“Quería hacer visible lo invisible”

Martín Weber es fotógrafo y artista multimedia. Cámara de placa al hombro y con una pequeña pizarra negra bajo el brazo, salió en los ’90 a recorrer Latinoamérica buscando lo más profundo en la historia de sus habitantes. Entre 1992 y 2013, conectó en una misma trayectoria a Argentina, Cuba, México, Nicaragua, Guatemala, Perú, Brasil y Colombia para construir una cartografía íntima del continente. Así nació “Mapa de Sueños Latinoamericanos” (Ediciones Lariviére y RM, 2018), que no solo permite conocer los anhelos más profundos de las personas, sino también dialoga con la realidad de sus países.
Weber encontró historias que no lo soltaron, y por eso años después regresó a esos mismos territorios para conocer qué había pasado con los sueños y sus protagonistas. El resultado fue una película homónima, que ya ganó en el Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse como mejor documental (2020) y obtuvo una mención del jurado en el Festival Internacional de Cine de Brasilia (2020), y se estrenaría en Argentina en 2021.
Un viaje íntimo por el continente, , el mapa que trazó de Martín Weber permite otra mirada sobre qué es Latinoamérica. Construir el mapa le tomó más de 20 años a Martín Weber, pero valió la pena. Porque, como él mismo escribió en una posdata en el monumental libro con más de 110 retratos de personas, familias, hermanos, amigos, niños, jóvenes, adultos y ancianos, le permitió entender quién era:

  • “Quizás porque mis padres no formaron parte de ninguna resistencia armada contra las dictaduras que sufrieron, sino que fueron opositores de conciencia, me llevó cuatro décadas entender por qué razón nací en Chile, y cuarenta años asumir que había nacido en el exilio. Nuestro destino solo se puede cambiar si nos permitimos imaginar uno diferente del que nos ha sido dado.”

—Esa posdata del Mapa… revela que el recorrido por el continente no solo fue un viaje documental fotográfico, sino que también conectó con sentimientos muy profundos. ¿Cómo definirías tu proyecto?
—Fue un proceso largo, lento y de mucha investigación y de aprendizaje. La idea era cuestionar la manera de trabajar con la fotografía y el hecho de tomar una foto, eso de sacar algo que es intangible. Pero en ese proceso se empezaron a jugar un montón de cosas, tanto la idea de empoderar al otro como también darle un espacio. Y yo empiezo a hacerme preguntas: quién soy y desde dónde llegué a ese lugar, y por qué había nacido en Chile, que con este proyecto termino de hilar. 
—¿Por qué América Latina?
—En la del secundario en el (Nacional) Buenos Aires tenía discusiones políticas en los recreos y estaba muy a flor de piel y vigente lo que sucedía con la revolución nicaragüense. Tenía ese flashazo de pensar de que estaba repitiendo información, que nunca había estado ahí, y que las imágenes que me llegaban eran producidas por europeos o norteamericanos. En ese momento se sembró la semilla de querer ir a buscar testimonios directos y no que me la cuenten. Que sean los que la vivieron los que la compartan. Y no solo no volver a contarlas por otros, sino generar un espacio y una dinámica de trabajo en la cual yo tenía un oficio que ponía a disposición para dar lugar a esas voces, que en ese momento no tenían espacio. Lo que tiene el proyecto es que cada historia, cada persona que participa, cada sueño que se comparte se van tomando la mano y van generando contexto uno al otro y entre sí.
—¿Qué te llevó a buscar en los sueños, que es un poco buscar en lo que no se tiene, en lo que se anhela, en la utopía?
—Un sueño me dio una manera de implicar a la persona que aparecía en la foto a compartir algo que es íntimo. De alguna manera trabajar más allá de la superficie, que es con lo que trabaja la fotografía o el cine. Quería hacer visible lo invisible. Por otro lado está la idea del sueño como una invitación a evocar tres momentos: pasado, presente y futuro. La pregunta del sueño te lleva un poco a eso: a que la persona piense un recorrido hasta ese momento, lo comparta en ese momento, pero que nos proyecte a un posible futuro.

“Quiero ser policía” (México)

—Esos sueños muestran realidades personales, pero a su vez también hablan de los países de los soñadores. ¿Cómo elegiste el recorrido?
—En los principios de los ’90 estaba muy vigente el movimiento latinoamericanista que se preguntaba qué compartimos y qué nos diferencia en nuestras historias, culturas y lenguajes. Y esos detalles son parte de nuestra identidad. Elegir los países tuvo que ver con la conciencia de que no iba a poder abarcar toda Latinoamérica, pero que de alguna manera sean distintivos y con alguna historia particular que contaran algo de lo que había pasado en el continente. Por ejemplo, trabajé dos revoluciones con finales distintos como las de Nicaragua y Cuba, e hice Argentina, que era el país donde estaba y que me permitía también contar algo de Uruguay o Chile. Creo que esos ocho componen un mapa lo suficientemente complejo como para que lo que no esté explícito, esté sugerido.
—Después de tu recorrido, ¿creés que existe un sueño latinoamericano?
—El reduccionismo en general termina en un entendimiento fallido porque el ser humano es complejo. Y justamente yo trato de correrme de ese lugar: vengo a presentarte la historia de varios y que eso te motive a vos a querer saber más y que vos construyas tu propio camino en ese tratar de entender, en el cual siempre vamos a caer en errores y prejuicios. Pero creo que está bueno que uno mismo se dé cuenta de esas cosas. Lo más rico de todo eso fue, en mi caso, testear mis propios prejuicios. Uno asume la idea de que muchas veces juzgamos o asumimos lo que el otro necesita, y nos colocamos en ese lugar que muchas veces no nos corresponde. El proyecto, creo, llama a eso: a ponerse en el lugar de otro. Es una frase muy usada pero muy poco aprovechada. Y hay una de las fotos que sirve de ejemplo, como es la historia del guacho argentino que tiene una pinta de recio total en Areco, pero que sueña que su madre viva 50 años más de los que tiene. Su apariencia jamás te hubiera dado a pensar ese pensamiento tan tierno.

“Que mi madre viva 50 años más de los que tiene” (Argentina)

—En otra entrevista contaste que el 99% personas aceptó participar de las fotosy que llegaste a pasar horas horas con ellos. ¿Qué vínculo humano logró crear el Mapa…?
—Ahí es donde forma y contenido se cuestionan todo el tiempo. Como quería compartir un momento, para hacer este proyecto cambié de trabajar en 35 mm, donde te escondés detrás de la cámara, y elegí una cámara de placa que va sobre un trípode, donde se hace toda la actividad de frente de la persona fotografiada. Cuando colocás la película ya dejás de ver en la cámara y ves a los ojos a la persona. Eso nos daba un tiempo de charla, de observación mutua, una sensación de cómo los cuerpos se comunican, las dinámicas que había entre las personas.
—Y también juega el contexto o los roles que otros fotografiados asumen en la imagen, porque a veces los que tienen la pizarra son justamente los menos escuchados, como esa empleada doméstica fotografiada con las hijas de su empleador.
—De a poco fui incorporando el contexto de la persona, su espacio, los elementos y también los elementos que eran parte de sus vínculos cercanos porque en su contexto podías entender esa distancia entre el sueño que podía enunciar y el poder realizarlo. El proyecto también trabaja sobre esa tensión, y la pregunta es por qué algunos sueños parecen tan imposibles, cuando en realidad son tan pequeños y deberían ser muy simples de conseguir.

“Mi sueño es conocer personas que me ayuden a salir de donde estoy y viajar” (Perú)

—¿Por qué “Mi sueño es morirme” es la tapa del Mapa…? ¿Sintetiza de alguna manera los sueños latinoamericanos?
—Me pasó algo muy fuerte con eso. Yo había ganado un premio para publicar el libro y los editores eligieron esa foto de tapa y mi primera reacción fue que no. Mi sensación era que era tan fuerte que de alguna manera direccionaba la lectura del resto del trabajo. Después entendí que el equivocado era yo. Porque justamente fue el sueño que yo nunca hubiera querido encontrar. Entonces terminé eligiendo por oposición. Y cuando termino el libro, empiezo con la película y llego a Colombia, me entero de que a Cristian le habían concedido el sueño porque justamente seis meses después lo habían matado. En la película se desarrolla una búsqueda y esa historia se abre de una manera increíble. Que la familia de Cristian pudiera ver en el festival de Colombia la película fue una de las cosas más emotivas que tuve. Seguimos en contacto y es una historia que sigue vive y da para la reflexión en cuanto a los vínculos y porqué se sigue en contacto. 

—Mapa… empieza con un viaje que termina en un libro de fotos y luego es un retorno a esos países que deriva en una película. ¿Cómo fue el proceso de cambio de formato y por qué lo hiciste?
—Yo me declaro un artista multimedia y a cada contenido le busco la forma apropiada. Se empieza a generar una dialéctica de que el contenido afecta a la forma y la forma al contenido. Con las fotos yo me cuestiono la fotografía misma como práctica, por ejemplo eligiendo el blanco y negro, que se relaciona con una fotografía “humanitaria” o “documental”, o mostrando una persona que escribió algo en una pizarra, que de alguna manera da a entender que esa imagen fue una construcción. Y cuando termino el proyecto que me llevó 20 años recorrer estos 8 países, el pensamiento fue: “Bueno, yo cambié, la gente cambió, esos países deben haber cambiado también. ¿Qué pasó?” Y para contestar esa pregunta me surge esta idea de la fotografía que congela la imagen. ¿Por qué no trabajar con la idea de derretirla? Y la imagen en movimiento, el cine y el video, tienen eso. Los testimonios terminan tejiéndose en ese recorrido, que es muy distinto a haber vuelto y hecho otras fotos. Yo necesitaba hacer otra cosa, pero porque trabajo de canalizar una serie de situaciones que me rodean, de impulsos que me surgen una necesidad imperiosa de hacerlo. Los hago porque los necesito hacer. Y si elegí hacer una película es porque el contenido con el que trabajaba pedía eso.

“Mi sueño es morirme” (Colombia)

—Salir a buscar sueños también tiene que ver con una búsqueda de juventud. Hoy, 20 años después, y con un proyecto que primero fue fotográfico y después audiovisual, ¿cambió tu mirada sobre el continente?
—Hay un gesto melancólico en preguntarle a alguien sobre su sueño porque es algo que no se tiene. Obviamente yo a los 20 años quizás era más ingenuo o con menos experiencia. Si algo te da la edad, si estás dispuesto a escuchar o no vivís en un cubículo, es la experiencia. Al haber hecho el camino y la experiencia no soy el mismo. No soy el mismo con el libro, que por eso finalmente elegí otra fotografía para la tapa. Y después, cuando hago el proceso de la película, fue muy fuerte emocionalmente el reencuentro. Pasé mucho más tiempo con cada una de esas historias. Involucrarse y acompañar las alegrías y sufrimientos fue mucho más fuerte. Y también me impactaron reflexiones de testimonios, como aquel que dijo que había tirado bombas y matado, y que finalmente no cambió nada.
—¿Por eso incluís en la película parte del discurso del subcomandante Marcos cuando “deja de existir”, que dice “Nuestro dilema no estaba entre negociar o combatir, sino entre morir o vivir”? Las decisiones también definen a las personas.
—Fue lo más inspirador. Si hay algo de todo el proceso que me dio una línea muy interesante es ese discurso. Es esto de elegir el propio camino. No hacer el camino que otros esperan que uno haga por defender X o Y valores de otros. Tengo que elegir mi propio camino entre morir y vivir. No romantizar la idea de la muerte por un ideal. Y es interesantísimo que lo hagan ellos. Es muy fuerte elegir la vida, es una responsabilidad enorme.