La crisis de Haití ante el espejo de su historia

Nota publicada originalmente en La Tinta

Haití volvió a hundirse en un trágico laberinto sin salida. Cinco días después del asesinato del presidente de facto, Jovenel Moïse, por estas horas, rige el estado de sitio, tres dirigentes se proclamaron al frente del gobierno interinamente y Estados Unidos y a la ONU preparan el envío de tropas para proteger puertos, aeropuertos y otros puntos estratégicos. A su vez, avanza la investigación por el magnicidio con la detención de 18 colombianos –soldados retirados del Ejército- y dos estadounidenses, según un cable de la agencia AP difundido ayer.

Pero lejos de ser un hecho aislado, la muerte de Moïse representa el capítulo más reciente de una histórica crisis que atraviesa el pequeño país caribeño desde sus orígenes, con las principales potencias como actores protagónicos y los países latinoamericanos dando la espalda sistemáticamente.

El huevo de la serpiente

“Para entender el huevo de la serpiente, hay que saber que a Haití nadie le quería reconocer la independencia”, apunta Juan Francisco Martínez Peria –Doctor en Historia (Universidad Pompeu Fabra), especialista en el Caribe y autor del libro ¡Libertad o Muerte! Historia de la Revolución Haitiana–, que sitúa la raíz de la crisis actual más de 200 años atrás.

En 1804, Haití fue el primer país de América Latina en independizarse y la única revolución de esclavizados que triunfó en la historia: derrotaron a España, Inglaterra y Francia juntos, los imperios más importantes de la época. Pero aquella rebelión perfecta desató, a su vez, una tormenta también perfecta sobre el destino de este país antillano, situado al occidente de la isla La Española, que comparte con República Dominicana.

Haiti bandera protestas la-tinta
Imagen: Héctor Retamal / AFP

“Haití y su revolución siempre fueron olvidados. Constantemente, se presenta al país en términos negativos y su independencia es negada, actitud que tiene que ver con el racismo imperante en esa época y de hoy en día. Haití está sufriendo un castigo permanente por haber hecho la revolución que hizo. Nunca se lo perdonaron”, plantea Martínez Peria. “La revolución generó un impacto muy grande en el mundo atlántico, mucho miedo a las élites blancas y criollas, y muchas esperanzas en los sectores populares, esclavizados y afrodescendientes en América Latina, el Caribe y Estados Unidos”, agrega.


Por eso, las potencias reaccionaron rápido a su independencia y Francia intentó recolonizar, en vano, la isla. En 1825, Haití sufrió un golpe muy duro cuando Francia dio el brazo a torcer a cambio del pago de una cuantiosa indemnización, seguida de una amenaza militar. La imposibilidad de pagar esa deuda obligó al país a tomar un empréstito con su propio verdugo, contrayendo así una suerte de doble deuda externa. Esa dependencia económica fue seguida de profundas crisis políticas internas, que marcaron el pulso de un inestable siglo XIX. El saldo fue la intervención de Estados Unidos, entre 1915 y 1934, en nombre de una ansiada “libertad a la norteamericana”, que la Casa Blanca ya pregonaba extendiendo sus tentáculos a Cuba, Puerto Rico y República Dominicana.


Frontera imperial

Haití y el Caribe siempre fueron fichas de intercambio en el tablero internacional, donde las potencias echaron mano según sus intereses. Su importancia radica en su ubicación geográfica, puerta de entrada a América Latina y paso obligado de una parte importante del comercio mundial hacia el Pacífico, a través del Canal de Panamá.

“El Caribe siempre fue un lugar muy importante geopolíticamente -subraya Martínez Peria-. Ahí comenzó la conquista y desde siempre hubo una disputa entre todas las potencias. Durante el siglo XVIII, fue un enclave importante para el azúcar, considerado el oro blanco, y, desde entonces, todas las rutas comerciales pasaron por ahí. No es un paraíso como lo vende el turismo, sino un lugar de enormes tragedias construido a base de sangre, colonialismo y genocidios”.

Lejos de las postales de los cruceros, la región es una “frontera imperial”, como la definió el ex presidente e intelectual dominicano, Juan Bosh, en su libro De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial, que, en sus primeras líneas, afirma: “El Caribe está entre los lugares de la Tierra que han sido destinados por su posición geográfica y su naturaleza privilegiada para ser fronteras de dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto de la codicia de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la violencia desatada entre ellos”.

El Caribe cuenta con un “póker del espanto”, como lo tituló el propio Bosh en otro de sus libros. Tan solo en la primera mitad del siglo XX, la región vivió un baño de sangre bajo los regímenes de Juan Vicente Gómez, en Venezuela; Gerardo Machado y Fulgencio Batista, en Cuba; Rafael Leónidas Trujillo, en República Dominicana, y las dinastías de los Somoza en Nicaragua y -claro está- de los Duvalier en Haití.

Haiti mapa caribe la-tinta

Los Duvalier y los ciclos golpistas

Con la llegada de Franklin D. Roosevelt y su “política del buen vecino”, la Casa Blanca dejó de intervenir de manera directa en Haití, pero acompañó el ascenso y la consolidación de las dictaduras de Fracois “Papa Doc” Duvalier, primero, y de Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, después. Entre 1957 y 1986, hubo 40.000 muertos y más de un millón de exiliados bajo el paraguas norteamericano que buscaba contener el avance del comunismo en el Caribe, que tenía su punta de lanza desde 1959 en Cuba, a solo 100 kilómetros de distancia de Haití a través del Paso de los Vientos.

Los Duvalier sistematizaron una política de terror e inauguraron un ciclo de golpes que ni siquiera el derrocamiento de “Baby Doc”, el 7 de febrero de 1986, sepultó. Desde entonces, en Haití, se sucedieron ocho golpes de Estado, 34 cambios de gobierno (por cambio de primer ministro), cinco elecciones abortadas, tres intervenciones militares extranjeras y cinco misiones de la ONU para la estabilidad y la paz, según el cálculo del economista y cineasta haitiano Arnold Antonin.


“En la historia misma del país, los dirigentes siempre quieren quedarse en el poder”, entiende Robby Glésile, referente de la comunidad haitiana en la Argentina y miembro del grupo de estudio sobre migraciones de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). “Tenemos esa práctica de no respetar las reglas de la democracia: cada uno quiere estar en el poder pase lo que pase –plantea-. No hay un trabajo de memoria para que la población entienda las reglas de la democracia, que la dictadura no es el camino del país. Hoy en día, el espectro de la dictadura sigue planeando sobre la población haitiana, en los discursos y los reflejos”.


Y es que el periodo de democratización que siguió a la caída de “Baby Doc”, que redactó una nueva Constitución en 1987, y que permitió el ascenso popular de Jean-Bertrand Aristide, fue coartado sistemáticamente. El sacerdote salesiano vinculado a la teología de la liberación se convirtió, el 7 de febrero de 1990, en el primer presidente elegido en elecciones abiertas y libres -casi 200 años después de la independencia-, pero, a los siete meses, fue derrocado por un golpe de Estado financiado por Estados Unidos y apoyado por Francia y Canadá. Paradójicamente, tras la presión de Bill Clinton, los golpistas tuvieron que retroceder sus pasos y restituyeron a Aristide en 1994. Pero una nueva semilla podrida comenzaba a germinar en territorio haitiano: la ocupación internacional.

Ocupación y terremoto

La Misión Civil Internacional en Haití (MICIVIH), de 1993, sería el germen de la futura Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), que se extendió durante 15 años, hasta 2009, y contó con la participación de países latinoamericanos como Argentina y Brasil, que comandó parte de la misión a cambio de conseguir un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero lejos de llevar paz, la MINUSTAH fue denunciada por múltiples violaciones a los derechos humanos, crímenes sexuales y la propagación del cólera.

A esa suma de calvarios, se agregó, en 2010, el terremoto que dejó literalmente al país bajo los escombros. Un sismo de 7 grados en la escala de Richter, de apenas pocos segundos, colapsó más de la mitad de las construcciones en la zona metropolitana de Puerto Príncipe-Pétionville. Más de 300.000 personas murieron y más de dos millones quedaron en la calle.

La naturaleza se ensañó con Haití, pero la mano humana le dio un golpe de gracia. Diez años después, hay múltiples denuncias de que la falta de organización y la corrupción se tragaron los casi 12 mil millones de dólares distribuidos en más de 2.500 proyectos de reconstrucción, a través del Módulo de Gestión de la Ayuda Externa del gobierno de Haití.

Presente y futuro

Si bien tradicionalmente se conoce a Haití como la nación más pobre de Latinoamérica, la Historia demuestra que, en realidad, es un país empobrecido. Actualmente, en Haití, casi el 60 por ciento de la población vive con menos de dos dólares por día, pero la precariedad afecta a todos. Glésile lo grafica así: “Cualquier persona, sea de la clase que sea, vive en la precariedad. Porque una persona con dinero puede accidentarse en la calle, pero no tiene un hospital donde atenderse”. Y agrega otro ejemplo: “Yo soy de Puerto Príncipe y hoy la capital no tiene ni una sala de cine. ¿Cómo un joven que está creciendo va a poder divertirse? La frase ‘voy al cine’ no existe. Somos un país que vive una situación extrema”.

Y esa pobreza genera violencia. En los últimos años, se expandieron las pandillas y mafias fuertemente armadas, que controlan barrios de la capital y se financian a través de secuestros. Hay cerca de 80 bandas criminales, según la Comisión de Desarme del Estado nacional, y en 2020 hubo casi tres secuestros por día, de acuerdo a la organización de derechos humanos Défenseurs Plus.

En ese contexto, Moïse llegó al poder, “lo más catastrófico desde el terremoto”, en palabras de Glésile. El mandatario no solo asumió tras sucesivas elecciones fraudulentas y obtuvo apenas el 18 por ciento de los votos, sino que también cerró el Parlamento y, desde enero de 2020, gobernaba por decreto. Además, creó una agencia de inteligencia que tipificó los actos de vandalismo como “terroristas” y, desde febrero pasado, se negaba a entregar el poder, pese a que la Constitución local establece que los mandatos comienzan en la fecha de celebración de las elecciones (2016), no en el momento formal de la asunción del mandato.

Pero aunque no tenía legitimidad popular, con masivas protestas en las calles, Moïse contaba con el apoyo internacional del famoso Core Group, integrado por Estados Unidos, la OEA, la ONU y la Unión Europea. Fue su premio luego de romper lazos con Venezuela y mantener el status quo de la élite: Haití hoy funciona como paraíso fiscal, es enclave de maquiladoras, funcional al negociado de la asistencia internacional y ruta de paso para el narcotráfico.

Ante semejante panorama, ¿qué esperar del futuro de Haití? Es una pregunta difícil de responder, teniendo en cuenta el vacío de poder actual: como presidente interino, se autodesignó Claude Joseph, anteúltimo primer ministro de Moïse, aunque pocos días antes de morir, este nombró al abogado Ariel Henry en el cargo, pero que todavía no había jurado. Y para colmo de males, el presidente de la Corte de Casación, René Sylvestre, que sí podría haber sido el sucesor legal del presidente, falleció en junio por la COVID-19.

Además, sobrevuela la posibilidad de una nueva ocupación extranjera, ya que, el fin de semana, Joseph declaró a la prensa la necesidad de “auxilio de nuestros socios internacionales”.

“El peligro real es la ocupación de Estados Unidos”, analiza Martínez Peria, teniendo en cuenta que, al último asesinato presidencial de Haití -Vilbrun Guillaume Sam en 1915-, le siguió el envío de marines por parte de Woodrow Wilson y que duró casi dos décadas.

Pero aunque la crisis actual es compleja, muchos intereses están en juego y la Historia parece estar manchada de sangre, aún hay esperanzas de que el país pueda retomar definitivamente su senda de independencia, que conquistó antes que nadie en 1804. “Los gobiernos y pueblos latinoamericanos deberían oponerse a esa intervención. Haití necesita que la dejen sola, no que otros países le indiquen qué hacer desde una manera paternalista”, concluye Martínez Peria.

“Salvar a Haití primero depende de los haitianos; después, si algunas naciones quieren ayudar, vamos a ver”, afirma Glésile, que desde sus redes sociales, en las últimas horas, pidió por la paz en su país: “La violencia no es el camino para Haití”.

Haití

El 7 de febrero, el ahora dictador Jovenel Moïse decidió que todavía no se había cumplido su quinquenio presidencial en Haití, que le faltaban 365 días más de gobierno.
Desde entonces, se suceden las protestas callejeras y la represión oficial ya causó varios muertos. Durante la primera semana de la crisis, la heterogénea oposición nombró por consenso a Joseph Mécène Jean Louis, juez de la Corte de Casación, como “presidente de transición” sin poder real. Pero Moïse, en vez de llamar al diálogo, respondió echando más leña al fuego: denunció un golpe de Estado en su contra, consiguió el apoyo de la comunidad internacional y de las fuerzas armadas, jubiló ilegalmente al magistrado Jean Louis, y ratificó un maratónico calendario para cambiar la Constitución a partir de un referéndum aprobatorio.
La postura intransigente de Moïse de no dejar el poder se basa en una manera particular de interpretar la Constitución local, que establece claramente que los mandatos comienzan en la fecha de celebración de las elecciones, no en el momento formal de la asunción del mandato. 
El origen del conflicto se remonta entonces a las elecciones de octubre de 2015. Anuladas por fraude, una ola de protestas obligó a nombrar un presidente provisional hasta que, tras nuevas elecciones en 2016 –y también denunciadas de fraudulentas–, Moïse asumió finalmente el cargo en 2017. Había cosechado apenas 590 mil votos de un padrón de más de 6 millones de electores.
Pero acaso la figura de Moïse y su flamante régimen autoritario representan el capítulo más reciente de una histórica crisis que atraviesa a Haití desde sus orígenes, con las principales potencias como actores protagónicos, y los países latinoamericanos dando la espalda sistemáticamente.

¿Cuándo se jodió Haití?

“Para entender el huevo de la serpiente hay que saber que a Haití nadie le quería reconocer la independencia”, apunta Juan Francisco Martínez Peria –Doctor en Historia (Universidad Pompeu Fabra), especialista en el Caribe y autor del libro “¡Libertad o Muerte! Historia de la Revolución Haitiana”–, que sitúa la raíz de la crisis actual más de doscientos años atrás. 
En 1804, Haití fue el primer país de América Latina en independizarse y la única revolución de esclavizados que triunfó en la Historia: derrotaron a España, Inglaterra y Francia juntos, los imperios más importante de la época. Pero aquella rebelión perfecta desató, a su vez, una tormenta perfecta sobre el destino de este país antillano situado al occidente de la isla La Española, que comparte con República Dominicana. 
“Haití y su revolución siempre fueron olvidados. Constantemente se presenta al país en términos negativos y su independencia es negada, actitud que tiene que ver con el racismo imperante en esa época y de hoy en día. Haití está sufriendo un castigo permanente por haber hecho la revolución que hizo. Nunca se lo perdonaron”, plantea Martínez Peria: “La revolución generó un impacto muy grande en el mundo atlántico, mucho miedo a las élites blancas y criollas, y muchas esperanzas en los sectores populares, esclavizados, y afrodescendientes en América Latina, el Caribe y Estados Unidos”. 
Por eso, las potencias reaccionaron rápido a su independencia y Francia intentó recolonizar, en vano, la isla. En 1825, Haití sufrió un golpe muy duro, cuando Francia dio el brazo a torcer a cambio del pago de una cuantiosa indemnización seguida de amenaza militar. La imposibilidad de pagar esa deuda obligó al país a tomar un empréstito con su propio verdugo, contrayendo así una suerte de doble deuda externa. Esa dependencia económica fue seguida de profundas crisis políticas internas, que marcaron el pulso de un inestable siglo XIX. El saldo fue la intervención de Estados Unidos, entre 1915 y 1934, en nombre de una ansiada “libertad a la norteamericana”, que la Casa Blanca ya pregonaba extendiendo sus tentáculos a Cuba, Puerto Rico y República Dominicana.

Frontera imperial

Haití y el Caribe siempre fueron fichas de intercambio en el tablero internacional, donde las potencias echaron mano según sus intereses. Su importancia radica en su ubicación geográfica, puerta de entrada a América Latina y paso obligado de una parte importante del comercio mundial hacia el Pacifico a través del Canal de Panamá.
“El Caribe siempre fue un lugar muy importante geopolíticamente –subraya Martínez Peria–. Ahí comenzó la conquista y desde siempre hubo una disputa entre todas las potencias. Sobre el siglo XVIII fue un enclave importante para el azúcar, considerado el oro blanco, y desde entonces todas las rutas comerciales pasaron por ahí. No es un paraíso como lo vende el turismo, sino un lugar de enormes tragedias construido a base de sangre, colonialismo y genocidios”.
Lejos de las postales de los cruceros, la región es una “frontera imperial”, como la definió el ex presidente e intelectual dominicano Juan Bosh en su libro “De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial”, que en sus primeras líneas afirma: “El Caribe está entre los lugares de la Tierra que han sido destinados por su posición geográfica y su naturaleza privilegiada para ser fronteras de dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto de la codicia de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la violencia desatada entre ellos”.
El Caribe cuenta con un “póker del espanto”, como lo tituló el propio Bosh en otro de sus libros. Tan solo en la primera mitad del siglo XX, la región vivió un baño de sangre bajo los regímenes de Juan Vicente Gómez en Venezuela, Gerardo Machado y Fulgencio Batista en Cuba, Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, y las dinastías  de los Somoza en Nicaragua y -claro está- de los Duvalier en Haití.

Los Duvalier y las ciclos golpistas

Con la llegada de Franklin D. Roosevelt y su “política del buen vecino”, la Casa Blanca dejó de intervenir de manera directa en Haití, pero acompañó el ascenso y la consolidación de las dictaduras de Fracois “Papa Doc” Duvalier, primero, y de Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, después. Entre 1957 y 1986, hubo 40.000 muertos y más de un millón de exiliados, bajo el paraguas norteamericano que buscaba contener el avance del comunismo en el Caribe, que tenía su punta de lanza desde 1959 en Cuba, a solo 100 kilómetros de distancia de Haití a través del Paso de los Vientos.
Los Duvalier sistematizaron una política de terror e inauguraron un ciclo de golpes que ni siquiera el derrocamiento de “Baby Doc”, el 7 de febrero de 1986, sepultó. Desde entonces, en Haití se sucedieron ocho golpes de Estado, 34 cambios de gobierno (por cambio de primer ministro), cinco elecciones abortadas, tres intervenciones militares extranjeras y cinco misiones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la estabilidad y la paz, según rescata el sociólogo y ex brigadista en Haití Lautaro Rivara, a partir de un cálculo del economista y cineasta haitiano Arnold Antonin.
“En la historia misma del país los dirigentes siempre quieren quedarse en el poder”, entiende Robby Glésile, referente de la comunidad haitiana en la Argentina y miembro del grupo de estudio sobre migraciones de la Universidad Nacional de Rosario. “Tenemos esa práctica de no respetar las reglas de la democracia: cada uno quiere estar en el poder pase lo que pase –plantea–. No hay un trabajo de memoria para que la población entienda las reglas de la democracia, que la dictadura no es el camino del país. Hoy en día el espectro de la dictadura sigue planeando sobre la población haitiana, en los discursos y los reflejos”.
Y es que el periodo de democratización que siguió a la caída de “Baby Doc”, que redactó una nueva Constitución en 1987 y que permitió el ascenso popular de Jean-Bertrand Aristide, fue coartado sistemáticamente. El sacerdote salesiano vinculado a la teología de la liberación se convirtió el 7 de febrero de 1990 en el primer presidente elegido en elecciones abiertas y libres –casi doscientos años después de la independencia–, pero a los siete meses fue derrocado por un golpe de Estado financiado por Estados Unidos, y apoyado por Francia y Canadá. Paradójicamente, tras la presión de Bill Clinton, los golpistas tuvieron que retroceder sus pasos y restituyeron a Aristide en 1994. Pero una nueva semilla podrida comenzaba a germinar en territorio haitiano: la ocupación internacional.

Ocupación y terremoto

La Misión Civil Internacional en Haití (MICIVIH) de 1993 sería el germen de la futura Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), que se extendió durante 15 años hasta 2019 y contó con la participación de países latinoamericanos como Argentina y Brasil, que comandó parte de la misión a cambio de conseguir un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero lejos de llevar paz, la MINUSTAH fue denunciada por múltiples violaciones a los derechos humanos, crímenes sexuales y la propagación del cólera. Hoy la ocupación internacional continúa, pero con una “Misión de manteniemiento de la paz más pequeña”, como anuncia la ONU en su web.
A esa suma de calvarios se agregó en 2010 el terremoto que dejó literalmente al país bajo los escombros. Un sismo de 7 grados en la escala de Richter de apenas pocos segundos colapsó más de la mitad de las construcciones en la zona metropolitana de Puerto Príncipe-Pétionville. Más de 300.000 personas murieron y más de dos millones quedaron en la calle.
La naturaleza se ensañó con Haití, pero la mano humana le dio un golpe de gracia. Diez años después hay múltiples denuncias de que la falta de organización y la corrupción se tragaron los casi 12 mil millones de dólares distribuidos en más de 2500 proyectos de reconstrucción a través del Módulo de Gestión de la Ayuda Externa del Gobierno de Haití.

Presente y futuro

Actualmente en Haití casi el 60 por ciento de la población vive con menos de dos dólares por día, pero la precariedad afecta a todos. Glésile lo grafica así: “Cualquier persona, sea de la clase que sea, vive en la precariedad. Porque una persona con dinero puede accidentarse en la calle, pero no tiene un hospital donde atenderse”. Y agrega otro ejemplo: “Yo soy de Puerto Príncipe y hoy la capital no tiene ni una sala de cine. ¿Cómo un joven que está creciendo va a poder divertirse? La frase “voy al cine” no existe. Somos un país que vive una situación extrema”.
Y esa pobreza genera violencia. En los últimos años se expandieron las pandillas y mafias fuertemente armadas, que controlan barrios de la capital y se financian a través de secuestros. Hay cerca de 80 bandas criminales, según la Comisión de Desarme del Estado nacional, y en 2020 hubo casi tres secuestros por días, de acuerdo a la organización de derechos humanos Défenseurs Plus. 
En ese contexto llegó Moïse al poder, “lo más catastrófico desde el terremoto”, en palabras de Glésile. El mandatario no solo asumió tras sucesivas elecciones fraudulentas y obtuvo apenas el 18% de los votos, cerró el Parlamento, desde enero de 2020 gobierna por decreto, y creó una agencia de inteligencia que goza de inmunidad y tipificó los actos de vandalismo como “terroristas”.
“Hay líneas de continuidad con el pasado”, analiza Martínez Peria para entender el gobierno de Moïse y sus apoyos incondicionales: Estados Unidos, la OEA, la ONU y la Unión Europea, miembros del famoso Core Group. “Es su ganancia tras romper lazos con Venezuela, que desde la época de Hugo Chávez hizo pie en la isla con un doble objetivo -agrega-. Por un lado histórico, reivindicando la ayuda militar que Simón Bolívar recibió de Alexandre Pétion para sus luchas independentistas de inicios del siglo XIX. Y por otro político, para expandir el ALBA frente a las narices de Washington”.
Además de cumplir una suerte de contenedor geopolítico para la expansión bolivariana, Haití hoy es importante porque funciona como paraíso fiscal, es enclave de maquiladoras, es teatro para el negociado de la asistencia internacional y es ruta de paso para el narcotráfico. Pero el realineamiento de Moïse no cuenta con apoyo popular, con protestas desde antes de su asunción por estar salpicado por las denuncias de corrupción vinculadas a la alianza PetroCaribe, creada por el propio Chávez.
Ante semejante panorama histórico, ¿qué esperar del futuro de Haití? “Más crisis política –aventura Martínez Peria–. Cualquier otro presidente ya hubiera caído en otro país. No es que hoy esté pasando esto, todo el mandato de Moïse fue una constante crisis”.
“Qué va a pasar es la gran pregunta”, contesta, por su lado, Glésile. “Seguiremos este año con protestas, represión, asesinatos, masacres y movimientos. En Haití las cosas no son sencillas. Que marchen cinco, diez o cincuenta mil personas en las calles no significa nada. Puedes reprimir o matar a la gente, pero eso no va a hacer que el presidente vaya a moverse de su sitio. No. En Haití las cosas son muy complicadas”.

#6: Haití

Esta primera semilla del 2021 demoró, pero acá está, proponiendo una historia del Caribe.
El martes 9 de febrero me llegó por WhatsApp un mensaje de texto desde Haití, dos días después de que cayera allí un nuevo manto dictatorial. Quien me escribió era una conocida mía argentina, radicada en el pequeño país desde hace un año. Me contó un panorama de crisis y protestas, que los medios de comunicación ya empezaban a registrar, aunque tímidamente, sin la visibilidad que el caso ameritaba, como históricamente sucede con el mal llamado «país más pobre del continente».
Entonces esta Semilla, que busca entender el trasfondo de la crisis haitiana actual. Una perspectiva sobre qué pasó, qué pasa, y qué puede pasar en Haití, el primer país latinoamericano en ser independiente.


Haití

El 7 de febrero, el ahora dictador Jovenel Moïse decidió que todavía no se había cumplido su quinquenio presidencial en Haití, que le faltaban 365 días más de gobierno.
Desde entonces, se suceden las protestas callejeras y la represión oficial ya causó varios muertos. Durante la primera semana de la crisis, la heterogénea oposición nombró por consenso a Joseph Mécène Jean Louis, juez de la Corte de Casación, como “presidente de transición” sin poder real. Pero Moïse, en vez de llamar al diálogo, respondió echando más leña al fuego: denunció un golpe de Estado en su contra, consiguió el apoyo de la comunidad internacional y de las fuerzas armadas, jubiló ilegalmente al magistrado Jean Louis, y ratificó un maratónico calendario para cambiar la Constitución a partir de un referéndum aprobatorio.
La postura intransigente de Moïse de no dejar el poder se basa en una manera particular de interpretar la Constitución local, que establece claramente que los mandatos comienzan en la fecha de celebración de las elecciones, no en el momento formal de la asunción del mandato. 
El origen del conflicto se remonta entonces a las elecciones de octubre de 2015. Anuladas por fraude, una ola de protestas obligó a nombrar un presidente provisional hasta que, tras nuevas elecciones en 2016 –y también denunciadas de fraudulentas–, Moïse asumió finalmente el cargo en 2017. Había cosechado apenas 590 mil votos de un padrón de más de 6 millones de electores.
Pero acaso la figura de Moïse y su flamante régimen autoritario representan el capítulo más reciente de una histórica crisis que atraviesa a Haití desde sus orígenes, con las principales potencias como actores protagónicos, y los países latinoamericanos dando la espalda sistemáticamente.

¿Cuándo se jodió Haití?

“Para entender el huevo de la serpiente hay que saber que a Haití nadie le quería reconocer la independencia”, apunta Juan Francisco Martínez Peria –Doctor en Historia (Universidad Pompeu Fabra), especialista en el Caribe y autor del libro “¡Libertad o Muerte! Historia de la Revolución Haitiana”–, que sitúa la raíz de la crisis actual más de doscientos años atrás. 
En 1804, Haití fue el primer país de América Latina en independizarse y la única revolución de esclavizados que triunfó en la Historia: derrotaron a España, Inglaterra y Francia juntos, los imperios más importante de la época. Pero aquella rebelión perfecta desató, a su vez, una tormenta perfecta sobre el destino de este país antillano situado al occidente de la isla La Española, que comparte con República Dominicana. 
“Haití y su revolución siempre fueron olvidados. Constantemente se presenta al país en términos negativos y su independencia es negada, actitud que tiene que ver con el racismo imperante en esa época y de hoy en día. Haití está sufriendo un castigo permanente por haber hecho la revolución que hizo. Nunca se lo perdonaron”, plantea Martínez Peria: “La revolución generó un impacto muy grande en el mundo atlántico, mucho miedo a las élites blancas y criollas, y muchas esperanzas en los sectores populares, esclavizados, y afrodescendientes en América Latina, el Caribe y Estados Unidos”. 
Por eso, las potencias reaccionaron rápido a su independencia y Francia intentó recolonizar, en vano, la isla. En 1825, Haití sufrió un golpe muy duro, cuando Francia dio el brazo a torcer a cambio del pago de una cuantiosa indemnización seguida de amenaza militar. La imposibilidad de pagar esa deuda obligó al país a tomar un empréstito con su propio verdugo, contrayendo así una suerte de doble deuda externa. Esa dependencia económica fue seguida de profundas crisis políticas internas, que marcaron el pulso de un inestable siglo XIX. El saldo fue la intervención de Estados Unidos, entre 1915 y 1934, en nombre de una ansiada “libertad a la norteamericana”, que la Casa Blanca ya pregonaba extendiendo sus tentáculos a Cuba, Puerto Rico y República Dominicana.

Frontera imperial

Haití y el Caribe siempre fueron fichas de intercambio en el tablero internacional, donde las potencias echaron mano según sus intereses. Su importancia radica en su ubicación geográfica, puerta de entrada a América Latina y paso obligado de una parte importante del comercio mundial hacia el Pacifico a través del Canal de Panamá.
“El Caribe siempre fue un lugar muy importante geopolíticamente –subraya Martínez Peria–. Ahí comenzó la conquista y desde siempre hubo una disputa entre todas las potencias. Sobre el siglo XVIII fue un enclave importante para el azúcar, considerado el oro blanco, y desde entonces todas las rutas comerciales pasaron por ahí. No es un paraíso como lo vende el turismo, sino un lugar de enormes tragedias construido a base de sangre, colonialismo y genocidios”.
Lejos de las postales de los cruceros, la región es una “frontera imperial”, como la definió el ex presidente e intelectual dominicano Juan Bosh en su libro “De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial”, que en sus primeras líneas afirma: “El Caribe está entre los lugares de la Tierra que han sido destinados por su posición geográfica y su naturaleza privilegiada para ser fronteras de dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto de la codicia de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la violencia desatada entre ellos”.
El Caribe cuenta con un “póker del espanto”, como lo tituló el propio Bosh en otro de sus libros. Tan solo en la primera mitad del siglo XX, la región vivió un baño de sangre bajo los regímenes de Juan Vicente Gómez en Venezuela, Gerardo Machado y Fulgencio Batista en Cuba, Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, y las dinastías  de los Somoza en Nicaragua y -claro está- de los Duvalier en Haití.

Los Duvalier y las ciclos golpistas

Con la llegada de Franklin D. Roosevelt y su “política del buen vecino”, la Casa Blanca dejó de intervenir de manera directa en Haití, pero acompañó el ascenso y la consolidación de las dictaduras de Fracois “Papa Doc” Duvalier, primero, y de Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, después. Entre 1957 y 1986, hubo 40.000 muertos y más de un millón de exiliados, bajo el paraguas norteamericano que buscaba contener el avance del comunismo en el Caribe, que tenía su punta de lanza desde 1959 en Cuba, a solo 100 kilómetros de distancia de Haití a través del Paso de los Vientos.
Los Duvalier sistematizaron una política de terror e inauguraron un ciclo de golpes que ni siquiera el derrocamiento de “Baby Doc”, el 7 de febrero de 1986, sepultó. Desde entonces, en Haití se sucedieron ocho golpes de Estado, 34 cambios de gobierno (por cambio de primer ministro), cinco elecciones abortadas, tres intervenciones militares extranjeras y cinco misiones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la estabilidad y la paz, según rescata el sociólogo y ex brigadista en Haití Lautaro Rivara, a partir de un cálculo del economista y cineasta haitiano Arnold Antonin.
“En la historia misma del país los dirigentes siempre quieren quedarse en el poder”, entiende Robby Glésile, referente de la comunidad haitiana en la Argentina y miembro del grupo de estudio sobre migraciones de la Universidad Nacional de Rosario. “Tenemos esa práctica de no respetar las reglas de la democracia: cada uno quiere estar en el poder pase lo que pase –plantea–. No hay un trabajo de memoria para que la población entienda las reglas de la democracia, que la dictadura no es el camino del país. Hoy en día el espectro de la dictadura sigue planeando sobre la población haitiana, en los discursos y los reflejos”.
Y es que el periodo de democratización que siguió a la caída de “Baby Doc”, que redactó una nueva Constitución en 1987 y que permitió el ascenso popular de Jean-Bertrand Aristide, fue coartado sistemáticamente. El sacerdote salesiano vinculado a la teología de la liberación se convirtió el 7 de febrero de 1990 en el primer presidente elegido en elecciones abiertas y libres –casi doscientos años después de la independencia–, pero a los siete meses fue derrocado por un golpe de Estado financiado por Estados Unidos, y apoyado por Francia y Canadá. Paradójicamente, tras la presión de Bill Clinton, los golpistas tuvieron que retroceder sus pasos y restituyeron a Aristide en 1994. Pero una nueva semilla podrida comenzaba a germinar en territorio haitiano: la ocupación internacional.

Ocupación y terremoto

La Misión Civil Internacional en Haití (MICIVIH) de 1993 sería el germen de la futura Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), que se extendió durante 15 años hasta 2019 y contó con la participación de países latinoamericanos como Argentina y Brasil, que comandó parte de la misión a cambio de conseguir un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero lejos de llevar paz, la MINUSTAH fue denunciada por múltiples violaciones a los derechos humanos, crímenes sexuales y la propagación del cólera. Hoy la ocupación internacional continúa, pero con una “Misión de manteniemiento de la paz más pequeña”, como anuncia la ONU en su web.
A esa suma de calvarios se agregó en 2010 el terremoto que dejó literalmente al país bajo los escombros. Un sismo de 7 grados en la escala de Richter de apenas pocos segundos colapsó más de la mitad de las construcciones en la zona metropolitana de Puerto Príncipe-Pétionville. Más de 300.000 personas murieron y más de dos millones quedaron en la calle.
La naturaleza se ensañó con Haití, pero la mano humana le dio un golpe de gracia. Diez años después hay múltiples denuncias de que la falta de organización y la corrupción se tragaron los casi 12 mil millones de dólares distribuidos en más de 2500 proyectos de reconstrucción a través del Módulo de Gestión de la Ayuda Externa del Gobierno de Haití.

Presente y futuro

Actualmente en Haití casi el 60 por ciento de la población vive con menos de dos dólares por día, pero la precariedad afecta a todos. Glésile lo grafica así: “Cualquier persona, sea de la clase que sea, vive en la precariedad. Porque una persona con dinero puede accidentarse en la calle, pero no tiene un hospital donde atenderse”. Y agrega otro ejemplo: “Yo soy de Puerto Príncipe y hoy la capital no tiene ni una sala de cine. ¿Cómo un joven que está creciendo va a poder divertirse? La frase “voy al cine” no existe. Somos un país que vive una situación extrema”.
Y esa pobreza genera violencia. En los últimos años se expandieron las pandillas y mafias fuertemente armadas, que controlan barrios de la capital y se financian a través de secuestros. Hay cerca de 80 bandas criminales, según la Comisión de Desarme del Estado nacional, y en 2020 hubo casi tres secuestros por días, de acuerdo a la organización de derechos humanos Défenseurs Plus. 
En ese contexto llegó Moïse al poder, “lo más catastrófico desde el terremoto”, en palabras de Glésile. El mandatario no solo asumió tras sucesivas elecciones fraudulentas y obtuvo apenas el 18% de los votos, cerró el Parlamento, desde enero de 2020 gobierna por decreto, y creó una agencia de inteligencia que goza de inmunidad y tipificó los actos de vandalismo como “terroristas”.
“Hay líneas de continuidad con el pasado”, analiza Martínez Peria para entender el gobierno de Moïse y sus apoyos incondicionales: Estados Unidos, la OEA, la ONU y la Unión Europea, miembros del famoso Core Group. “Es su ganancia tras romper lazos con Venezuela, que desde la época de Hugo Chávez hizo pie en la isla con un doble objetivo -agrega-. Por un lado histórico, reivindicando la ayuda militar que Simón Bolívar recibió de Alexandre Pétion para sus luchas independentistas de inicios del siglo XIX. Y por otro político, para expandir el ALBA frente a las narices de Washington”.
Además de cumplir una suerte de contenedor geopolítico para la expansión bolivariana, Haití hoy es importante porque funciona como paraíso fiscal, es enclave de maquiladoras, es teatro para el negociado de la asistencia internacional y es ruta de paso para el narcotráfico. Pero el realineamiento de Moïse no cuenta con apoyo popular, con protestas desde antes de su asunción por estar salpicado por las denuncias de corrupción vinculadas a la alianza PetroCaribe, creada por el propio Chávez.
Ante semejante panorama histórico, ¿qué esperar del futuro de Haití? “Más crisis política –aventura Martínez Peria–. Cualquier otro presidente ya hubiera caído en otro país. No es que hoy esté pasando esto, todo el mandato de Moïse fue una constante crisis”.
“Qué va a pasar es la gran pregunta”, contesta, por su lado, Glésile. “Seguiremos este año con protestas, represión, asesinatos, masacres y movimientos. En Haití las cosas no son sencillas. Que marchen cinco, diez o cincuenta mil personas en las calles no significa nada. Puedes reprimir o matar a la gente, pero eso no va a hacer que el presidente vaya a moverse de su sitio. No. En Haití las cosas son muy complicadas”.


Algunos enlaces interesantes…

  • Para estar al tanto de lo que pasa en Haití, seguí al sociólogo y ex brigadista Lautaro Rivara en su Twitter y en su web. Actualmente está allá reporteando de cerca la crisis.
  • Este especial es una gran investigación sobre la violencia actual de las mafias en Haití. 
  • El libro completo «De Cristóbal Colón a Fidel Castro: el Caribe, frontera imperial» de Juan Bosch se puede leer en la web oficial de la biblioteca de la Cámara de Diputados de México.