan en la fecha de celebración de las elecciones, no en el momento formal de la asunción del mandato. 
El origen del conflicto se remonta entonces a las elecciones de octubre de 2015. Anuladas por fraude, una ola de protestas obligó a nombrar un presidente provisional hasta que, tras nuevas elecciones en 2016 –y también denunciadas de fraudulentas–, Moïse asumió finalmente el cargo en 2017. Había cosechado apenas 590 mil votos de un padrón de más de 6 millones de electores.
Pero acaso la figura de Moïse y su flamante régimen autoritario representan el capítulo más reciente de una histórica crisis que atraviesa a Haití desde sus orígenes, con las principales potencias como actores protagónicos, y los países latinoamericanos dando la espalda sistemáticamente.

¿Cuándo se jodió Haití?

“Para entender el huevo de la serpiente hay que saber que a Haití nadie le quería reconocer la independencia”, apunta Juan Francisco Martínez Peria –Doctor en Historia (Universidad Pompeu Fabra), especialista en el Caribe y autor del libro “¡Libertad o Muerte! Historia de la Revolución Haitiana”–, que sitúa la raíz de la crisis actual más de doscientos años atrás. 
En 1804, Haití fue el primer país de América Latina en independizarse y la única revolución de esclavizados que triunfó en la Historia: derrotaron a España, Inglaterra y Francia juntos, los imperios más importante de la época. Pero aquella rebelión perfecta desató, a su vez, una tormenta perfecta sobre el destino de este país antillano situado al occidente de la isla La Española, que comparte con República Dominicana. 
“Haití y su revolución siempre fueron olvidados. Constantemente se presenta al país en términos negativos y su independencia es negada, actitud que tiene que ver con el racismo imperante en esa época y de hoy en día. Haití está sufriendo un castigo permanente por haber hecho la revolución que hizo. Nunca se lo perdonaron”, plantea Martínez Peria: “La revolución generó un impacto muy grande en el mundo atlántico, mucho miedo a las élites blancas y criollas, y muchas esperanzas en los sectores populares, esclavizados, y afrodescendientes en América Latina, el Caribe y Estados Unidos”. 
Por eso, las potencias reaccionaron rápido a su independencia y Francia intentó recolonizar, en vano, la isla. En 1825, Haití sufrió un golpe muy duro, cuando Francia dio el brazo a torcer a cambio del pago de una cuantiosa indemnización seguida de amenaza militar. La imposibilidad de pagar esa deuda obligó al país a tomar un empréstito con su propio verdugo, contrayendo así una suerte de doble deuda externa. Esa dependencia económica fue seguida de profundas crisis políticas internas, que marcaron el pulso de un inestable siglo XIX. El saldo fue la intervención de Estados Unidos, entre 1915 y 1934, en nombre de una ansiada “libertad a la norteamericana”, que la Casa Blanca ya pregonaba extendiendo sus tentáculos a Cuba, Puerto Rico y República Dominicana.

Frontera imperial

Haití y el Caribe siempre fueron fichas de intercambio en el tablero internacional, donde las potencias echaron mano según sus intereses. Su importancia radica en su ubicación geográfica, puerta de entrada a América Latina y paso obligado de una parte importante del comercio mundial hacia el Pacifico a través del Canal de Panamá.
“El Caribe siempre fue un lugar muy importante geopolíticamente –subraya Martínez Peria–. Ahí comenzó la conquista y desde siempre hubo una disputa entre todas las potencias. Sobre el siglo XVIII fue un enclave importante para el azúcar, considerado el oro blanco, y desde entonces todas las rutas comerciales pasaron por ahí. No es un paraíso como lo vende el turismo, sino un lugar de enormes tragedias construido a base de sangre, colonialismo y genocidios”.
Lejos de las postales de los cruceros, la región es una “frontera imperial”, como la definió el ex presidente e intelectual dominicano Juan Bosh en su libro “De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial”, que en sus primeras líneas afirma: “El Caribe está entre los lugares de la Tierra que han sido destinados por su posición geográfica y su naturaleza privilegiada para ser fronteras de dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto de la codicia de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la violencia desatada entre ellos”.
El Caribe cuenta con un “póker del espanto”, como lo tituló el propio Bosh en otro de sus libros. Tan solo en la primera mitad del siglo XX, la región vivió un baño de sangre bajo los regímenes de Juan Vicente Gómez en Venezuela, Gerardo Machado y Fulgencio Batista en Cuba, Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, y las dinastías  de los Somoza en Nicaragua y -claro está- de los Duvalier en Haití.

Los Duvalier y las ciclos golpistas

Con la llegada de Franklin D. Roosevelt y su “política del buen vecino”, la Casa Blanca dejó de intervenir de manera directa en Haití, pero acompañó el ascenso y la consolidación de las dictaduras de Fracois “Papa Doc” Duvalier, primero, y de Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, después. Entre 1957 y 1986, hubo 40.000 muertos y más de un millón de exiliados, bajo el paraguas norteamericano que buscaba contener el avance del comunismo en el Caribe, que tenía su punta de lanza desde 1959 en Cuba, a solo 100 kilómetros de distancia de Haití a través del Paso de los Vientos.
Los Duvalier sistematizaron una política de terror e inauguraron un ciclo de golpes que ni siquiera el derrocamiento de “Baby Doc”, el 7 de febrero de 1986, sepultó. Desde entonces, en Haití se sucedieron ocho golpes de Estado, 34 cambios de gobierno (por cambio de primer ministro), cinco elecciones abortadas, tres intervenciones militares extranjeras y cinco misiones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la estabilidad y la paz, según rescata el sociólogo y ex brigadista en Haití Lautaro Rivara, a partir de un cálculo del economista y cineasta haitiano Arnold Antonin.
“En la historia misma del país los dirigentes siempre quieren quedarse en el poder”, entiende Robby Glésile, referente de la comunidad haitiana en la Argentina y miembro del grupo de estudio sobre migraciones de la Universidad Nacional de Rosario. “Tenemos esa práctica de no respetar las reglas de la democracia: cada uno quiere estar en el poder pase lo que pase –plantea–. No hay un trabajo de memoria para que la población entienda las reglas de la democracia, que la dictadura no es el camino del país. Hoy en día el espectro de la dictadura sigue planeando sobre la población haitiana, en los discursos y los reflejos”.
Y es que el periodo de democratización que siguió a la caída de “Baby Doc”, que redactó una nueva Constitución en 1987 y que permitió el ascenso popular de Jean-Bertrand Aristide, fue coartado sistemáticamente. El sacerdote salesiano vinculado a la teología de la liberación se convirtió el 7 de febrero de 1990 en el primer presidente elegido en elecciones abiertas y libres –casi doscientos años después de la independencia–, pero a los siete meses fue derrocado por un golpe de Estado financiado por Estados Unidos, y apoyado por Francia y Canadá. Paradójicamente, tras la presión de Bill Clinton, los golpistas tuvieron que retroceder sus pasos y restituyeron a Aristide en 1994. Pero una nueva semilla podrida comenzaba a germinar en territorio haitiano: la ocupación internacional.

Ocupación y terremoto

La Misión Civil Internacional en Haití (MICIVIH) de 1993 sería el germen de la futura Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), que se extendió durante 15 años hasta 2019 y contó con la participación de países latinoamericanos como Argentina y Brasil, que comandó parte de la misión a cambio de conseguir un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero lejos de llevar paz, la MINUSTAH fue denunciada por múltiples violaciones a los derechos humanos, crímenes sexuales y la propagación del cólera. Hoy la ocupación internacional continúa, pero con una “Misión de manteniemiento de la paz más pequeña”, como anuncia la ONU en su web.
A esa suma de calvarios se agregó en 2010 el terremoto que dejó literalmente al país bajo los escombros. Un sismo de 7 grados en la escala de Richter de apenas pocos segundos colapsó más de la mitad de las construcciones en la zona metropolitana de Puerto Príncipe-Pétionville. Más de 300.000 personas murieron y más de dos millones quedaron en la calle.
La naturaleza se ensañó con Haití, pero la mano humana le dio un golpe de gracia. Diez años después hay múltiples denuncias de que la falta de organización y la corrupción se tragaron los casi 12 mil millones de dólares distribuidos en más de 2500 proyectos de reconstrucción a través del Módulo de Gestión de la Ayuda Externa del Gobierno de Haití.

Presente y futuro

Actualmente en Haití casi el 60 por ciento de la población vive con menos de dos dólares por día, pero la precariedad afecta a todos. Glésile lo grafica así: “Cualquier persona, sea de la clase que sea, vive en la precariedad. Porque una persona con dinero puede accidentarse en la calle, pero no tiene un hospital donde atenderse”. Y agrega otro ejemplo: “Yo soy de Puerto Príncipe y hoy la capital no tiene ni una sala de cine. ¿Cómo un joven que está creciendo va a poder divertirse? La frase “voy al cine” no existe. Somos un país que vive una situación extrema”.
Y esa pobreza genera violencia. En los últimos años se expandieron las pandillas y mafias fuertemente armadas, que controlan barrios de la capital y se financian a través de secuestros. Hay cerca de 80 bandas criminales, según la Comisión de Desarme del Estado nacional, y en 2020 hubo casi tres secuestros por días, de acuerdo a la organización de derechos humanos Défenseurs Plus. 
En ese contexto llegó Moïse al poder, “lo más catastrófico desde el terremoto”, en palabras de Glésile. El mandatario no solo asumió tras sucesivas elecciones fraudulentas y obtuvo apenas el 18% de los votos, cerró el Parlamento, desde enero de 2020 gobierna por decreto, y creó una agencia de inteligencia que goza de inmunidad y tipificó los actos de vandalismo como “terroristas”.
“Hay líneas de continuidad con el pasado”, analiza Martínez Peria para entender el gobierno de Moïse y sus apoyos incondicionales: Estados Unidos, la OEA, la ONU y la Unión Europea, miembros del famoso Core Group. “Es su ganancia tras romper lazos con Venezuela, que desde la época de Hugo Chávez hizo pie en la isla con un doble objetivo -agrega-. Por un lado histórico, reivindicando la ayuda militar que Simón Bolívar recibió de Alexandre Pétion para sus luchas independentistas de inicios del siglo XIX. Y por otro político, para expandir el ALBA frente a las narices de Washington”.
Además de cumplir una suerte de contenedor geopolítico para la expansión bolivariana, Haití hoy es importante porque funciona como paraíso fiscal, es enclave de maquiladoras, es teatro para el negociado de la asistencia internacional y es ruta de paso para el narcotráfico. Pero el realineamiento de Moïse no cuenta con apoyo popular, con protestas desde antes de su asunción por estar salpicado por las denuncias de corrupción vinculadas a la alianza PetroCaribe, creada por el propio Chávez.
Ante semejante panorama histórico, ¿qué esperar del futuro de Haití? “Más crisis política –aventura Martínez Peria–. Cualquier otro presidente ya hubiera caído en otro país. No es que hoy esté pasando esto, todo el mandato de Moïse fue una constante crisis”.
“Qué va a pasar es la gran pregunta”, contesta, por su lado, Glésile. “Seguiremos este año con protestas, represión, asesinatos, masacres y movimientos. En Haití las cosas no son sencillas. Que marchen cinco, diez o cincuenta mil personas en las calles no significa nada. Puedes reprimir o matar a la gente, pero eso no va a hacer que el presidente vaya a moverse de su sitio. No. En Haití las cosas son muy complicadas”.


Algunos enlaces interesantes…

  • Para estar al tanto de lo que pasa en Haití, seguí al sociólogo y ex brigadista Lautaro Rivara en su Twitter y en su web. Actualmente está allá reporteando de cerca la crisis.
  • Este especial es una gran investigación sobre la violencia actual de las mafias en Haití. 
  • El libro completo «De Cristóbal Colón a Fidel Castro: el Caribe, frontera imperial» de Juan Bosch se puede leer en la web oficial de la biblioteca de la Cámara de Diputados de México.

No fue un descubrimiento

*Nota publicada originalmente en la 2# Semilla.

528 años del 12 de octubre de 1492.
Mientras acá en Argentina pasó de ser el “Día de la Raza” (que aún se mantiene en varios países) al “Día del Respeto a la Diversidad Cultural”; en Venezuela, por ejemplo, se recuerda como el “Día de la Resistencia Indígena”, y en España –nuestra tristemente célebre “Madre Patria”– se celebra el “Día de la Hispanidad”. 
Esta diferencia de nomenclatura refleja distintas miradas sobre lo que pasó cuando Cristóbal Colón desembarcó en lo que hoy se conoce como las islas Bahamas, y que en su llegada bautizó San Salvador, como si tuviera derecho de apropiarse de ellas.
Para intentar pensar mejor la fecha hablé con Juan Francisco Martínez Peria, Doctor en Historia (Universidad Pompeu Fabra), especialista en la historia del Caribe (principalmente de Haití) y docente en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), entre otros cargos y títulos.
Lo primero que hizo Juan Francisco fue recordarme el diario de viaje de Colón, donde el almirante genovés anotó algunas impresiones iniciales sobre los “indios descubiertos”, como las siguientes:

  • “Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vi más de una harto moza. Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballo, y cortos: los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan”.
  • “Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy pronto dicen todo lo que les decía, y creo que ligeramente se harían cristianos: que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro Señor, llevaré seis a V.A. [Vuestra Alteza] para que aprendan a hablar”.

En un primer momento el encuentro “fue cordial y de sorpresa”, me señaló Juan Francisco, aunque Colón ya en sus escritos adelantaba cómo iba a ser el proceso que desatara su llegada. De hecho, Juan Francisco fue concluyente: “Acá no se descubrió nada. No fue un encuentro de culturas, fue una conquista y genocidio”. Y me apuntó que “la conquista tuvo de vocación la expropiación violenta de recursos y la imposición cultural”.
Apenas dos datos duros para dimensionar la gravedad de la conquista:

  1. Hacia el siglo XVI, la población originaria pasó de 90 a 11 millones de personas, según recoge el Atlas Histórico de América Latina publicado por la Universidad Nacional de Lanús.
  2. Y el 90% de la plata extraída en Perú fue apropiada por España, dice Inés Nercesian y Julieta Rostica en Todo lo que necesitás saber sobre América Latina.

Pero más allá de la efeméride, ¿qué significó la conquista para América Latina? Para nuestro historiador, 1492 desató un proceso de trascendencia mundial:

  • “Fue un acontecimiento global de enorme relevancia, con genocidio, epistemicidio y negación cultural, que implica un proceso de construcción de un sistema-mundo nuevo, un mundo moderno en el cual Europa se va a convertir en el centro”.

Según su análisis –que yo comparto–, ese colonialismo fundado hace 500 años instauró en todo el mundo una lógica de centro-periferia que aún se reproduce, aunque ya el centro no esté en Europa sino en Estados Unidos. 
Además, el colonialismo penetró tanto en la región que hasta le generó un problema de identidad, ya que hay diferentes “capas geológicas de la experiencia colonial latinoamericana” de la cual es muy difícil librarse, como él me explicó: “Primero fue la conquista española, luego la  imposición económica británica, después el colonialismo cultural francés y, finalmente, el imperialismo político, económico y cultural norteamericano”.

¿Quiénes somos?
Entonces, es inevitable pensar América Latina sin el peso de la conquista y el colonialismo.
“Históricamente ha habido una crisis identitaria muy fuerte, porque la conquista nos generó una identidad partida, y sobre eso tenemos una gran diversidad”, dice Juan Francisco, lo que explica la diversidad de nombres que la región tuvo y tiene, tantos como las distintas maneras de llamar al 12 de octubre que hay: desde las “Indias Occidentales” y “América” –ambos coloniales–, pasando por “Nuestra América” de José Martí e “Indoamérica” de Víctor Raúl Haya de la Torre, a la actual propuesta del nombre originario de “Abya Ayala”.
“Estos nombres ponen en discusión quiénes somos, y el problema es que es muy difícil definir quiénes somos: somos una identidad en disputa, marcada por la violencia originaria y sistemática. Ese es el problema de fondo”, analiza Juan Francisco. 

  • ¿Qué es Latinoamérica, entonces, Juan Francisco? “América Latina es una realidad compleja. Así como es la región más desigual del mundo, marcada por la historia trágica, a la vez es una región donde hubo y hay una enorme creatividad cultural y fuertes movimientos sociales y políticos. No es una región solamente trazada por la dominación y el genocidio, sino también de luchas y resistencias. Es una región de utopías constantes, y por eso es tan conflictiva”.

Para cerrar, le pregunté a Juan Francisco cómo puede América Latina superar esa condición de dominación histórica, y esto me respondió:

  • “El camino pasa por la integración regional, que tiene que ser a todo nivel: política, económica, cultural y social. Una necesidad de autoconocimiento permanente. No se puede amar lo que no se conoce. Nuestros países se han construido unos a espaldas de otros, cuando en realidad tienen todo para considerarse hermanos. Es necesario un proceso profundo de descolonización, que contemple todas las dimensiones, y también un proceso de interculturalidad donde se pueda poner en un diálogo superador y creativo la diversidad cultural latinoamericana, sin negar a las culturas de los pueblos originarios y de los pueblos afro. Es posible a través del proceso de integración y de interculturalidad avanzar hacia lógicas emancipatorias”. 

Si querés investigar más sobre la conquista…

  • Durante nuestra charla, Juan Francisco me recomendó la película “También la lluvia”, cuya trama mezcla en Bolivia la recreación de la conquista americana para una producción de Hollywood con la protesta social que desató la Guerra del Agua en el 2000. La pude ver en esta página de Facebook sobre cine y música boliviana.
  • “Los cien nombres de América Latina”, de Miguel Rojas-Mix, y “Conflicto de representaciones: América Latina como lugar para la filosofía”, de José Santos Herceg (que se puede leer en su perfil de Academia.edu), son dos libros que me mencionó Juan Francisco para entender un poco más sobre la problemática de la identidad latinoamericana.
  • Y si querés una mirada española sobre el tema, esta cuenta de Twitter publica el diario de Colón y expone su visión sobre el “Nuevo Mundo”.

Pueblos de maíz

Los taínos de las Antillas llamaban “ma-hís” al maíz, según los relatos de los españoles conquistadores. Para aquellos, “ma-hís” significaba “lo que sustenta la vida”. 
Ese valor que tiene el maíz aún continúa intacto en nuestro continente. “¿Hay algo más latinoamericano que el maíz?”, se preguntó alguna vez el intelectual y político venezolano Arturo Uslar Pietri. Y, bueno, parece que no.
Los restos arqueológicos de plantas de maíz más antiguos datan de por lo menos 8700 años y se encontraron en el Valle de Tehuacán, en el centro de México, donde el clima tan seco de la zona permitió que no se descompusieran los xilotes (el maíz tierno).
Desde entonces, su domesticación permitió que se cultive en todo el continente. De ahí que el maíz se conozca de tantas maneras dependiendo el lugar: choclo, tsiri, elote, tlayoli, jojoto, abatí, ñara, altoverde, capia, caucha, cuatequil, malajo, borona, millo, canguil, guate, malajo, sara…
Y eso solo en esta parte del mundo. Pensemos que a partir de la conquista, el maíz llegó a todo el mundo y hoy es el grano que más se cultiva, por encima del trigo y del arroz. 
Pero acá no me interesa mucho hablar de exportaciones –que de hecho las lideran países no-latinoamericanos como China o Estados Unidos, que incluso le vende a México desde que firmaron un tratado de libre comercio– , sino de la importancia que tiene el maíz, y otros cultivos autóctonos como la papa o la quínoa, para la cultura latinoamericana. 
Por eso contacté a Magda Choque Vilca, ingeniera agrónoma y coordinadora en Tumbaya, Jujuy, de la  Tecnicatura Superior en Cocinas Regionales y Cultura Alimentaria, la primera formación profesional de gastronomía andina del país. Tanto sabe Magda sobre el tema, que es conocida como “la reina de las papas andinas”.

“Podríamos decir que los pueblos de Latinoamérica son pueblos de maíz, porque desde México hasta Chile todos los pueblos tienen sus comidas en base a maíz”, me dijo Magda cuando la llamé semanas atrás.
Para ella, esa cultura gastronómica se transmitió de generación en generación por dos cosas:

  1. Por un lado, gracias al rol de la mujer que “es la que conserva la semilla y la biodiversidad en general en los pueblos del mundo, como nodriza de la base de sustento alimentario”.
  2. Y por otro lado, debido al valor simbólico que tienen los cultivos como el maíz más allá de la comida. Dice Magda: “La mirada del alimento en los pueblos nuestros no es lo que uno se lleva a la boca. Es un concepto más amplio: es el lugar, su territorio, las fiestas, la memoria, lo lúdico. Por eso hay maíces de Carnaval y hay papas de Semana Santa. El maíz, como es el que sembraste, el que produjiste, el que vuelve en el carnaval como chicha, también representa otra cosa. No es decir ‘siembro maíz porque ahora me da rentabilidad’: acá hay muchos costos y hay muchos beneficios que son intangibles”.

Me encantó lo que dijo Magda, esa idea de conexión casi espiritual con la comida. Y cierro con esta idea suya que me dejó pensando sobre cómo los pueblos latinoamericanos entienden al maíz:

  • “El maíz tiene una connotación de crianza, que no es el concepto de producción. El concepto de producción es un concepto de objeto, y el de crianza es de sujeto”.

Si te interesó el tema…

  • Después de nuestra charla, Magda me compartió por WhatsApp información sobre la Sociedad de Arqueología de La Paz, que lucha por conservar el maíz como patrimonio genético cultural de los pueblos.
  • En este video de Canal Encuentro, podés ver a Magda explicando sobre la importancia de conservar “in situ” los cultivos andinos como la papa, el maíz o la quínoa.
  • “Sin maíz no hay país” es una campaña que agrupa a movimientos campesinos, indígenas, científicos y sociales que rechazan el abuso y la mercantilización de las semillas en México, donde cada 29 de septiembre se celebra el Día Nacional del Maíz.
  • “Mahíz. Biodiversidad y Cultura” es un trabajo realizado por el Ministerio de Desarrollo Social en épocas de Alicia Kirchner para conocer las historias alrededor del maíz. Fue de mucha inspiración para este newsletter. Al final hay recetas tradicionales y hasta una recopilación de canciones latinoamericanas dedicadas al maíz, como esta del Chango Rodríguez.