“Chile eligió constituyentes para un cambio radical”

*Nota publicada originalmente en La Tinta.

La boleta con su nombre fue la primera que se conoció públicamente el domingo 16 de mayo por la noche en Chile, cuando comenzó el recuento público de votos para la Convención Constituyente. Mujer y mapuche, Natividad Llanquileo ya es parte de la historia reciente del país trasandino que, a casi dos años del estallido social de octubre de 2019, tendrá la posibilidad de cambiar una Constitución de raíz pinochetista.

Abogada, de 36 años y diplomada en Derechos Humanos, Políticas Públicas e Interculturalidad, Llanquileo ocupará una de las 17 bancas -de las 155 en total- que se reservaron para los pueblos originarios, dentro de una Convención que estará dominada por partidos de izquierda y sectores independientes. Un reflejo del cambio que atraviesa al país, donde la derecha, en su vértice liderada por el presidente Sebastián Piñera, no llegó siquiera al tercio de los votos, algo que le hubiera permitido ostentar un poder de veto de cualquier reforma.

“Estamos frente a un proceso histórico”, analiza Llanquileo en esta entrevista realizada vía Zoom desde el sur de Chile, donde creció y vivió hasta los 18 años, antes de migrar a Santiago para estudiar Derecho. Su bandera siempre fue la defensa de los territorios por parte de las comunidades mapuche; e incluso, en 2010, fue la cara visible de una huelga de hambre que llevaron adelante 35 mapuche detenidos para exigir la derogación de la ley antiterrorista.

“Por primera vez como pueblos originarios, podemos estar en una toma de decisión tan relevante como es la redacción de una nueva Constitución”, asegura.

Durante la conversación, exige que la Convención cambie “radicalmente” al país, expone las demandas que buscará que queden plasmadas en la nueva Carta Magna, defiende que haya participación ciudadana durante todo el proceso -que durará entre nueve meses y un año-, llama a un respeto definitivo hacia los pueblos originarios y destaca el rol femenino, que ocupará la mitad de las bancas en una instancia de semejante magnitud.


“Va a ser una Constituyente paritaria y eso es muy relevante. Fue muy emocionante que el primer voto fuera para una mujer y encima para una mujer mapuche. Cuando salió ese primer voto, yo no estaba viendo la televisión, sino que me llamaron y me comentaron -confiesa-. Afortunadamente, ese primer voto fue un buen augurio, porque terminamos estando dentro y vamos a poder participar de la reforma de la Constitución”.


—La actual Constitución data de la dictadura de Pinochet. ¿Qué valor tiene que la puedan cambiar por completo?

—Se va a terminar con una Constitución heredada de la dictadura, con todo lo que implicó, como la violación sistemática de los derechos humanos y los desaparecidos. Estamos terminando con una historia oscura de lo que nos ha tocado vivir como país. Es la primera vez que se elige democráticamente a quienes escriben esta Carta fundamental y eso implica una responsabilidad tremenda. Esperamos cambiar este modelo, que es discriminatorio, segregador y beneficia solo a unos pocos, mientras los demás seguimos mirando.

—A la luz de los resultados, ya hubo un cambio: la derecha retrocedió y avanzaron los distintos partidos de izquierda y sectores independientes. Entonces, ¿cómo analiza la conformación general de la Convención?

Vemos con bastante optimismo lo que se viene y esperamos que eso se refleje lo más pronto posible en la práctica: que realmente beneficie a la gente, que espera cambios en la cotidianeidad. Ha sido muy satisfactorio pensar que gran parte de los convencionales están para cambiar realmente el modelo que hoy en día existe. Y ese era uno de los principales desafíos y problemas que nos podíamos encontrar como pueblos originarios. Esperemos que no haya sido algo solo de los discursos. Los partidos políticos han sido criticados y no representan los intereses colectivos, y hoy día podemos ver que el pueblo los castigó.

—Se habló de que Chile vivió un “terremoto” político, porque también hubo cambios muy importantes a nivel de los poderes locales. 

—Es que tampoco daba lo mismo elegir a las alcaldías, los gobiernos locales o regionales, así como sucederá lo mismo en las próximas elecciones presidenciales. Porque serán ellos los que finalmente adecuen las leyes en relación a la Constitución que vaya a quedar. Y apostamos a que la Constitución que se redacte sea aprobada por todos los votantes, porque tiene un plebiscito de salida que es obligatorio. Pero esa no puede ser la única participación del pueblo, sino que tiene que haber una participación desde el inicio hasta el final.

—¿El acompañamiento de la sociedad será uno de los grandes desafíos de este proceso constitucional?

—Será muy importante ver cómo hacemos partícipe al pueblo en sí. No existió nunca que sean los propios territorios los que estén en las tomas de decisiones. Siempre hubo un poder central y el resto acataba. Uno de los primeros desafíos que tenemos es la redacción del reglamento para saber cómo vamos a sesionar los 155 convencionales que somos y ahí tenemos que dejar bien establecida la participación social. Nosotros no podemos pretender, porque fuimos electos, que finalmente tomemos todas las decisiones por los territorios. Eso no puede ser, no se puede repetir.

Tenemos que ser solo un puente con los territorios, no podemos ser los únicos que lleven adelante todo. Eso significa cambiar las cosas: tenemos que funcionar de forma distinta para que esta Constitución sea lo más representativa posible. Tenemos la oportunidad histórica de cambiar la forma de hacer las cosas. No podemos darnos el lujo de no hacerlo, porque en nuestras vidas se va a volver a repetir. No es fácil cambiar una Constitución, por lo que va a ser tremendamente relevante la participación del pueblo, de las comunidades y de sus organizaciones territoriales, que tendrán que estar presentes.

Chile mujeres mapuche la-tinta

—¿Cuáles son sus consignas para la Constituyente? ¿Tiene que declararse a Chile como un Estado plurinacional? 

—Varias candidaturas han estado proponiendo un Estado plurinacional, pero no sabemos qué entienden ellos por eso. Nosotros, desde un principio, planteamos que tienen que asegurarse los derechos del territorio, políticos, económicos, culturales y lingüísticos. Cuando hablamos de plurinacionalidad, tiene que ver con una aceptación normativa de los pueblos y naciones que ya existían antes de la conformación del Estado, y que ya tenían sus formas de vida. Esa vida tiene que ser respetada. Esa es una de las principales demandas. Pero también hay otras como, por ejemplo, cambiar este modelo económico, que es extractivista, depredador y que ha hecho un tremendo daño al pueblo chileno en general. Solo se benefician unos pocos y el resto se queda mirando. Y, por supuesto, también buscamos la ampliación de los derechos sociales, que es algo transversal: la educación, la niñez, las pensiones, las mujeres. Queremos que no solo haya un catálogo lindo de derechos, sino que efectivamente se puedan cumplir. Y ahí entramos en un cuestionamiento de los poderes del Estado y en cómo tienen que funcionar. Esa es la discusión que ya tenemos en estos días y por eso no podemos descansar.

—Están dispuestos a hacer un cambio radical del Estado.

—Ese fue el mensaje que Chile dio eligiendo los constituyentes que eligió. Quiere un cambio radical, porque el estallido social de 2019 significó que estamos cansados. Llegamos a un punto donde ya no se pudo aguantar más. El modelo que existía con anterioridad no funcionó y nos llevó a este colapso. Entonces, necesitamos cambios estructurales. Y por eso, la mayoría fueron votos independientes de los partidos políticos y del empresariado.


En el caso mapuche, por ejemplo, hubo partidos de derecha que patrocinaron candidaturas y que no lograron ningún cupo. El mundo mapuche dio un mensaje ahí también, al igual que el pueblo. La verdad es que tenemos mucha más esperanza que la que teníamos días atrás, así que finalmente hay que hacer un cambio y que sea un cambio radical. 


—Más allá de que los resultados sean esperanzadores, ¿cuán posible es llegar a hacer ese cambio radical, teniendo en cuenta que la izquierda y los independientes también son sectores diversos entre sí? ¿Cómo analiza la negociación política que va a tener que darse?

—Yo lo veo con cierto optimismo, porque vamos a estar muy controlados por la ciudadanía, que está muy empoderada sobre las decisiones que se están tomando. Vamos a estar muy mirados. La gente votó por los programas políticos y estos tenían que ver con cambios estructurales. Entonces, ahora, estando ya adentro, no podemos cambiar. Estamos obligados a cumplirle a la gente. Porque, insisto, esto tiene un plebiscito de salida y todos queremos que funcione. Si no, nos vamos a quedar con la misma Constitución que tenemos ahora. Y la gente quiere un cambio. Entonces, más allá de querer o no querer los convencionales cambiar las cosas, están obligados a hacerlo. Y no solamente habrá un control de la ciudadanía, sino también del resto de los constituyentes. Nosotros vamos a estar ahí mirando lo que va a estar pasando. Y si hay alguien que funciona de forma distinta a cómo convenció a la gente para que lo vote, simplemente lo vamos a denunciar. 

—El plebiscito de salida de la Constitución es obligatorio, pero la elección de los convencionales no lo fue y hubo poca participación, incluso en las comunidades originarias, que apenas superó el 22 por ciento. ¿Por qué cree que fue tan grande la abstención?

Hubo una baja participación en una elección como esta, pero fue algo que ocurrió a nivel nacional. Hoy día, estamos en una situación compleja con la pandemia y la gente está preocupada por resolver la cotidianeidad. No hubo respuesta del Estado, por lo que la única posibilidad que tuvimos fue sacar de nuestros ahorros previsionales, que no todos tenían. También faltó información, porque no podíamos llegar a todos los territorios. Yo creo que sintieron que no era importante, porque esto a veces se convierte en algo muy técnico y cuesta que la gente entienda a la primera. No hay educación cívica para que la gente tenga interés en la toma de decisiones. Hay tanta crisis de los partidos políticos que la gente cree que la política es mala, pero, en definitiva, todo lo que hacemos es política.

Chile bandera mapuche la-tinta
Imagen: Agencia UNO

—Además del reglamento interno, también tiene que definirse la presidencia de la Convención. ¿Qué posibilidades hay de que usted la presida?

Hay harto interés de que la presidenta sea una mujer, ya que la presencia de las mujeres, no solo en la sociedad chilena, sino también en el mundo indígena, es muy importante. Hay que evaluar lo que decidan los convencionales, hay que esperar porque todavía queda un poquito más de un mes para comenzar. Si llegara a suceder, hay que asumir la responsabilidad como siempre lo he hecho. Si la gente estima que sea así, estamos por los cambios.

—Aunque exigían una mayor representación, finalmente, 17 fueron los escaños reservados para los distintos pueblos originarios. ¿Cómo son las relaciones entre ustedes? ¿Hay coincidencias sobre los cambios que hay que plantear en la nueva Constitución?

—Hay más coincidencias que diferencias. Pedíamos 24 bancas, pero los 17 escaños reservados para nosotros fue lo último que se resolvió, por lo que tuvimos que correr contra el tiempo para inscribir las candidaturas y hacer campaña. Con los demás pueblos, tuvimos que conversar rápidamente para ver qué camino podríamos emprender para no encontrarnos con dificultades en la Convención misma. Eso es un desafío que tenemos y estamos dispuestos a defender nuestros derechos, que son colectivos y no individuales.

—Uno de sus mensajes de campaña fue “del campo a la ciudad”. ¿Qué representa de la realidad del pueblo mapuche hoy, que además ahora coincide con otros sectores sociales en la Convención Constituyente? 

—Lo planteamos así porque la candidatura es levantada desde el mundo mapuche campesino, pero también logra unificarse con el mundo trabajador de la ciudad. Hay que recordar que hay, al menos, un 60 por ciento de los mapuche que emigraron hacia las ciudades, principalmente a la región metropolitana de Santiago. En mi caso, hice ese recorrido: viví en el campo, con todo lo que significa identificarse con la vida campesina, pero también enfrentarse a la discriminación y a un sinnúmero de cosas, para luego llegar a la ciudad, donde se sigue la misma lógica de discriminación y condiciones laborales muy paupérrimas. Entonces, fui conociendo lo que pasa en el campo y en la ciudad. Y que estemos en la Convención significa que tenemos que tener una visión general sobre todos los pueblos, especialmente los que fueron abandonados y que viven en las comunas más periféricas de las grandes ciudades. Por eso, tenemos que estar cerca de la gente para conocer sus prioridades. En el campo, puede haber una gran demanda sobre los derechos territoriales y del agua, y en las ciudades, derechos a la salud intercultural, a la educación intercultural o a la vivienda, que actualmente no están garantizados.

—Esta Convención Constituyente es resultado de un proceso que comenzó con el estallido social de 2019. ¿Cómo analiza ese proceso? ¿Integró definitivamente al pueblo mapuche con el resto de la sociedad? ¿Le permitió a sus demandas históricas hacerse más visibles? Pienso en la gran cantidad de banderas mapuche que se vieron durante las manifestaciones más numerosas de aquel octubre, luego de que la protesta se iniciara con un hecho puramente urbano, como fue saltar los molinetes del metro por parte de los estudiantes. 

—Nosotros no creemos que el estallido social se haya levantado desde la ciudad misma, sino que fue producto de las diferentes manifestaciones que se vinieron realizando durante mucho tiempo. Además, dentro de lo urbano, los mapuche también trabajan, son estudiantes y no fueron ajenos a este proceso. La palabra “estallido” viene muy bien, porque en definitiva estalló todo lo que se vino acumulando durante mucho tiempo, y ahí el reconocimiento que se da al movimiento mapuche, que resistió siempre.

Chile mapuche movilizacion la-tinta

—¿Qué mensaje podría dar este proceso chileno al resto de la región, pensando en lo que vive actualmente Colombia, que parece tener su propio “estallido social”? ¿Y qué podría significar la participación mapuche y de las demás naciones originarias, teniendo en cuenta que en Argentina hay mapuches, pero también existen muchísimos pueblos indígenas en todo el continente, que en muchos casos son sistemáticamente discriminados o reprimidos por el Estado o las élites sociales?

—Es interesante lo que pasa a nivel regional, porque siempre que hay una demanda de los diferentes movimientos sociales, el Estado responde con represión, y esa no es la solución. En Chile, nos han reprimido muchos años, al pueblo mapuche lo siguen reprimiendo y sigue habiendo personas encarceladas. Pero, ¿es la solución la represión y la criminalización la respuesta que se da desde el Estado? Esa es la pregunta que hay que hacerse. La solución pasa por buscar formas políticas de cambiar las cosas. Pero para eso tenemos que estar de acuerdo, tratar de buscar puntos que nos junten y que no nos separen. Tenemos que reconocer que en la región existen pueblos originarios y que son parte, y que van a seguir siendo parte, les guste o no les guste. Vamos a estar ahí, vamos a incidir. No es que los pueblos originarios tienen que cambiar, es el Estado o la sociedad dominante la que tiene que cambiar. Porque nosotros no nos vamos a ir, vamos a seguir estando. El que llega de afuera se tiene que acomodar a quienes estaban antes. Ese es el mensaje. ¿Quién les dijo que el hecho de ser blancos o diferentes significa ser superior al otro? No puede ser.

Estamos en una etapa de nuestras vidas, a nivel regional, en la que las cosas tienen que cambiar. Yo no le pido al resto que sea mapuche, entonces, no me pida el resto de que yo sea de una forma distinta. Lo que tiene que regir es el respeto, el respeto de que el otro sea distinto. ¿Por qué me tienen que molestar? Existen naciones que son distintas a los Estados que se conformaron y que negaron la existencia de los pueblos originarios que ya existían, y por eso siempre va a existir la reclamación de que nosotros estábamos desde antes. Pero hoy día, se trata de coexistir en un espacio determinado, donde cada uno sea reconocido como sujeto de derechos. Somos personas y seres humanos que estamos aquí, tenemos nuestras formas y nuestras prioridades distintas. Somos pueblos que tenemos una forma distinta de ver la naturaleza, no como algo que hay que explotar, sobreexplotar y que beneficia a unos pocos. ¿A quién no le gustaría que las cosas pudieran cambiar?

Este cambio constitucional existe porque el pueblo se lo ganó. Nadie se lo regaló. El pueblo obligó a quienes tienen representación parlamentaria a que llegaran a un acuerdo. Y la gente espera que esto cambie, porque, si no, en cinco años, vamos a estar con un estallido social de nuevo.

Reforma constitucional en Chile: la historia de la “Tía Pikachu”, de fenómeno viral a candidata

*Nota publicada originalmente en La Nación.

Una travesura infantil, un tropiezo en plena calle y el poder de las redes sociales podrían llevar a Pikachua participar en la próxima reforma de la Constitución en Chile. La frase parece inverosímil, pero esa mezcla de ingredientes tan distintos son los que hicieron popular a la “Tía Pikachu”, el seudónimo con el que se hizo conocida Giovanna Grandón, una transportista escolar de 44 años, que el próximo fin de semana competirá como candidata independiente para la Convención Constituyente del vecino país.

La “Tía Pikachu” se volvió viral el 25 de octubre de 2019 cuando salió a manifestarse con un disfraz inflable del conocido personaje de Pokémon, en pleno estallido social que siguió a las protestas por el aumento del transporte público. Durante la marcha comenzó a saltar al ritmo de “¡baila Pikachu!” que coreaban a su alrededor, hasta que en un momento tropezó con el cordón de la vereda y se cayó. La escena quedó capturada en varios celulares y no tardó en desperdigarse por las redes. En Twitter ese primer video ya tiene 1.2 millones de vistas, y en YouTube, casi 205.000. Se volvió famosa de la noche a la mañana y un emblema de la protesta social en el mundo: hasta en protestas en Francia usaron el mismo disfraz para llamar la atención pública.

El apoyo social que cosechó, así como el descontento hacia los partidos políticos tradicionales y la grave crisis económica-social que Chile vive desde antes de la pandemia, convencieron a Grandón de participar en la redacción de una Constitución, que reemplazará a la que rige actualmente, escrita en 1980, durante la dictadura de Augusto Pinochet. Y lejos de las críticas que recibe por representar un dibujo animado, la Tía Pikachu sabe muy bien cuáles serían sus prioridades en caso de ingresar a la Convención: “Beneficios para todos en salud, educación, pensiones, servicios, alimentos y minerales. Queremos que todo sea para el Estado y en beneficio de la gente”, enumera, hacia el final de la campaña, en diálogo con LA NACION vía Zoom.

De una travesura a un símbolo

La historia de la “Tía Pikachu” comenzó en septiembre de 2019 con una picardía infantil, cuando su hijo de 7 años tomó el celular de su padre y comenzó a comprar sin límites en la plataforma de ventas online china AliExpress. Un gorro, un micrófono, el disfraz de Pikachu… En total gastó casi 600.000 pesos chilenos, unos 800 dólares. Los productos llegaron en octubre, y ella los vendió a todos, menos el traje, que lo guardó para festejar el Halloween que se avecinaba.

Pero la Noche de Brujas quedó desdibujada cuando estallaron las protestas por el aumento del transporte público y se convocó a una masiva movilización para el 25 de ese mes contra el gobierno de Sebastián Piñera. Grandón y su marido decidieron participar con un grupo de amigos y familiares, y ella llevó el disfraz. “Estaba saliendo de casa sin nada, pensando que en la manifestación podía comprar algo para meter bulla, porque mi sartén ya estaba destrozada –recuerda, sobre los cacerolazos característicos de esa época-. En eso me acordé del traje y volví a buscarlo. Lo tenía escondido debajo de la cama para que mis hijos no lo sacaran”.

Giovanna Grandón se postuló para la Convención Constituyente
Giovanna Grandón se postula para la Convención Constituyente. Foto: Prensa

Lo que siguió fue el tropezón y sus repercusiones. Grandón lo cuenta así: “En la marcha varios tocaban instrumentos, así que empezaron a cantar «baila Pikachu» y yo, a bailar. Di una vuelta y caí, apenas pocos minutos después de habérmelo puesto. Es que la única parte que yo veo es la boca, que tendrá unos 20 centímetros de diámetro. Pero la gente se reía y eran puras carcajadas, así que, cuando me caí, me paré y seguí bailando”.

La mujer ganó protagonismo en la marcha más masiva de la historia chilena: un millón de personas ocuparon las inmediaciones de la Plaza Italia, hoy también conocida como Plaza Dignidad. Y cuando llegó a la noche a su casa, su hija mayor le dio identidad en las redes. Publicó en su Instagram que su mamá era la “Tía Pikachu” y los seguidores fueron tantos que le abrió una cuenta propia. Un amigo le hizo el logo. La cuenta oficial ya supera los 145.000 seguidores.

De “tía” a candidata

“Tía” le dicen en Chile a las maestras jardineras. Grandón lo fue durante 15 años, y luego le siguieron siete como transportista escolar. Pero por la pandemia y la pausa de la presencialidad de las clases, tuvo que reinventarse: ahora se dedica a vender y repartir productos como frutas, quesos, huevos y miel. Nunca antes le había interesado la política. No tiene estudios universitarios. Y cuenta que de jóvenes, con su marido, trabajaban “de lunes a lunes, de las 5 de la mañana hasta las diez de la noche, para poder comprar una casa”, que aún está pagando. La pareja tiene cuatro hijos –Michelle, de 26 años; Jorgito, 20; Lucas, 10, y Diego, 8- y dos nietos, de 8 años y 9 meses.

Antes de saltar a la fama como “Tía Pikachu”, Grandón tenía otros planes junto a su familia. Se iban a ir a vivir a Piriápolis, Uruguay, buscando otros rumbos. Incluso estaban por vender su casa. El estallido social no solo cambió la historia de Chile, sino también la suya: “Le dije a mi marido: ‘Será de Dios, tendremos que quedarnos a luchar’. Porque para nosotros es una lucha, y nos gasean y tenemos que soportar los golpes de los pacos [como algunos denominan a los policías en Chile]. Pero seguí yendo a todas las manifestaciones porque no les tengo miedo”.

Grandón fue arrestada, denunciada penalmente, repelida por camiones hidrantes y hasta recibió un perdigón en un pie. Ya ocupó siete disfraces de Pikachu, porque los químicos que tiene el agua del camión hidrante deterioran la tela con la que está confeccionado. Sus seguidores le regalaron dos de esos trajes, y ella consiguió máscaras antigás para la manifestaciones. Su popularidad hizo que la invitasen a distintas marchas en diferentes puntos de país, por lo que llegó con su disfraz hasta bien al sur de Chile, como, Chiloé, a 1231 kilómetros de Santiago. También empezó a colaborar en ollas populares y eso le permitió relacionarse con más personas, entre ellas, sus potenciales votantes.

“Comenzaron a preguntarme qué pasaba con el tema de la Constitución. Me decían que podía ser constituyente, que salí del estallido social, que ayudaba en las ollas comunes –apunta Grandón-. Pero yo no quería porque no tenía estudios universitarios y pensaba que, como no sabía nada de leyes, no podía participar”. Finalmente, habilitaron para las elecciones a candidatos independientes extrapartidarios, Entonces ella se decidió y formó junto a un grupo de compañeros de las marchas la llamada Lista del Pueblo. Logró juntar 4300 patrocinios para ser candidata por el distrito 12 de Santiago, donde se encuentran tres de los barrios más humildes de la capital chilena. Y ahí empezó la campaña.La historia de la “Tía Pikachu”, de fenómeno viral a candidata – Fuente: YouTube

“Mi campaña es pobre. Tenemos impresora propia para imprimir nuestros flyers, y voy yo misma a volantear”, cuenta Grandón, que en algunos videos en YouTube se muestra haciendo campaña en las calles y el metro de Santiago disfrazada de Pikachu. En algunas de sus fotos se la ve con el traje hasta la cintura y la banda presidencial de Chile cruzando su pecho. La creatividad es la norma, ante los pocos recursos económicos con los que cuenta. “Yo recibí aportes de 200.000 pesos (unos 285 dólares), más lo que me prestó el Servel (el Servicio Electoral de Chile): 250.000 pesos (U$S 356), que tengo que devolver después de las elecciones”, dice, y critica a los candidatos partidarios: “Pusieron muchas limitaciones para nosotros, los 100% independientes. La derecha puso al frente de las candidaturas a gente muy conocida y querida, como actores y cantantes, que van a arrastrar en las listas a todos los políticos corruptos de siempre”.

«Me decían que podía ser constituyente. Pero yo no quería porque no tenía estudios universitarios y pensaba que, como no sabía nada de leyes, no podía participar»

¿Qué hará si logra entrar a la Convención? Grandón afirma que parte del sueldo de más de 3000 dólares que recibiría lo va a destinar a “una plataforma a nivel nacional donde la gente pueda poner sus necesidades y qué cosas tenemos que cambiar de la Constitución”. Pero las reglas internas de la Convención también tienen sus laberintos, porque toda propuesta debe ser aprobada con un quórum de 2/3 de los miembros, y en las elecciones de constituyentes el oficialismo va unificado y la izquierda repartida en distintas listas.

Pero Grandón tiene esperanzas: “Si la gente entiende que tenemos que salir constituyentes los que sean realmente independientes, podemos hacer los cambios. Nosotros estamos alineados con las cosas que necesita nuestra gente; en cambio, los partidos políticos siempre van a tratar de resguardar ese privilegio que tienen las grandes empresas y los robos millonarios que hacen. Hay que cambiar a todos y sacar caras nuevas, verdaderos representantes del pueblo”, expresa la Tía Pikachu. Un fenómeno viral que nació casi de casualidad en pleno estallido social, pero que tiene presente las banderas que se levantaron en octubre de 2019: “Esa es la pelea. Que la gente que salió a manifestarte, que ha muerto, que ha perdido los ojos, no quede en vano”.

Colombia en su hora más oscura

*Nota publicada originalmente en el sitio La Tinta.

“Nos están matando”. La frase de David Escobar, de 37 años, resume la dramática situación que se está viviendo en Colombia ante la brutal represión del gobierno de Iván Duque como respuesta a las manifestaciones que comenzaron el 28 de abril. “A mí, los del ESMAD (Escuadrón Móvil Antidisturbios) me dispararon con una escopeta, impactándome en el tórax -agrega Escobar, periodista de la ciudad de Cali, con quien La tinta se comunicó por WhatsApp este fin de semana-. No me pasó nada grave, porque tengo elementos de protección personal blindados”.

Mientas relataba su caso a este medio, Escobar atendía una solicitud de una brigada de salud autogestionada en Cali para comprar insumos médicos y atender a manifestantes heridos. También estaba en comunicación con dos amigos suyos de la Red de Derechos Humanos Francisco Isaías Cifuentes, que habían sido “atacados con objetos contundentes y mordidos por perros de la fuerza pública”. La noche anterior, a unas 10 cuadras de su casa, hubo un “ataque sicarial” desde una camioneta contra 10 personas de una brigada médica. Él mismo había participado esa tarde en el funeral de dos jóvenes asesinados en Siloé, al oeste de Cali, en la misma zona donde, a principios de mes, balearon a Nicolás Guerrero, de 22 años, mientras estaba en una vigilia en honor a las primeras víctimas de la represión, que se transmitió en vivo por Instagram con casi 200.000 espectadores.

El testimonio de Escobar se repite en innumerables casos en toda Colombia, ya recorrieron las redes sociales y el mundo entero. Amnistía Internacional (AI) y la Organización de Naciones Unidas (ONU) llamaron a garantizar el derecho a la protesta y alertaron sobre denuncias de desapariciones y violaciones a los derechos humanos. En la iniciativa Banco de Memoria, que documenta videos y audios de víctimas de los ataques policiales en Cali -y a los que accedió La tinta-, se pueden observar innumerables situaciones de miembros de las fuerzas disparando armas de fuego, manifestantes denunciando a agentes de civil o relatos de testigos “que fueron maltratados y a los que les robaron sus pertenencias”. Las imágenes fueron modificadas en blanco y negro, y muchas voces distorsionadas para evitar ser reconocidas por temor a represalias.

En los últimos 11 días, la violencia policial dejó cifras alarmantes: 39 muertos, 278 heridos, 963 detenciones arbitrarias, 111 casos de disparo de armas de fuego, 12 casos de violencia sexual y más de 500 denuncias de desapariciones, según un comunicado de ayer de las organizaciones de derechos humanos Temblores ONG y el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz.

Ya se cuentan más víctimas fatales de las que hubo, por ejemplo, en las protestas que siguieron al asesinato de George Floyd, en Estados Unidos, o en el estallido social de Chile. Hoy, América se desangra en Colombia.

Una sociedad movilizada

La primera víctima fatal en manos de la policía fue Marcelo Agredo, un joven de Cali de apenas 17 años, que salió a protestar en el paro nacional del 28 de abril. En medio de la manifestación, Agredo pateó a un policía que estaba arriba de una moto y salió corriendo. Al instante, el agente abrió fuego y le impactó en la espalda. Todo quedó grabado en las cámaras de seguridad de la calle y las imágenes no tardaron en llegar a Twitter.

“El Estado está saliendo a disparar”, analiza sobre la actual situación Sebastián Lalinde Ordóñez, abogado e investigador del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad (Dejusticia), y autor del libro Elogio a la bulla: protesta y democracia en Colombia. Y continúa: “La policía no puede usar armas de fuego y han salido a matar y a disparar. La violencia está fuera de control y, si uno compara al Estado con una guerrilla o una banda de delincuentes bien organizados, la diferencia es ninguna”.

Un Estado violento

La violencia estatal no es una novedad en Colombia, país históricamente atravesado por diversos conflictos entre el gobierno y las guerrillas, como las FARC, donde también jugaron un papel central los grupos paramilitares. Según un informe de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), publicado en febrero pasado, las fuerzas militares de Colombia mataron al menos a 6.402 civiles entre 2002 y 2008, y los presentaron como “bajas en combate”.

El drama de los “falsos positivos” tuvo lugar principalmente durante la gestión de Álvaro Uribe Vélez, mentor del actual presidente Duque, y quien el 30 de abril fue denunciado por Twitter por “glorificación de la violencia”, cuando defendió el uso de armas letales por parte de las fuerzas de seguridad. Aunque la realidad demostraba lo contrario, durante esta semana, Uribe declaró ante las pantallas de la CNN en Español y de TN frases como: “En Colombia, no hay violencia institucional”.

El gobierno de Duque señaló como únicos culpables de la violencia generalizada a “grupos vandálicos”, algo que ni Escobar ni Lalinde negaron a La tinta que existan, pero no en la dimensión de ser los únicos responsables de la dramática situación que vive el país. Las movilizaciones en su mayoría son pacíficas y ha quedado registrado que muchas fueron repelidas no solo por la policía, sino también por grupos de civiles armados por su cuenta, para “defender la institucionalidad” -como otrora los paramilitares-. Incluso, se han descubierto infiltrados en las protestas para generar disturbios.

“La violencia y represión estatal que estamos viendo siempre han ocurrido. Solo que ahora son más visibles, porque las protestas ahora son mucho más grandes que antes. En Colombia, la policía cree que los ciudadanos son enemigos”, expresa el abogado Lalinde, que en su investigación Elogio a la bulla… identificó cuatro factores que desincentivan el reclamo popular: una regulación normativa muy estricta, un fuerte control policial que ataca a los sectores más pobres, un sistema judicial que busca asustar a los manifestantes abriendo causas que después no continúa y un sistema mediático que solo registra las protestas en las que hay violencia.

Ante dicha situación estructural, y en el comienzo de una semana marcada por un llamado oficial al diálogo repartido entre distintos actores, pero que todavía no prosperó, ¿cómo podría encarrilarse la situación que ya dejó decenas de muertos y cientos de heridos?

“Una manera en que podrían aplacarse los ánimos de la gente sería que el gobierne reforme la policía”, aventura el abogado, que encuentra las bases de la desmesura de la fuerza en que es un cuerpo de configuración militar, donde los miembros poseen jerarquías similares a las castrenses, a que los agentes deben cumplir con “cuotas de requiso” diarias y cuyo órgano de control es una justicia militar penal donde reina la impunidad. “La policía es la única salida que tiene Duque -reflexiona finalmente Lalinde-, por eso, es algo muy difícil que la modifique”.

Escobar coincide en un panorama incierto, desconfía totalmente del llamado al diálogo del gobierno y pondera la resistencia popular. “Creer que el Estado vaya a aflojar a través de una negociación es bastante ingenuo -expresa desde Cali, epicentro de la resistencia social-. Yo veo a la gente muy parada en la calle y el gobierno seguro no contaba con una explosión de este tamaño. Seguro que en estos días hubo desgaste, pero si le preguntas a la gente que está en este momento en cualquiera de los puntos callejeros, te va a responder que está dispuesta a pasar la noche allí”.

Foto de portada: Paola Mafla -AFP

«Cada individuo tiene su historia de drama en esta movilidad y desplazamiento territorial»

Hay una línea donde Latinoamérica termina. O comienza, dependiendo desde dónde se mire. Esa línea final de la región es la frontera entre México y Estados Unidos, unos 3.200 kilómetros de extensión bien blindados y geográficamente marcados en gran parte por el Río Bravo.
La frontera Norte de México es el último obstáculo de miles de personas migrantes -adultxs, niñxs, familias enteras-, que constantemente intentan pasar a Estados Unidos en busca de un destino diferente para sus vidas, que comenzaron en Centroamérica, el Caribe o incluso en África o Asia.
Solo para dar un poco de contexto actual, a mediados de enero ya se frustró la primera caravana de unas 5000 personas, que partió desde Honduras y apenas pudo llegar a Guatemala, ya que las fuerzas de seguridad de este país, en acuerdo con México y EEUU, les cerraron el paso. Y en esta semana de marzo, la Casa Blanca pidió ayuda a la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) ante la cantidad de niñxs sin acompañantes que cruzaron la frontera: al 8 de marzo, un récord de 3.200 menores se encontraban detenidos en instalaciones migratorias norteamericanas. Solo en enero pasado, 5.871 niñxs no acompañados cruzaron la frontera: casi 20% más que en diciembre de 2020.
La salida de Trump de la Casa Blanca y las primeras medidas de Biden renovaron las esperanzas de lxs migrantes, pero lejos está EEUU de abrir sus puertas de par en par. Eso lo sabe muy bien Rodolfo Cruz Piñeiro, doctor en sociología y director del Departamento de Estudios de Población del Colegio de la Frontera Norte, situado en Tijuana, México, que esta entrevista realizada vía Zoom explica los detalles del fenómeno migratorio hacia EEUU y contempla las distintas aristas políticas, económicas e históricas, muchas veces cargadas de discriminación, violencia y dolor, del recorrido de lxs migrantes.

Rodolfo Cruz Piñeiro, durante la conversación vía Zoom

Usted reside en Tijuana. ¿Cómo es vivir en la frontera con EE.UU.?
La frontera Norte es una frontera muy dinámica y muy extensa. Tiene muchas ciudades grandes, ya que alrededor de once o doce ciudades pegadas a la línea fronteriza tienen más de 100 mil habitantes. Particularmente, Tijuana y Ciudad Juárez son las de mayor magnitud. Además, muchas personas que viven en la frontera tienen la ciudadanía estadounidense pero residen del lado mexicano, y cruzan cotidianamente. 
Hablando particularmente de los migrantes, muchos son centroamericanos, principalmente de Honduras, El Salvador y Guatemala. Pero también ya venimos de dos o tres años con la llegada de personas de otras latitudes del Caribe, como haitianos y cubanos, también de venezolanos. Pero además han llegado grupos extracontinentales, de África y Asia, quizás no tan numerosos pero sí muy visibles. Muchos de ellos provienen de países con los cuales no hay un acuerdo diplomático o que no cuentan con un consulado o embajada, entonces para el gobierno mexicano son básicamente indeportables.

¿De qué manera afectó la pandemia al tránsito fronterizo? 
Este momento tan particular ha impactado en la movilidad de las personas, incluso de los bienes y servicios. Desde el 21 de marzo de 2020 se aplicaron restricciones de ambos gobiernos en la frontera Norte, restringiendo el cruce solamente para trabajadores esenciales. Los comercios por parte de ambos lados han sido impactados, y más porque muchos consumidores estaban del lado mexicano y ya no cruzan, y viceversa. 

¿Para los migrantes ilegales, la frontera Norte se volvió más un dique de contención que un lugar paso? 
La frontera Norte desde el ‘93 empezó un proceso de sellamiento. Hubo un incremento en la inversión en cuanto a seguridad y contención por parte del gobierno estadounidense. No solo fue la barda, también aumentó el número de agentes de la patrulla fronteriza y la inversión en tecnología para vigilarla. Entonces, cruzar la frontera de manera irregular es cada vez más difícil. Y si lo haces con grupos que se dedican a ello, es costoso y peligroso.

¿Qué hacen o qué han hecho las personas que llegan al Norte y no pueden pasar? ¿Se mantienen en refugios o en campamentos de migrantes?
Cuando se dio lo de la primera caravana, que fue masivo, tuvieron que hacer refugios para hacerse cargo de ellos. Un lugar donde pudiesen dormir y alimentarse. Pero eso fue solo por una temporada. Actualmente hay refugios en Juárez y Tijuana, y lo que se puede llamar un campamento en Matamoros. Las demás personas han llegado a casas de migrantes, que ya tienen muchos años organizados por la sociedad civil, mientras otras pocas nuevas son asistidas por el Estado.
Estos refugios primeros estaban llenos de mexicanos que esperaban a pasar, luego por los deportados, y ahora por centroamericanos y también deportados. 

¿La espera es en vano?
Los mexicanos deportados que están ahí es porque sus familias se quedaron del otro lado. Se quedan a la espera de poder cruzar, sin embargo cada vez es más difícil cruzar. Los centroamericanos también están ahí esperando obtener una cita para solicitar asilo en EE.UU. La cosa es que ese proceso se les ha venido abajo. Se volvió muy lento y burocrático, y con muy poca atención. Entonces, muchos de ellos empiezan a insertarse en la sociedad, buscan algunos cuartos para residir y buscar trabajo o se generan su propio trabajo. Por ejemplo, todo este grupo de haitianos migrantes que mencioné se puede ver cuando tu sales a la calle: hay una cantidad innumerable de personas haitianas vendiendo en los semáforos cualquier cosa, en las maquiladores o en la construcción.

Apenas asumió en la Casa Blanca, Biden tomó medidas migratorias, envió varias señales en favor de los migrantes. ¿Se avecina un ciclo de mayor apertura con respecto a Trump?
Es un problema complejo. Biden ya había prometido ciertos cambios desde que estaba en la campaña. Su equipo habla de una reforma migratoria, pero eso va a tardar y se va a enfrentar a muchos obstáculos en el Congreso. 

Pero sí firmó órdenes ejecutivas sobre los migrantes. ¿Cómo las analiza?
En ese sentido, inició muy bien porque lo primero que hace es detener la construcción del muro. Para el gobierno mexicano se ve como un buen acto, pero sobre todo porque le estaban destinando mucho dinero a algo totalmente inservible. Era todo una forma de campaña, ya que desde sus inicios nunca tuvo realmente impacto, sino más bien algo para los seguidores de Trump.
Por otro lado, Biden refuerza el programa de los llamados “Dreamers”, que llegaron muy pequeños y que estaban indocumentados. Ya no tienen problemas de ser deportados, lo que es un buen aliciente para esperar la reforma migratoria, que va a generar caminos hacia la regularización o la ciudadanía para los 11 millones de indocumentados que residen en EE.UU., de los cuales no todos son latinoamericanos. 
Otra orden que firmó fue la suspensión por cien días de las deportaciones en general, a excepción de ciertos grupos como los que estaban recluidos en cárceles. Y también ha enviado comisiones especiales a la frontera con México y con Canadá para armar un plan fronterizo para ver cómo pueden ser los cruces por tierra.

¿Pueden tener esperanzas los migrantes, entonces?
Todas esas son muy buenas señales de que podría venir un cambio importante. Se vislumbra hasta el momento una posición con un giro de 180 grados a lo que era la política migratoria de Trump. Biden envía señales muy positivas, sin embargo, hay que tener calma porque eso sigue todo un proceso que no es fácil, corto ni sencillo, además de que está lleno de obstáculos. Creo que necesita tres cuartas partes del Senado para una reforma migratoria, y no solamente en el Partido Republicano hay obstáculos, también en el Demócrata. Tiene un trabajo arduo por un buen rato.

Biden envía señales muy positivas para los migrantes. Sin embargo, hay que tener calma porque eso sigue todo un proceso que no es fácil, corto ni sencillo, además de que está lleno de obstáculos

Rodolfo Cruz Piñeiro

Biden prometió un plan de ayuda de 4 mil millones de dólares a los países Centroamericanos. ¿Allí está el foco de la migración, pensando en que es el lugar donde nacen las caravanas que intentan llegar a EE.UU., lo que se repitió a inicios de año?
Lo más complejo del panorama de la migración está en esta región de Centroamérica. La última caravana que salió de San Pedro Sula, Honduras, fue contenida en Guatemala y no pudieron arribar a la frontera con México, como pasó hace dos años. Ahí me parece que hay un acuerdo, que no sale a la luz pública, entre estos países, en el sentido de que hay una fuerte contención de Guatemala y de México. 

Es decir que no solo EE.UU. cambió la política migratoria, sino también México.
Efectivamente hubo un cambio en la política migratoria de Andrés Manuel López Obrador, que en un inicio decidió tener las puertas abiertas, que vengan todos, y a los tres meses tuvo que dar un giro bastante radical y mandar la Guardia Nacional para detener las caravanas.

De hecho, durante la era Trump, México ha llegado a tener más deportados que EE.UU.
Efectivamente, hay una presión por parte de EE.UU. en la cual trata de aplicar un tipo de aranceles al comercio mexicano. Entonces, el gobierno mexicano decide apoyar mandando la guardia nacional a la frontera Sur. Y es precisamente en 2019 cuando realmente rebasa el número de deportados por parte de las autoridades mexicanas, superior a la de EE.UU. Se vuelca mayor número de agentes, detienen a más y son más los deportados, que finalmente no alcanzan a llegar a la frontera con EE.UU.

¿Se quebró un poco la cultura mexicana histórica de ser un lugar con las puertas abiertas al mundo entero? Pienso en los asilados durante las dictaduras sudamericanas en los setenta, o en casos emblemáticos: desde Trotsky hasta Julian Assenge, pedido finalmente rechazado. 
Eso se espera que vuelva a ser de esa manera. Sin embargo, en 2018 el gobierno de Trump no supo cómo manejar esta situación de que llegaran masivamente estos migrantes centroamericanos y eso impactó en México. El gobierno se vio muy presionado. Esto no quiere decir que todos los mexicanos reciban con los brazos abiertos a los extranjeros. De hecho, en la caravana de 2018 hubo manifestaciones con mucha xenofobia por parte de ciertos sectores, inclusive aquí en Tijuana, que es una ciudad formada por inmigrantes. Yo creo que va a seguir habiendo migrantes, en todas las sociedades existe. En general, sí creo que haya una tendencia de regresar a ser una cultura de refugio. Yo esperaría que la militarización que existe en la frontera Sur de México bajara ese tenor y que hubiera mayores recursos para la atención de todos estos migrantes.

¿Qué pasó en la dinámica migratoria, que en los últimos años comenzaron a ser visibles las caravanas? 
Las caravanas fueron una nueva estrategia para hacerlo en grupo masivo, pero en general el movimiento de los migrantes era individual, clandestino, tratando de no hacerse ver por las autoridades ni las bandas que abusaban de ellos. 
Esto no quiere decir que no haya centroamericanos transitando actualmente por territorio mexicano. Sí los hay, y en pequeños grupos, no en forma de la caravana.
Sin embargo, este proceso de tránsito de centroamericanos por territorio mexicano para llegar a territorio estadounidense tiene muchos años. No inicia con las caravanas. Es un proceso largo, que siempre se había dado. Ha tenido sus picos y bajadas. En 2014 se da todo lo de los menores y niños, por ejemplo, pero es un proceso que continúa, que está ahí, y que si no se sientan los gobiernos a poner un orden a estos flujos migratorios va a ser muy difícil contenerlos. 

Cambió la estrategia de los migrantes pero no el fin: llegar a EE.UU.
Las personas que entran a territorio mexicano en un primer momento tienen como objetivo llegar a EE.UU., ingresar y empezar a trabajar, como sea, de manera ilegal o indocumentada. Sin embargo, es muy largo el trayecto por México, de la frontera Sur a la Norte. Entonces sucede que muchos centroamericanos se van quedando en el trayecto, en pueblos o ciudades, porque se les agotan sus recursos y necesitan trabajar. Y muchos a la larga tienden a quedarse definitivamente en territorio mexicano.
Desde la caravana del 2018, México experimentó una nueva faceta en la cual se incrementó mucho el número de solicitantes de refugio porque al momento que ellos pedían eso, les permitían moverse por territorio mexicano. Lo que pasa es que a la larga también van perdiendo esa energía que traían para llegar hasta la frontera Norte y se quedan en México, de manera regular o irregular. ¿Cuántos son? No lo sabemos. Solo sabemos de aquellos que están solicitando refugio. 

En la frontera Norte existe un muro y una barrera muy importante en la cual no se permite la libre movilidad de las personas. Ahí es cuando sientes algo por dentro que no está bien en la sociedad

Rodolfo Cruz Piñeiro

¿Por qué es tan difícil resolver la situación de los migrantes? 
Las dos razones principales en Centroamérica son la pobreza extrema y, ahora, un recrudecimiento muy fuerte de la violencia y la inseguridad. Mientras no puedan disminuir estos problemas, difícilmente van a contener a las personas. Más aún cuando se generan este tipo de expectativas; por ejemplo, cuando dicen que va a haber una reforma migratoria en la cual a todos se les va a poder dar la ciudadanía estadounidense. Bueno, eso para ellos es gancho y vuelven a intentar. No escuchan el resto: de que solamente van a poder aplicar los que estaban hasta antes de este año. Los que ya residen, no los que vayan llegando; ni siquiera los que permanecen en el programa “Quédate en México”.

El programa “Quédate en México” obligó a los migrantes a permanecer allí y no poder pasar a EE.UU. ¿Continúa en pie?
En el programa “Quédate en México”, que los obligó a quedarse como tercer país seguro, se habla de alrededor de 60 o 65 mil personas, entre hondureños, haitianos y demás, que permanecen del lado mexicano en distintas ciudades. 
Este es un programa que nunca fue reconocido por el gobierno mexicano, pero que de facto lo aplica. En EE.UU. se llama Protocolo de Protección de Migrantes y fue una medida porque no tenía capacidad de contener a esas personas de su lado, y a la larga la intención era desmantelar el sistema de asilo para ya no recibir más personas del extranjero. Pero fue suspendido por Biden, ya no se registra nadie más. Sin embargo, aquellos que están del lado mexicano no pueden pasar todavía del lado estadounidense.

Entiendo que varios componentes complican la situación de los migrantes: hay una restricción en la frontera Sur de México para las caravanas, hay quienes fueron destinados al programa “Quédate en México”, y finalmente está cerrada la frontera en el Norte. ¿Cómo sobreviven las personas a ese drama que es la migración, con tanta incertidumbre y tantos peligros? 
Cada individuo tiene su historia de drama en esta movilidad y desplazamiento territorial. Sin duda son personas vulnerables, muy necesitadas y que viven complicaciones tan graves o dramáticas que rayan el riesgo de la integridad física o perder la vida en cualquier momento. Esa es la gravedad mayor. Y ahora más. Si en los 90 o al principio de los 2000 veíamos una gran cantidad de hombres jóvenes cruzando, después de las caravanas estamos viendo familias enteras, una gran cantidad de niños viajando en estos grupos de migrantes. Y ellos son triplemente vulnerables. Entonces, cada familia, cada individuo que se está desplazado por territorio mexicano es un drama, totalmente.

¿Podríamos pensar en algún “significado latinoamericano” de la frontera Norte, teniendo en cuenta que es la división política entre EE.UU. y la región? ¿Se percibe distinta, una cosa es del lado mexicano o latinoamericano, y otra del lado norteamericano?
Sin dudas es la frontera de Latinoamérica con EE.UU. Es la frontera de un país poderoso económicamente, desarrollado, con el subdesarrollo de América Latina. Y yo creo que sí varían las percepciones. Las fronteras son muy heterogéneas, son muy diversas, aunque sí hay un tenor: existe un muro y una barrera muy importante en la cual no se permite la libre movilidad de las personas. Eso es muy significativo. Para mí, lo de los muros ya quedarían en el pasado, sin embargo yo lo veo todos los días. Es muy visible. Y ahí es cuando sientes algo por dentro que no está bien en la sociedad, en países que supuestamente deberían tener acuerdos por esta convivencia de toda la vida. Sin embargo, son incapaces sus gobiernos de ponerse de acuerdo para tener una armonía en este cruce. No se da, y difícilmente se va a dar, sobre todo por estas disparidades económicas y los niveles de desarrollo de seguridad y de política que pueden tener los propios países.

Haití

El 7 de febrero, el ahora dictador Jovenel Moïse decidió que todavía no se había cumplido su quinquenio presidencial en Haití, que le faltaban 365 días más de gobierno.
Desde entonces, se suceden las protestas callejeras y la represión oficial ya causó varios muertos. Durante la primera semana de la crisis, la heterogénea oposición nombró por consenso a Joseph Mécène Jean Louis, juez de la Corte de Casación, como “presidente de transición” sin poder real. Pero Moïse, en vez de llamar al diálogo, respondió echando más leña al fuego: denunció un golpe de Estado en su contra, consiguió el apoyo de la comunidad internacional y de las fuerzas armadas, jubiló ilegalmente al magistrado Jean Louis, y ratificó un maratónico calendario para cambiar la Constitución a partir de un referéndum aprobatorio.
La postura intransigente de Moïse de no dejar el poder se basa en una manera particular de interpretar la Constitución local, que establece claramente que los mandatos comienzan en la fecha de celebración de las elecciones, no en el momento formal de la asunción del mandato. 
El origen del conflicto se remonta entonces a las elecciones de octubre de 2015. Anuladas por fraude, una ola de protestas obligó a nombrar un presidente provisional hasta que, tras nuevas elecciones en 2016 –y también denunciadas de fraudulentas–, Moïse asumió finalmente el cargo en 2017. Había cosechado apenas 590 mil votos de un padrón de más de 6 millones de electores.
Pero acaso la figura de Moïse y su flamante régimen autoritario representan el capítulo más reciente de una histórica crisis que atraviesa a Haití desde sus orígenes, con las principales potencias como actores protagónicos, y los países latinoamericanos dando la espalda sistemáticamente.

¿Cuándo se jodió Haití?

“Para entender el huevo de la serpiente hay que saber que a Haití nadie le quería reconocer la independencia”, apunta Juan Francisco Martínez Peria –Doctor en Historia (Universidad Pompeu Fabra), especialista en el Caribe y autor del libro “¡Libertad o Muerte! Historia de la Revolución Haitiana”–, que sitúa la raíz de la crisis actual más de doscientos años atrás. 
En 1804, Haití fue el primer país de América Latina en independizarse y la única revolución de esclavizados que triunfó en la Historia: derrotaron a España, Inglaterra y Francia juntos, los imperios más importante de la época. Pero aquella rebelión perfecta desató, a su vez, una tormenta perfecta sobre el destino de este país antillano situado al occidente de la isla La Española, que comparte con República Dominicana. 
“Haití y su revolución siempre fueron olvidados. Constantemente se presenta al país en términos negativos y su independencia es negada, actitud que tiene que ver con el racismo imperante en esa época y de hoy en día. Haití está sufriendo un castigo permanente por haber hecho la revolución que hizo. Nunca se lo perdonaron”, plantea Martínez Peria: “La revolución generó un impacto muy grande en el mundo atlántico, mucho miedo a las élites blancas y criollas, y muchas esperanzas en los sectores populares, esclavizados, y afrodescendientes en América Latina, el Caribe y Estados Unidos”. 
Por eso, las potencias reaccionaron rápido a su independencia y Francia intentó recolonizar, en vano, la isla. En 1825, Haití sufrió un golpe muy duro, cuando Francia dio el brazo a torcer a cambio del pago de una cuantiosa indemnización seguida de amenaza militar. La imposibilidad de pagar esa deuda obligó al país a tomar un empréstito con su propio verdugo, contrayendo así una suerte de doble deuda externa. Esa dependencia económica fue seguida de profundas crisis políticas internas, que marcaron el pulso de un inestable siglo XIX. El saldo fue la intervención de Estados Unidos, entre 1915 y 1934, en nombre de una ansiada “libertad a la norteamericana”, que la Casa Blanca ya pregonaba extendiendo sus tentáculos a Cuba, Puerto Rico y República Dominicana.

Frontera imperial

Haití y el Caribe siempre fueron fichas de intercambio en el tablero internacional, donde las potencias echaron mano según sus intereses. Su importancia radica en su ubicación geográfica, puerta de entrada a América Latina y paso obligado de una parte importante del comercio mundial hacia el Pacifico a través del Canal de Panamá.
“El Caribe siempre fue un lugar muy importante geopolíticamente –subraya Martínez Peria–. Ahí comenzó la conquista y desde siempre hubo una disputa entre todas las potencias. Sobre el siglo XVIII fue un enclave importante para el azúcar, considerado el oro blanco, y desde entonces todas las rutas comerciales pasaron por ahí. No es un paraíso como lo vende el turismo, sino un lugar de enormes tragedias construido a base de sangre, colonialismo y genocidios”.
Lejos de las postales de los cruceros, la región es una “frontera imperial”, como la definió el ex presidente e intelectual dominicano Juan Bosh en su libro “De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial”, que en sus primeras líneas afirma: “El Caribe está entre los lugares de la Tierra que han sido destinados por su posición geográfica y su naturaleza privilegiada para ser fronteras de dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto de la codicia de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la violencia desatada entre ellos”.
El Caribe cuenta con un “póker del espanto”, como lo tituló el propio Bosh en otro de sus libros. Tan solo en la primera mitad del siglo XX, la región vivió un baño de sangre bajo los regímenes de Juan Vicente Gómez en Venezuela, Gerardo Machado y Fulgencio Batista en Cuba, Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, y las dinastías  de los Somoza en Nicaragua y -claro está- de los Duvalier en Haití.

Los Duvalier y las ciclos golpistas

Con la llegada de Franklin D. Roosevelt y su “política del buen vecino”, la Casa Blanca dejó de intervenir de manera directa en Haití, pero acompañó el ascenso y la consolidación de las dictaduras de Fracois “Papa Doc” Duvalier, primero, y de Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, después. Entre 1957 y 1986, hubo 40.000 muertos y más de un millón de exiliados, bajo el paraguas norteamericano que buscaba contener el avance del comunismo en el Caribe, que tenía su punta de lanza desde 1959 en Cuba, a solo 100 kilómetros de distancia de Haití a través del Paso de los Vientos.
Los Duvalier sistematizaron una política de terror e inauguraron un ciclo de golpes que ni siquiera el derrocamiento de “Baby Doc”, el 7 de febrero de 1986, sepultó. Desde entonces, en Haití se sucedieron ocho golpes de Estado, 34 cambios de gobierno (por cambio de primer ministro), cinco elecciones abortadas, tres intervenciones militares extranjeras y cinco misiones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la estabilidad y la paz, según rescata el sociólogo y ex brigadista en Haití Lautaro Rivara, a partir de un cálculo del economista y cineasta haitiano Arnold Antonin.
“En la historia misma del país los dirigentes siempre quieren quedarse en el poder”, entiende Robby Glésile, referente de la comunidad haitiana en la Argentina y miembro del grupo de estudio sobre migraciones de la Universidad Nacional de Rosario. “Tenemos esa práctica de no respetar las reglas de la democracia: cada uno quiere estar en el poder pase lo que pase –plantea–. No hay un trabajo de memoria para que la población entienda las reglas de la democracia, que la dictadura no es el camino del país. Hoy en día el espectro de la dictadura sigue planeando sobre la población haitiana, en los discursos y los reflejos”.
Y es que el periodo de democratización que siguió a la caída de “Baby Doc”, que redactó una nueva Constitución en 1987 y que permitió el ascenso popular de Jean-Bertrand Aristide, fue coartado sistemáticamente. El sacerdote salesiano vinculado a la teología de la liberación se convirtió el 7 de febrero de 1990 en el primer presidente elegido en elecciones abiertas y libres –casi doscientos años después de la independencia–, pero a los siete meses fue derrocado por un golpe de Estado financiado por Estados Unidos, y apoyado por Francia y Canadá. Paradójicamente, tras la presión de Bill Clinton, los golpistas tuvieron que retroceder sus pasos y restituyeron a Aristide en 1994. Pero una nueva semilla podrida comenzaba a germinar en territorio haitiano: la ocupación internacional.

Ocupación y terremoto

La Misión Civil Internacional en Haití (MICIVIH) de 1993 sería el germen de la futura Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), que se extendió durante 15 años hasta 2019 y contó con la participación de países latinoamericanos como Argentina y Brasil, que comandó parte de la misión a cambio de conseguir un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero lejos de llevar paz, la MINUSTAH fue denunciada por múltiples violaciones a los derechos humanos, crímenes sexuales y la propagación del cólera. Hoy la ocupación internacional continúa, pero con una “Misión de manteniemiento de la paz más pequeña”, como anuncia la ONU en su web.
A esa suma de calvarios se agregó en 2010 el terremoto que dejó literalmente al país bajo los escombros. Un sismo de 7 grados en la escala de Richter de apenas pocos segundos colapsó más de la mitad de las construcciones en la zona metropolitana de Puerto Príncipe-Pétionville. Más de 300.000 personas murieron y más de dos millones quedaron en la calle.
La naturaleza se ensañó con Haití, pero la mano humana le dio un golpe de gracia. Diez años después hay múltiples denuncias de que la falta de organización y la corrupción se tragaron los casi 12 mil millones de dólares distribuidos en más de 2500 proyectos de reconstrucción a través del Módulo de Gestión de la Ayuda Externa del Gobierno de Haití.

Presente y futuro

Actualmente en Haití casi el 60 por ciento de la población vive con menos de dos dólares por día, pero la precariedad afecta a todos. Glésile lo grafica así: “Cualquier persona, sea de la clase que sea, vive en la precariedad. Porque una persona con dinero puede accidentarse en la calle, pero no tiene un hospital donde atenderse”. Y agrega otro ejemplo: “Yo soy de Puerto Príncipe y hoy la capital no tiene ni una sala de cine. ¿Cómo un joven que está creciendo va a poder divertirse? La frase “voy al cine” no existe. Somos un país que vive una situación extrema”.
Y esa pobreza genera violencia. En los últimos años se expandieron las pandillas y mafias fuertemente armadas, que controlan barrios de la capital y se financian a través de secuestros. Hay cerca de 80 bandas criminales, según la Comisión de Desarme del Estado nacional, y en 2020 hubo casi tres secuestros por días, de acuerdo a la organización de derechos humanos Défenseurs Plus. 
En ese contexto llegó Moïse al poder, “lo más catastrófico desde el terremoto”, en palabras de Glésile. El mandatario no solo asumió tras sucesivas elecciones fraudulentas y obtuvo apenas el 18% de los votos, cerró el Parlamento, desde enero de 2020 gobierna por decreto, y creó una agencia de inteligencia que goza de inmunidad y tipificó los actos de vandalismo como “terroristas”.
“Hay líneas de continuidad con el pasado”, analiza Martínez Peria para entender el gobierno de Moïse y sus apoyos incondicionales: Estados Unidos, la OEA, la ONU y la Unión Europea, miembros del famoso Core Group. “Es su ganancia tras romper lazos con Venezuela, que desde la época de Hugo Chávez hizo pie en la isla con un doble objetivo -agrega-. Por un lado histórico, reivindicando la ayuda militar que Simón Bolívar recibió de Alexandre Pétion para sus luchas independentistas de inicios del siglo XIX. Y por otro político, para expandir el ALBA frente a las narices de Washington”.
Además de cumplir una suerte de contenedor geopolítico para la expansión bolivariana, Haití hoy es importante porque funciona como paraíso fiscal, es enclave de maquiladoras, es teatro para el negociado de la asistencia internacional y es ruta de paso para el narcotráfico. Pero el realineamiento de Moïse no cuenta con apoyo popular, con protestas desde antes de su asunción por estar salpicado por las denuncias de corrupción vinculadas a la alianza PetroCaribe, creada por el propio Chávez.
Ante semejante panorama histórico, ¿qué esperar del futuro de Haití? “Más crisis política –aventura Martínez Peria–. Cualquier otro presidente ya hubiera caído en otro país. No es que hoy esté pasando esto, todo el mandato de Moïse fue una constante crisis”.
“Qué va a pasar es la gran pregunta”, contesta, por su lado, Glésile. “Seguiremos este año con protestas, represión, asesinatos, masacres y movimientos. En Haití las cosas no son sencillas. Que marchen cinco, diez o cincuenta mil personas en las calles no significa nada. Puedes reprimir o matar a la gente, pero eso no va a hacer que el presidente vaya a moverse de su sitio. No. En Haití las cosas son muy complicadas”.

El aborto

Un diciembre*

La primera Navidad que pasé con Juan, mi pareja de hace nueve años, fue en la casa de mi hermano. Juan le caía bien a todos en mi familia, ya llevábamos dos años de relación. Nos íbamos a quedar tres semanas en casa de mi hermano, que vivía en una ciudad a tres horas de Bogotá. Desde el 23 de diciembre hasta el 8 de enero íbamos a estar. 
Estaban mis papás, mi hermano y su pareja y los sobrinos de ella: dos gemelas de tres años y un nene de 5. Junto con Juan, los cuidábamos: íbamos a la piscina con ellos, jugábamos en la noche. Yo hamacaba a alguno en las tardes hasta quedarnos dormidos. Después de dos días del paseo, me sentía llena. Con la panza llena. Aunque comiera muy poco, no se me pasaba la sensación de llenura. La semana antes de viajar, no tenía ganas de hacer otra cosa que no fuera ver televisión abrazada a Juan.
El 31 de diciembre, tengo el agüero de estrenar ropa, toda la ropa. Es usual estrenar algo en Colombia ese día, para la buena suerte del año nuevo. También tener lentejas y billetes para la prosperidad. Comer las 12 uvas y pedir un deseo por cada una. Dar la vuelta a la manzana con una maleta para viajar durante el año. 
A mí me faltaban los calzones, pero no quería salir a comprarlos. Le pedí a mi mamá que lo hiciera. Tenía apenas 24 años y aún podía hacerles caprichitos a mis papás. Le pedí que algo cómodo, no quería nada que me apretara.
Justo a inicios de ese mes, diciembre, había entregado mi tesis de grado. Entregaba la tesis, pero aún me faltaba un semestre más para recibirme. Tenía que ver unas materias más y hacer la práctica profesional. Había quedado seleccionada en una editorial. El horario era de 7 a 16 de la tarde. Me quedaba perfecto porque así podía ver las materias que me faltaban de 18 a 22. Iba a ser exigente el semestre, pero me iba a recibir con doble énfasis en la carrera. Lo más complicado que era la tesis ya había pasado.
Por el estrés de la entrega no estuve pendiente de mi fecha de menstruación. Recién después de Año Nuevo me di cuenta que no me había llegado. Le comenté a Juan y decidimos comprar una prueba. Esa tarde nos habían pedido quedarnos con los niños.
Juan tenía a una en brazos, yo sostenía a la otra y llevaba al niño de la mano. Bromeábamos con Juan. Ir con tres criaturas a comprar una prueba de embarazo a la farmacia y con la juventud en nuestras caras, él sin la barba que le suma años y yo con mi carita de nena. Éramos un chiste fértil. 
La prueba dio positivo ni bien la saqué de mi entrepierna. Abrí tan solo un poco la puerta del baño para mostrarle a Juan. Sonrió. Abrí muy grande los ojos apenas vi su sonrisa. No podíamos permitirnos ilusiones.
Mis papás se volvieron a Bogotá el segundo día del año nuevo. Juan y yo nos íbamos a quedar unos días más para estar en las fiestas de Reyes del pueblo. Yo el 10 de enero ya entraba a mi nuevo trabajo y tenía que estar de vuelta en Bogotá.
Dormimos esa noche en la cama en la que dormían mis papás. A la mañana le pedimos a mi cuñada que nos llevara al centro del pueblo a hacerme la prueba de sangre. Después de unas horas volvimos por el resultado. Ella y yo nos quedamos en el auto esperando. Juan volvió con risa nerviosa. Positivo también con la de sangre.
Para verificar, con la última esperanza de un negativo, hicimos una ecografía. No me emocionaron los ruiditos que el doctor dijo eran el corazón. 5 mm dijo que medía lo que se estaba formando. Iba a nacer en agosto de ese año.
En la noche, dormimos abrazados con Juan. Yo soñé con un parto. Una sala oscura con una gran luz encima de mí. Mis piernas abiertas, alrededor mis papás, mi hermano, Juan.
Desperté con una decisión. Volvíamos cuanto antes a la ciudad. Recordé lo de mis tres amigas. Las tres fueron al mismo lugar, una clínica privada que tiene programas de adopción y planificación familiar. Se le llama legrado al procedimiento. En los papeles firmé que yo había llegado con pérdida y ahí me habían hecho lo demás. Así quedaba en el marco de la Ley. Para poder acceder al procedimiento tuvimos que cumplir unos pasos.
Otra ecografía. Otra vez el corazón, el tamaño, el tiempo. Otra vez confirmar lo positivo. Luego fue la charla con la psicóloga que preguntaba el porqué. Porque soy joven. Él también. Me recibo este año y no puedo con la carga. Él se va a hacer una maestría a otro país. No estoy preparada. Él tampoco.
Después fue responder por lo económico. Sí. Los dos tenemos trabajos estables. Tenemos ingresos. Él iba a responder por todo. 200 dólares costó. Unas pastillas previas. Luego unas indicaciones para, después de 24 horas, poner bajo mi lengua 4 pastillas más. Esperar a que se disolvieran. Esperar a que todo pasara.
La enfermera me dijo “siente tu cuerpo, concéntrate, así duele menos”.
No dolió menos. Solo fui consciente, o eso es lo que recuerdo, del dolor. Acurrucados con Juan en su cama, una tarde de sábado. Él me agarraba la mano fuerte cada vez que yo se la apretaba. Una presión intensa en el útero. Algo se desprendía.
Cuando sentía que algo estaba por salir, me paraba e iba al baño. Me sentaba. Esperaba. Recordaba lo que me habían dicho mis amigas. Ellas habían mirado el inodoro y habían visto esa cosas grandes y rojas. Yo sabía que lo que se había formado solo medía 5mm, pero igual no quería ver. Bajé la cisterna antes de levantarme para no ver.
A los dos meses Juan viajó a Argentina a hacer una Maestría. Yo, después de terminar mi carrera y recibirme con los dos énfasis, viaje tras él. Ya son ocho años de vivir en Buenos Aires. Yo ya no estoy con Juan. Yo estoy llegando a mis 33 y aún no sé si quiero ser mamá.

*Texto de Rosario, desde Colombia

Una deuda pendiente

La historia de Rosario es la historia de Colombia, donde la interrupción voluntaria del embarazo solo se permite en casos y condiciones específicas. De hecho, rigen penas de 16 a 54 meses para la mujer que causa su aborto o permite que otro se lo cause.
La historia de Rosario también es la historia de Latinoamérica: apenas el 3% de las mujeres en toda la región tienen derecho a decidir qué hacer con su cuerpo. Cuba, Uruguay y Puerto Rico (siendo colonia de Estados Unidos), a los que se suman Guayana y Guyana Francesa, son los únicos países que permiten abortar sin condiciones en las primeras semanas de gestación. A esos Estados se agregan Ciudad de México y Oaxaca. En el otro extremo, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Haití prohíben, sin excepciones, la interrupción voluntaria del embarazo. En el medio, el resto de los países latinoamericanos lo limitan salvo diferentes causales –como puede ser el riesgo para la vida, la salud física o mental de la madre, que el embarazo sea fruto de una violación–.
Las consecuencias de esta deuda pendiente están a la vista. La región posee las tasas más altas del mundo de embarazos no planeados y de abortos: unos 6,5 millones al año. Y entre cinco y diez mil mujeres mueren al año por no tener cobertura médica legal o dinero para hacer un tratamiento privado.
Pero la historia en Latinoamérica podría empezar a cambiar esta semana, si se aprueba la despenalización también en Argentina.

Una mirada histórica 
El aborto es una práctica extendida en todo el mundo que tiene por lo menos un siglo. En Latinoamérica, Cuba fue el primer país en despenalizarlo, siendo una conquista de la Revolución e imitando a la Unión Soviética, que ya lo había establecido en 1920. En la isla rige desde 1965, cuando pasó de manera automática a estar garantizado por el sistema público de salud. Las estadísticas demuestra su efectividad: Cuba tiene una de las tasas más bajas de mortalidad materna de la región y el aborto clandestino es prácticamente inexistente, ya que solo es ilegal si se practica con fines lucrativos.
El avance cubano incluso estaría a la vanguardia de Occidente, donde la lucha también tiene un largo recorrido. En Estados Unidos, por caso, las primeras movilizaciones que reclamaron el aborto legal irrumpieron en 1967 a partir del colectivo New York Radical Women. Y en Francia ocurrió al calor del Mayo del 68, cuando en 1971 la campaña “Yo aborté” se consagraría con la publicación del feminista “Manifiesto de las 343 salopes”, redactado por la pluma de Simone de Beauvoir.
Pero a nivel regional, un hito recién ocurrió entre el 18 y el 24 de noviembre de 1990, en la ciudad argentina de San Bernardo, en el marco del V Encuentro Feminista de Latinoamérica y el Caribe. Allí, en el “Taller sobre aborto”, organizado por la Comisión por el Derecho al Aborto de Argentina y Católicas por el Derecho a Decidir de Uruguay, se estableció el 28 de septiembre como Día de la Lucha por la Despenalización y Legalización del Aborto. La fecha evoca la ley de “libertad de vientres” sancionada por el Imperio del Brasil en 1871, que otorgaba la libertad a las hijas e hijos nacidos de mujeres esclavas.
Después de San Bernardo, solo Uruguay legalizó el aborto. Y fue en 2012, tras idas y vueltas, vetos y negociaciones. 
Este recorrido es breve y arbitrario, pero intenta demostrar que la lucha en la región tiene sus tiempos; la estrategia, sus laberintos, y los poderes fácticos que enfrenta, muy poderosos. Sin embargo, el colectivo feminista es inagotable, más en Latinoamérica. 
Como leí de la periodista Florencia Alcaráz en su newsletter de LatFem, luego de la media sanción del aborto en la Cámara de Diputados de Argentina: “Sabemos que históricamente la lucha feminista ha sido transnacional. Toda ampliación de derechos se dio a partir de estrategias regionales en espacios de encuentro bien aceitados. Nuestras articulaciones con compañeras de otros países son cotidianas. Peleamos por este derecho con la perspectiva de abrir ventanas de oportunidad en toda América Latina y el Caribe y seguir ampliando transformaciones más allá. (…) Nunca fue fácil para nosotrxs.”

Por qué es tan difícil
Al pensar las dificultades que enfrenta la despenalización del aborto se abre un abanico de factores. Un obstáculo macro es el propio sistema capitalista-patriarcal en el que vivimos. “El aborto es un tema central y se inserta en el corazón del sistema capitalista porque los cuerpos de las mujeres son los que permiten la reproducción de la mano de obra —me dice Barbara Ester, socióloga especializada en género y feminismo—. Entonces, la única forma de garantizar ese excedente es a través de la reproducción. En los orígenes del sistema se pueden ver cómo siempre hubo medidas para regular la fertilidad de las mujeres, como servicio del Estado”.
Y si nos centramos en Latinoamérica, el sistema aún se vuelve más perverso por los históricos índices de pobreza y desigualdad. De hecho, así lo plantea la propia campaña argentina por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito: “Trabajar por el derecho al aborto en razón de justicia social es reconocer que en el contexto latinoamericano, sumido en la pobreza y la desigualdad social, son las mujeres pobres quienes sufren o mueren por abortos realizados en clandestinidad, excluidas también de otros bienes culturales y materiales”.
A esa triste realidad política-social se suma el componente religioso, más precisamente “la tradición católica cristiana y el avance de los movimientos pentecostales”, como me apunta Ester. Es que a 500 años de una conquista que unió la espada con la cruz, la penetración de la Iglesia aún se mantiene: el 60% de los latinoamericanos son católicos y casi el 20% se declara evangelista (Latinobarómetro 2017).
Según la socióloga –que el año pasado publicó un informe sobre la situación del aborto en la región—, “la influencia del catolicismo no es tal por la presión real que puede ejercer, sino también porque se hizo parte y carne de las élites locales”. Y ejemplifica:

  • Chile, “donde el catolicismo marca una pertenencia de clase, más que una opción religiosa transversal”.
  • Brasil o El Salvador, “donde hay nuevos liderazgos –Bolsonaro y Bukele, respectivamente— que en vez de ser laicos refuerzan lo ultraconservador”.
  • Perú, “donde no se permite la educación sexual en el colegio, en una nueva forma de cerrarse y ser mucho más estricto en los dogmas, en una supuesta defensa de las costumbres y de la familia”.

El aborto no solo encontró un rechazo en la derecha conservadora. También expuso los límites de los gobiernos progresistas que dominaron en la región en las últimas dos décadas. Si bien se avanzó en derechos individuales –como el matrimonio igualitario, aprobado en Argentina (2010), Brasil (2013), Colombia (2016), Ecuador (2019), y en varios estados de México–, no ocurrió lo mismo a nivel colectivo o de derechos de la mujer. “Creo que durante los gobiernos progresistas fue más fácil incluir la leyes que tenían que ver con la identidad y estaban mejor vistos desde Estados Unidos a partir de la gestión de Obama”, me explica Ester. “Son avances positivos, pero es verdad que la diversidad tuvo derechos antes que las propias mujeres, que quedaron relegadas”, agrega la socióloga, para quien la agenda de las mujeres históricamente “termina entrando tardíamente”.
Esa marginalidad a la que son condenados los derechos de las mujeres también la desenmascaró la antropóloga y activista feminista Rita Segato, cuando el debate por el aborto se postergó en Argentina a principios de año por la pandemia: “La cuestión del aborto permite siempre hacer una lectura de la realidad. El retraso en enviar la ley al Congreso es muy decepcionante porque fue una de las grandes esperanzas que pusimos en el gobierno de Alberto. Es un índice de cómo los temas de las mujeres son equivocadamente leídos como temas particulares, que les interesan solo a ellas, cuando en realidad son centrales en la política”.

Presente y futuro
Pero más allá de los mojones en su camino, la agenda feminista ha avanzado y lo seguirá haciendo. “La brújula de la historia está hoy en la cuestión de la mujer”, dijo también Rita Segato, reflejando así el espíritu de la época.
La campaña por el aborto en Argentina tiene más de treinta años, pero se convirtió en “marea verde” principalmente después de la primera marcha  #NiUnaMenos contra los feminicidios, el 3 de junio de 2015. Esa chispa movilizó a mujeres de todo el continente e incluso logró impulsar el debate en el estado mexicano de Oaxaca, que despenalizó el aborto el año pasado.
Y los cambios llegarán con las nuevas generaciones. “Si uno analiza las encuestas, la mayoría de los argentinos que está a favor del aborto son jóvenes, entre 16 y 34 años —me apunta Ester—. Hay un nuevo imaginario de la juventud que se expresó a favor de la IVE en Argentina, pero que también lo vemos en las calles de Chile, Perú, en distintos países. En este movimiento juvenil latinoamericano las mujeres también son protagonistas. Lo vimos con el Ni Una Menos, que empezó como un movimiento local y hoy es regional. Tiene peso fuerte en Argentina, Chile y México, pero en todos lados hay manifestaciones o adhieren a la huelga de mujeres. Hay un nuevo tipo de movimientos sociales que no son sólo locales, sino que son más regionales y globales. Y eso le va a dar un impulso al aborto, porque en otros países se va a decir ‘si Argentina pudo, ¿por qué nosotros no?’”.
En definitiva, habría motivos para pensar un futuro más esperanzador. Porque, como dije al principio, la historia de Latinoamérica podría empezar a cambiar si Argentina despenaliza la interrupción voluntaria del embarazo, simplemente porque se convertirá en el país más grande de la región con aborto legal, seguro y gratuito. “Sería un espaldarazo fuerte para la región —entiende Ester—. No porque al año próximo se discuta y apruebe en todos los países, pero sí como para verlo dentro del horizonte de posibilidades.”

El latinoamericano

En noviembre de 2005, Maradona sería la locomotora de un tren que haría historia para Latinoamérica. 
La noche del 4 salió desde la estación Constitución hacia Mar del Plata el Tren del Alba, una movilización de la Alternativa Bolivariana para las Américas que enfrentaría la discusión principal de la Cumbre de las Américas de ese entonces: el Alca, el tratado de libre comercio para todo el continente que proponían los Estados Unidos de Bush.
En el último vagón, convertido en una especie de sector VIP, Maradona fue acompañado por el cineasta y músico Emir Kusturica que estaba documentando su vida; por un Evo Morales que todavía no era presidente de Bolivia, y por el entonces diputado nacional y ex montonero Miguel Bonasso, artífice de la travesía. En el resto del tren se repartían un centenar de dirigentes, políticos, actores, actrices, cantantes y demás celebridades. 
El Diego marcó el tono político desde la conferencia de prensa inicial. Le habló a Bush frente a las cámaras con una remera que decía “Stop Bush” con la S en forma de esvástica: “Nos desprecia. Es una basura humana. Estoy acá para defender la dignidad argentina. Que sepa que no lo necesitamos, que no le damos la bienvenida, que no lo queremos”. 
Luego, en una escena registrada en el documental de Kusturica, bailaría al ritmo de una batucada abrazado a una bandera argentina y con una camiseta que llevaba la caricatura del presidente norteamericano y la frase “War Criminal”. 
Con la máquina en marcha, Maradona se paseó por todo el tren saludando a unos y otros, asumiendo un rol de anfitrión, consciente del poder de atracción que tenía. “Así transcurría la madrugada cuando la puerta del coche comedor se abrió y entró algo como una llamarada -recordó la periodista Sandra Russa, que viajó como cronista de Página 12-. Era Maradona con Kusturica atrás y el séquito que lo seguía a todas partes. Me achiqué en el asiento porque el clima en el coche comedor era de sofoco, pero de pronto una mano agarró la mía y era la de Maradona. Había ido a saludar a uno por uno a los que atestábamos el tren”. Hasta se sentó incluso en la mesa que compartían las actrices Mirta Busnelli y Leonor Manso.
El Tren del Alba llegó a las 6.20 a Mar del Plata, pero recién media hora más tarde comenzaron a bajar los pasajeros. Según registró el diario La Nación, el Diego tuvo que bajarse por una puerta alternativa a la que lo esperaban los periodistas y se retiró de la estación sin ser visto. 
Ya en el estadio mundialista, donde se desarrollaba la Cumbre de los Pueblos, Maradona fue invitado por Hugo Chávez para hablar apenas unos segundos frente a la multitud, entre los que estaban Silvio Rodríguez, Hebe de Bonafini, Nora Cortiñas. “La Argentina es digna, echemos a Bush”, gritó al micrófono. 
Minutos antes había estado hablando por teléfono celular con Fidel Castro, que desde La Habana le pedía que acompañara y cuidara muy bien a Chávez. Minutos después, el líder venezolano sentenciaría en su discurso la suerte del tratado de libre comercio continental: “Alca, Alca… al carajo”.

Fidel y Maradona, cuando se conocieron en 1987.

El titiritero que manejó los hilos del Tren al Alba fue justamente Fidel, de quien Maradona se enamoró en 1987. Aquel año, los periodistas Carlos Bonelli y Pablo Llonto convencieron al Diego de que viajara a la isla para recibir el premio “al mejor deportista del año” otorgado por la agencia cubana Prensa Latina. Había sido elegido por la locura desatada tras México 86.
“Diego, aún no era el Diego Comandante”, escribió Llonto en Un Caño sobre aquel encuentro. Temía que lo usen políticamente, pero fue él mismo quien cambió políticamente. O por lo menos intensificó su sensibilidad social. “Diego recorrió las calles de La Habana y estaba admirado porque no vio chicos descalzos en ninguna parte”, se puede leer en la crónica de Llonto.
Maradona mismo contó, entre muchos gestos, ese encuentro inicial con Fidel en el documental de Kusturica: “Los americanos me daban un premio, y me daban un premio en Cuba. Dije: ‘Americanos, quédense con el premio. Yo me voy a recibirlo a Cuba’. Y estuvimos casi 5 horas hablando del Che, de la Argentina, de Cuba. Y salí enamorado de Fidel. Me pareció un monstruo, que defiende la tierra. Es el único político, si queremos llamarlo así, que no le pueden decir que robó, aunque los americanos lo intentan. Pero es el único hombre de política que puede decir ‘Yo me la jugué por mi país, por mi tierra’. Él es un revolucionario, porque los políticos del mundo entran con plata para ganar las elecciones, pero él se la ganó con un fusil, porque tiene dos huevos así”.
Es conjetura pensar que fue Fidel quien lo hizo político, pero tanto lo admiró Maradona que lo llamó su “segundo padre”, lo que se podría leer como su “padre político”. Y después de ese flechazo todo fue política para Maradona. Y más de izquierda que de derecha, incluso más latinoamericano que cualquier dirigente de la región, quizás tan solo comparado con el propio Fidel, a quien copió hasta en el día de su muerte. 
Si hizo su mayor obra de arte y su mayor acto de rebeldía en suelo latinoamericano. Si tuvo “dos huevos así” y dos piernas así, cuando en el estadio Azteca y bajo el sol de México 86 arrodilló al imperialismo británico que había invadido Malvinas con una síntesis perfecta entre la picardía -la mano de Dios- y la genialidad -el gol del Siglo. Si es la única persona que aparece mencionada en el himno “Latinoamérica” de Calle 13. Si además del No al Alca, acompañó a Piedad Córdoba en el Partido de la Paz en Colombia. Apoyó a Evo Morales en la salida al mar para Bolivia y el derecho a su Selección de jugar en la altura de La Paz. Defendió a Dilma Rousseff por su destitución y a Lula por su encarcelamiento. Se acercó a Néstor y Cristina Kirchner en la Argentina, caminó con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y hasta poco antes de morir defendió el impuesto extraordinario a las grandes fortunas de Alberto Fernández.
Seguro no faltará el que denuncie una farsa en lo que digo y gritará: ¡Truco! Que se sacó fotos con Menem y era su amigo, vestía un Rolex en cada mano y manejaba una Ferrari. Pero en la vereda de enfrente, otros cantarán ¡Retruco! Que en el 95 ya andaba declarando, palabras más, palabras menos, “que le saquen plata a los que más tienen, como yo”. O alguno más filosofado dirá que ser de izquierda no es estar en contra de tener bienes, sino de la propiedad privada de los medios de producción. Y la verdad es que el único medio de producción de Maradona fueron sus dos piernas, y principalmente una, la izquierda.
Pero más allá de la conjetura, sí es verdad que fue el líder cubano quien lo convenció de sumarse a la movilización contra el Alca. Según reveló Miguel Bonasso por estos días, Fidel le dio una entrevista exclusiva en La Habana, en octubre de 2005, para su programa “La noche del Diez”, a cambio de que Maradona viaje a Mar del Plata para potenciar el No al Alca.
“Fidel le dio esa cariñosa exclusiva con la intención política de convencerlo para que se subiera al Tren del Alba, nuestro plato fuerte en la movilización contra Bush que montamos en la Cumbre de Mar del Plata”, escribió Bonasso en su cuenta de Facebook. Y elogió “la disciplina militante que el jugador más famoso de todos los tiempos mostró en aquella jugada. Una humildad de la que careció más de una de esas mascaritas que también se subió al tren. Que se suben a todos los trenes”.
En aquella entrevista con Fidel, transmitida por el Canal 13 del Grupo Clarín, Maradona demostró una vez más que la política no es un territorio único de los partidarios y dirigentes encuadrados. Cuestionó las medidas migratorias de Estados Unidos, su estrategia antidrogas y contó que nunca más pudo volver después del Mundial 94, cuando le cortaron las piernas. Pese a la estrella mundial que era, una vez cuando fue a buscar a Dalma a Disney, en el aeropuerto de Miami lo separaron en una celda y lo revisaron de pies a cabeza. El Tío Sam no lo quería al Diego latinoamericano. “Yo puedo vivir sin Estados Unidos”, le dijo Maradona a Fidel en la entrevista, y después le mostraría el tatuaje suyo que se había hecho en la pierna izquierda, que combinaba con el icónico que ya tenía del Che. 

En la avenida Corrientes, la noche del 25 de noviembre de 2020.

Ya se dijo: Maradona fue mucho más que el más brillante jugador de fútbol dentro de una cancha.
“Su notable protagonismo en la gran batalla de los pueblos de Nuestra América en contra del ALCA en Mar del Plata en noviembre del 2005 hubiera bastado para asignarle un sitial prominente en la historia de las luchas antiimperialistas -analizó Atilio Borón en Página 12-. Allí donde se libraba un combate contra el imperialismo Diego no tardaba en enrolarse. Su empeño por la causa de la emancipación popular iba parejo con su repudio a los ricos y poderosos que condenaban a sus pueblos a la miseria, la enfermedad, la ignorancia. Fue coherente hasta el fin”.
“Maradona fue el exceso de peronismo en ausencia del peronismo. Exageremos: el peronismo aún existe gracias a Diego”, escribió Pablo Alabarces en Anfibia.
“Maradona entregó su vida a la reivindicación de Fiorito, del barro, de una madre que no comía para que pudieran comer él y sus siete hermanos -lo dibujó Alejandro Wall para el Washington Post-. Su historia es la historia de la desigualdad de la Argentina, de América Latina”. 
“Un hombre que, por su condición de genio, dejó de tener límites desde la adolescencia y que, por su origen, creció con orgullo de clase -le dedicó Jorge Valdano en La Nación-. Por esa razón, y también por su fuerza representativa, con Maradona los pobres le ganaron a los ricos, de manera que las adhesiones incondicionales que tenía allá abajo fueron proporcionales a la desconfianza que le tenían los de arriba. Los ricos odian perder”.
Maradona fue, entonces, político, popular, contracultural, antiimperialista, peronista, con conciencia de clase. Y fue, déjenme agregar a mí, latinoamericano. 
Maradona fue un fiel reflejo de nuestra identidad contradictoria con sus banderas populares y sus excesos individuales. Potenció al infinito todo lo bueno y lo malo a la vez. Fue el pobre que se enfrentó a los poderosos ricos y el millonario que abrazó al pueblo. Fue sociable y violento, exitoso y derrotado, amado y despreciado, sincero e hipócrita. Fue tanto como todos nosotros juntos que nos molesta, nos encandila, nos es demasiado revelador. Diego Maradona en definitiva fue, como escribió para la eternidad Eduardo Galeano -quizás la última voz lúcida del continente-, “un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses”. 


Algunas lecturas cruzadas sobre Maradona…

“Quería hacer visible lo invisible”

Martín Weber es fotógrafo y artista multimedia. Cámara de placa al hombro y con una pequeña pizarra negra bajo el brazo, salió en los ’90 a recorrer Latinoamérica buscando lo más profundo en la historia de sus habitantes. Entre 1992 y 2013, conectó en una misma trayectoria a Argentina, Cuba, México, Nicaragua, Guatemala, Perú, Brasil y Colombia para construir una cartografía íntima del continente. Así nació “Mapa de Sueños Latinoamericanos” (Ediciones Lariviére y RM, 2018), que no solo permite conocer los anhelos más profundos de las personas, sino también dialoga con la realidad de sus países.
Weber encontró historias que no lo soltaron, y por eso años después regresó a esos mismos territorios para conocer qué había pasado con los sueños y sus protagonistas. El resultado fue una película homónima, que ya ganó en el Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse como mejor documental (2020) y obtuvo una mención del jurado en el Festival Internacional de Cine de Brasilia (2020), y se estrenaría en Argentina en 2021.
Un viaje íntimo por el continente, , el mapa que trazó de Martín Weber permite otra mirada sobre qué es Latinoamérica. Construir el mapa le tomó más de 20 años a Martín Weber, pero valió la pena. Porque, como él mismo escribió en una posdata en el monumental libro con más de 110 retratos de personas, familias, hermanos, amigos, niños, jóvenes, adultos y ancianos, le permitió entender quién era:

  • “Quizás porque mis padres no formaron parte de ninguna resistencia armada contra las dictaduras que sufrieron, sino que fueron opositores de conciencia, me llevó cuatro décadas entender por qué razón nací en Chile, y cuarenta años asumir que había nacido en el exilio. Nuestro destino solo se puede cambiar si nos permitimos imaginar uno diferente del que nos ha sido dado.”

—Esa posdata del Mapa… revela que el recorrido por el continente no solo fue un viaje documental fotográfico, sino que también conectó con sentimientos muy profundos. ¿Cómo definirías tu proyecto?
—Fue un proceso largo, lento y de mucha investigación y de aprendizaje. La idea era cuestionar la manera de trabajar con la fotografía y el hecho de tomar una foto, eso de sacar algo que es intangible. Pero en ese proceso se empezaron a jugar un montón de cosas, tanto la idea de empoderar al otro como también darle un espacio. Y yo empiezo a hacerme preguntas: quién soy y desde dónde llegué a ese lugar, y por qué había nacido en Chile, que con este proyecto termino de hilar. 
—¿Por qué América Latina?
—En la del secundario en el (Nacional) Buenos Aires tenía discusiones políticas en los recreos y estaba muy a flor de piel y vigente lo que sucedía con la revolución nicaragüense. Tenía ese flashazo de pensar de que estaba repitiendo información, que nunca había estado ahí, y que las imágenes que me llegaban eran producidas por europeos o norteamericanos. En ese momento se sembró la semilla de querer ir a buscar testimonios directos y no que me la cuenten. Que sean los que la vivieron los que la compartan. Y no solo no volver a contarlas por otros, sino generar un espacio y una dinámica de trabajo en la cual yo tenía un oficio que ponía a disposición para dar lugar a esas voces, que en ese momento no tenían espacio. Lo que tiene el proyecto es que cada historia, cada persona que participa, cada sueño que se comparte se van tomando la mano y van generando contexto uno al otro y entre sí.
—¿Qué te llevó a buscar en los sueños, que es un poco buscar en lo que no se tiene, en lo que se anhela, en la utopía?
—Un sueño me dio una manera de implicar a la persona que aparecía en la foto a compartir algo que es íntimo. De alguna manera trabajar más allá de la superficie, que es con lo que trabaja la fotografía o el cine. Quería hacer visible lo invisible. Por otro lado está la idea del sueño como una invitación a evocar tres momentos: pasado, presente y futuro. La pregunta del sueño te lleva un poco a eso: a que la persona piense un recorrido hasta ese momento, lo comparta en ese momento, pero que nos proyecte a un posible futuro.

“Quiero ser policía” (México)

—Esos sueños muestran realidades personales, pero a su vez también hablan de los países de los soñadores. ¿Cómo elegiste el recorrido?
—En los principios de los ’90 estaba muy vigente el movimiento latinoamericanista que se preguntaba qué compartimos y qué nos diferencia en nuestras historias, culturas y lenguajes. Y esos detalles son parte de nuestra identidad. Elegir los países tuvo que ver con la conciencia de que no iba a poder abarcar toda Latinoamérica, pero que de alguna manera sean distintivos y con alguna historia particular que contaran algo de lo que había pasado en el continente. Por ejemplo, trabajé dos revoluciones con finales distintos como las de Nicaragua y Cuba, e hice Argentina, que era el país donde estaba y que me permitía también contar algo de Uruguay o Chile. Creo que esos ocho componen un mapa lo suficientemente complejo como para que lo que no esté explícito, esté sugerido.
—Después de tu recorrido, ¿creés que existe un sueño latinoamericano?
—El reduccionismo en general termina en un entendimiento fallido porque el ser humano es complejo. Y justamente yo trato de correrme de ese lugar: vengo a presentarte la historia de varios y que eso te motive a vos a querer saber más y que vos construyas tu propio camino en ese tratar de entender, en el cual siempre vamos a caer en errores y prejuicios. Pero creo que está bueno que uno mismo se dé cuenta de esas cosas. Lo más rico de todo eso fue, en mi caso, testear mis propios prejuicios. Uno asume la idea de que muchas veces juzgamos o asumimos lo que el otro necesita, y nos colocamos en ese lugar que muchas veces no nos corresponde. El proyecto, creo, llama a eso: a ponerse en el lugar de otro. Es una frase muy usada pero muy poco aprovechada. Y hay una de las fotos que sirve de ejemplo, como es la historia del guacho argentino que tiene una pinta de recio total en Areco, pero que sueña que su madre viva 50 años más de los que tiene. Su apariencia jamás te hubiera dado a pensar ese pensamiento tan tierno.

“Que mi madre viva 50 años más de los que tiene” (Argentina)

—En otra entrevista contaste que el 99% personas aceptó participar de las fotosy que llegaste a pasar horas horas con ellos. ¿Qué vínculo humano logró crear el Mapa…?
—Ahí es donde forma y contenido se cuestionan todo el tiempo. Como quería compartir un momento, para hacer este proyecto cambié de trabajar en 35 mm, donde te escondés detrás de la cámara, y elegí una cámara de placa que va sobre un trípode, donde se hace toda la actividad de frente de la persona fotografiada. Cuando colocás la película ya dejás de ver en la cámara y ves a los ojos a la persona. Eso nos daba un tiempo de charla, de observación mutua, una sensación de cómo los cuerpos se comunican, las dinámicas que había entre las personas.
—Y también juega el contexto o los roles que otros fotografiados asumen en la imagen, porque a veces los que tienen la pizarra son justamente los menos escuchados, como esa empleada doméstica fotografiada con las hijas de su empleador.
—De a poco fui incorporando el contexto de la persona, su espacio, los elementos y también los elementos que eran parte de sus vínculos cercanos porque en su contexto podías entender esa distancia entre el sueño que podía enunciar y el poder realizarlo. El proyecto también trabaja sobre esa tensión, y la pregunta es por qué algunos sueños parecen tan imposibles, cuando en realidad son tan pequeños y deberían ser muy simples de conseguir.

“Mi sueño es conocer personas que me ayuden a salir de donde estoy y viajar” (Perú)

—¿Por qué “Mi sueño es morirme” es la tapa del Mapa…? ¿Sintetiza de alguna manera los sueños latinoamericanos?
—Me pasó algo muy fuerte con eso. Yo había ganado un premio para publicar el libro y los editores eligieron esa foto de tapa y mi primera reacción fue que no. Mi sensación era que era tan fuerte que de alguna manera direccionaba la lectura del resto del trabajo. Después entendí que el equivocado era yo. Porque justamente fue el sueño que yo nunca hubiera querido encontrar. Entonces terminé eligiendo por oposición. Y cuando termino el libro, empiezo con la película y llego a Colombia, me entero de que a Cristian le habían concedido el sueño porque justamente seis meses después lo habían matado. En la película se desarrolla una búsqueda y esa historia se abre de una manera increíble. Que la familia de Cristian pudiera ver en el festival de Colombia la película fue una de las cosas más emotivas que tuve. Seguimos en contacto y es una historia que sigue vive y da para la reflexión en cuanto a los vínculos y porqué se sigue en contacto. 

—Mapa… empieza con un viaje que termina en un libro de fotos y luego es un retorno a esos países que deriva en una película. ¿Cómo fue el proceso de cambio de formato y por qué lo hiciste?
—Yo me declaro un artista multimedia y a cada contenido le busco la forma apropiada. Se empieza a generar una dialéctica de que el contenido afecta a la forma y la forma al contenido. Con las fotos yo me cuestiono la fotografía misma como práctica, por ejemplo eligiendo el blanco y negro, que se relaciona con una fotografía “humanitaria” o “documental”, o mostrando una persona que escribió algo en una pizarra, que de alguna manera da a entender que esa imagen fue una construcción. Y cuando termino el proyecto que me llevó 20 años recorrer estos 8 países, el pensamiento fue: “Bueno, yo cambié, la gente cambió, esos países deben haber cambiado también. ¿Qué pasó?” Y para contestar esa pregunta me surge esta idea de la fotografía que congela la imagen. ¿Por qué no trabajar con la idea de derretirla? Y la imagen en movimiento, el cine y el video, tienen eso. Los testimonios terminan tejiéndose en ese recorrido, que es muy distinto a haber vuelto y hecho otras fotos. Yo necesitaba hacer otra cosa, pero porque trabajo de canalizar una serie de situaciones que me rodean, de impulsos que me surgen una necesidad imperiosa de hacerlo. Los hago porque los necesito hacer. Y si elegí hacer una película es porque el contenido con el que trabajaba pedía eso.

“Mi sueño es morirme” (Colombia)

—Salir a buscar sueños también tiene que ver con una búsqueda de juventud. Hoy, 20 años después, y con un proyecto que primero fue fotográfico y después audiovisual, ¿cambió tu mirada sobre el continente?
—Hay un gesto melancólico en preguntarle a alguien sobre su sueño porque es algo que no se tiene. Obviamente yo a los 20 años quizás era más ingenuo o con menos experiencia. Si algo te da la edad, si estás dispuesto a escuchar o no vivís en un cubículo, es la experiencia. Al haber hecho el camino y la experiencia no soy el mismo. No soy el mismo con el libro, que por eso finalmente elegí otra fotografía para la tapa. Y después, cuando hago el proceso de la película, fue muy fuerte emocionalmente el reencuentro. Pasé mucho más tiempo con cada una de esas historias. Involucrarse y acompañar las alegrías y sufrimientos fue mucho más fuerte. Y también me impactaron reflexiones de testimonios, como aquel que dijo que había tirado bombas y matado, y que finalmente no cambió nada.
—¿Por eso incluís en la película parte del discurso del subcomandante Marcos cuando “deja de existir”, que dice “Nuestro dilema no estaba entre negociar o combatir, sino entre morir o vivir”? Las decisiones también definen a las personas.
—Fue lo más inspirador. Si hay algo de todo el proceso que me dio una línea muy interesante es ese discurso. Es esto de elegir el propio camino. No hacer el camino que otros esperan que uno haga por defender X o Y valores de otros. Tengo que elegir mi propio camino entre morir y vivir. No romantizar la idea de la muerte por un ideal. Y es interesantísimo que lo hagan ellos. Es muy fuerte elegir la vida, es una responsabilidad enorme.

Todo fuego es político

“Latinoamérica en llamas” fue la campaña que Jóvenes por el Clima lanzó en Argentina y otros países en septiembre pasado, cuando en varios puntos de la región el fuego arrasaba con todo. Ya en noviembre la “temporada de incendios” parece haber menguado, pero los daños quedaron e impactarán en el futuro.
Según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), las alertas de incendios en todo el mundo hacia abril de este año pandémico habían subido en un 13% interanual, pero el foco más preocupante fue nuestra región:

  • En la Amazonia brasileña los incendios superaron en un 45% al promedio de los últimos diez años. En el Pantanal, el humedal más grande del mundo, 2,3 millones de hectáreas ya se habían quemado para septiembre, una superficie equivalente a la mitad de Suiza.
  • En Colombia, los puntos de calor (como se llama a una aproximación a incendios o puntos potenciales de fuego) aumentaron 157% en la Amazonia entre enero y abril con respecto al mismo periodo de 2019.
  • En Bolivia, en el primer cuatrimestre hubo 35% más de focos de incendios en comparación a 2019. Se estima que más de 6,4 millones de hectáreas fueron afectadas. 
  • En Argentina, en agosto ya se contabilizaban 11 provincias afectadas y se estima que en todo el año habrá 1 millón de hectáreas arrasadas por las llamas.

Para entender por qué ocurre esta catástrofe, llamé a Eyal Weintraub, justamente uno de los fundadores de Jóvenes por el Clima Argentina, organización parte de Fridays For Future, que mundialmente lidera Greta Thunberg.
“Los incendios de este año fueron los peores de la historia y, sin embargo, van a seguir empeorando”, me preocupó Eyal. 
Lo más grave es que el 75% de los incendios son ocasionados por el ser humano. Entre las causas están la deforestación y el desmonte ilegal, la especulación inmobiliaria y el avance de la frontera agrícola, principalmente el cultivo de soja y la ganadería, actividades primarias esenciales para el continente.
Pero el costo parece ser más alto que el beneficio: “La destrucción ambiental como los incendios benefician a un porcentaje muy chico de la población”, me apuntó Eyal, quien ve con claridad que el histórico modelo agroexportador en la región no genera necesariamente una salida de la pobreza, sino todo lo contrario:

  • “No puede ser la pobreza una justificación para no actuar y legislar en materia ambiental, porque los conflictos ambientales son parte de la razón de la pobreza. Hay que romper la dicotomía de que la producción y la economía se contradicen con medidas ambientales. Tenemos que tomar la crisis ecológica como una oportunidad para cambiar un sistema que es pésimo desde la materia social”.

Como ese modelo de producción primaria se inserta en el tablero de la economía global, Jóvenes por el Clima tiene un reclamo permanente: el reconocimiento legítimo de la deuda ecológica de América Latina. ¿Y qué significa eso? Que Estados Unidos, Europa, el FMI y demás organismos multilaterales de crédito condonen las deudas de los países por el abuso que históricamente se le hizo a la región, que brindó mano de obra barata y recursos naturales para el desarrollo del Primer Mundo. Esto, además, se enmarca en el rol de cuidar los bienes comunes naturales que tendría Latinoamérica en una transición global hacia un modulo económico mundial no contaminante.
Eyal lo explica así:

  • “El contrapunto de la deuda financiera del Sur hacia el Norte es la deuda ecológica del Norte hacia el Sur. Nadie habla de los miles de millones de dólares que nos deben a nosotros por cuestiones histórica y también actuales. Nunca al momento de definir quién le debe a quién se incorpora la perspectiva de que nuestra región ha sufrido cinco siglos de saqueos, colonización y extractivismo. Y si quieren que nosotres cuidemos la naturaleza, porque no podemos industrializarnos ya que el planeta no lo aguanta, que se condone la deuda externa latinoamericana y del Sur global mediante una inyección de dinero”.

A esta problemática se suma el intenso asesinato de activistas en la región. Según la organización internacional Global Witness —que registra los asesinatos y desapariciones forzadas de personas defensoras de la tierra y el ambiente alrededor del mundo— dos tercios de los asesinatos de 2019 ocurrieron en América Latina.
El ranking lo lidera Colombia (64 casos), y entre los restantes 10 países, la mitad son latinoamericanos: Brasil, México, Honduras, Guatemala y Venezuela.

Escazú y el futuro
Pero entre tantas pálidas, una buena noticia es el Acuerdo de Escazú, el primer tratado regional que promueve la obligatoriedad de incluir la perspectiva de la ciudadanía cada vez que se tome una medida que dañe al ambiente.
“Escazú tiene que ser el puntapié para lograr una democracia más verde, participativa y abierta, principalmente en cuestiones ambientales, pero que no se quede ahí”, analizó Eyal cuando le pregunté sobre el tratado.
La semana pasada México ratificó el acuerdo, completando así los 11 países que se necesitaban para que entrase en vigor. Se sumó al lote de países que completan Argentina, Antigua y Barbuda, Bolivia, Ecuador, Guyana, Nicaragua, Panamá, San Cristóbal y Nevis, San Vicente y las Granadinas, y Uruguay, que ahora deben motorizar legislaciones internas en ese sentido.
Eyal espera que la jugada impacte a nivel geopolítico e influya a los demás Estados que no lo ratificaron. La figurita más difícil es la de Brasil, obviamente por la presencia de Jair Bolsonaro en el poder, aunque —y esto ya es lectura mía— sin Donald Trump en la Casa Blanca como su más estrecho aliado quedaría solo en su postura negacionista sobre el cambio climático.
Escazú demuestra que hay oportunidades en la compleja realidad ambiental en el continente. Pero eso, cierro con el análisis general de Eyal, que espero nos sirva para mirar un poco más allá de nuestro metro cuadrado propio:

  • “Estamos con un nivel de concientización ambiental nunca antes visto, pero a la vez nunca estuvimos tan en la B. Vivimos inmersos en una pandemia culpa de un virus zoonótico directamente relacionado a la degradación ambiental. Hay mayor protagonismo de la agenda ambiental y los políticos también incrementan su apuesta, pero todavía es muy poco y muy lento. Necesitamos cambios drásticos, no para los próximos 10 años, sino hoy, para que dentro de 10 años no estemos inmersos en la peor crisis que hayamos visto en la historia de la humanidad”.

Si te interesó el tema…

  • Mirá este especial del New York Times sobre el efecto del fuego en el humedal brasileño Pantanal.
  • Seguí a Tais Gadea Lara, una colega especialista en la materia que me ayudó un poco para este boletín y que publica una newsletter semanal muy buena en RedAcción.
  • En esta web podés seguir en tiempo real los focos activos de incendio en áreas protegidas y territorios indígenas en la región.
  • Acá podés leer completo el Acuerdo de Escazú.
  • Leé este poema-manifesto de Gabriela Cabezón Cámara inspirado en el libro “El colapso ecológico ya llegó” de Maristella Svampa y Enrique Viale.

Un voto de impacto regional

*Nota publicada originalmente en la 2# Semilla

Pensemos un poco la carrera a la Casa Blanca. Para América Latina no es una elección que pase desapercibida, si tenemos en cuenta que la gran mayoría de los países tienen una dependencia con Washington “media” o “alta” y que “la Administración Trump le ha dado un nuevo impulso al histórico expansionismo estadounidense en la región”, como señala este informe del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).
Y, justamente, para hablar del impacto de las elecciones estadounidenses en la región, me contacte por mail con Aníbal García Fernández, miembro de la CELAG y magíster y licenciado en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

¿Existe un voto latino?
Unos 32 millones de latinos tienen derecho a votar en EE.UU. y pueden ser decisivos, ya que conforman la primera minoría. Sin embargo, hay que entender que no es un grupo homogéneo que vota en bloque, sino que la percepción de la política cambia si hablamos de, por ejemplo, los puertorriqueños que viven en Nueva York, los mexicanos en la frontera o los cubanos en Miami.
“Tanto Trump como Biden pretenden capitalizar el voto latino”, me escribió Anibal, y aseguró que uno de los problemas de la minoría “es su heterogeneidad”. 
De hecho, la estrategia electoral de ambos candidatos hacia los latinos fue distinta. Aníbal me contó que mientras el demócrata Biden prometió derogar todos los decretos referentes a migración firmados por Trump, el actual presidente aseguró que continuará extendiendo el muro fronterizo. Habrá que ver si esas posturas hacen mella en la elección, porque la migración ilegal es un tema de debate, aunque está solapado. “Es tema a debate pero matizado para no afectar la decisión de los que sí pueden votar.
A pesar de ello, Trump sí ha hecho referencia a la migración ilegal y no deja de mencionar la construcción del muro, pero también lo hace porque le habla al electorado blanco, que es su electorado fuerte”, me explicó Anibal, para quien la clave está en cómo vota el estado de California. Allí vive la mayor cantidad de inmigrantes, tanto que el 45,2% de la población de Los Ángeles es latina, poco más de seis millones de personas.

La mirada desde afuera
Ahora bien, ¿qué pasa puertas afuera de EE.UU.? Ya mencioné más arriba el nivel de dependencia histórica que existe en la región, a lo que se suman algunos movimientos de la Casa Blanca para seguir controlándonos, sobre todo porque “la presencia china les preocupa mucho”, como me dijo Anibal. Últimamente hubo una cadena de recientes acciones norteamericanas en esa línea: 

  1. La Iniciativa América Crece, que para Aníbal “pretende establecer la contraparte de la nueva ruta de la seda”.
  2. La designación de Mauricio Claver-Carone en el Banco Interamericano de Desarrollo (primer norteamericano en ser elegido al frente de la entidad), que “va en el sentido de quitarle espacio de inversión a China (…) y con ello lograrán amarrar una enorme cantidad de proyectos en infraestructura, que es donde China tiene más presencia en la región”.
  3. Y el apoyo a golpes de Estado como una vieja forma para controlar gobiernos opositores: “Ahí está el caso de Bolivia, pero también los intentos de desestabilización en Venezuela”, cerró Anibal.

Para terminar, le pregunté a Anibal qué se puede esperar para Latinoamérica del próximo gobierno de EE.UU., y esto respondió: 

  • Si gana Trump, la política que hemos visto en los últimos años continuará, o sea, una forma peculiar de gobernar en la que hay mucho en redes sociales de Trump, pero no todo se materializa. Una suerte de agresividad discursiva, pero con algunos contrapesos en el congreso y la justicia. Pero América Latina tiene también su propia lógica, el eje México-Argentina ha intentado salvar la integración latinoamericana, la presidencia de México en la CELAC también pretende fomentar la unidad. Está en puerta las elecciones en Bolivia (que fue ayer), Ecuador y Venezuela y esos casos son cruciales para EEUU. Desestabilización en Venezuela, y apoyos a candidatos de la derecha en Bolivia y Ecuador”.
  • De ganar Biden, podríamos esperar que las cosas cambien en forma pero no necesariamente en contenido. Tomando el caso migratorio, no hay que olvidar que fue Obama el que tuvo los registros de deportados más elevados, incluso más que Bush y que Trump. Obama comenzó con los intentos de desestabilización en Venezuela, así que tampoco es que haya muchos cambios. En este tipo de aspectos es importante mirar siempre las particularidades de los países latinoamericanos”.

Si estás manija con las elecciones yanquis…

  • …pero no sabías que el voto es indirecto, este video cortito te explica cómo funcionan las elecciones yanquis.
  • Este podcast español relata cómo fueron las campanas norteamericanas en los últimos 70 años.
  • Una y dos entrevistas del gran Hugo Alconada Mon en La Nación que intentan analizar qué impacto tuvo, tiene y tendrá el gobierno de Trump en política (y la sociedad).
  • La serie de Martín Schapiro en Cenital sobre estas eleciones.

Y si queres saber sobre la influencia norteamericana en la región…

  • Acá podes leer completo el informe de la CELAG con excelentes mapas e infografías sobre la dependencia latinoamericana con Trump. 
  • acá hay una recorrida histórica del intervencionismo de EE.UU. en América Latina. Es viejito, pero el mapa grafica increíblemente la obsesión yanqui por nuestro territorio.