31 de mayo de 2021

Nací en Córdoba, centro de la Argentina, hace 33 años. Vivo en Buenos Aires, capital de la Argentina, hace once.

Una pregunta existencial me recorre desde hace tiempo: ¿Soy latinoamericano? ¿Solo porque nací en la misma región geográfica? ¿O hay algo que subyace a eso? 

Porque Argentina es un país dentro de la región, pero no siempre en su Historia le gustó ese mote. Hay quienes dicen algo así como que tuvo que resignarse con ser latinoamericana, pero que llegó a tener niveles de riqueza similares a los del llamado “Primer Mundo”.

¿Qué es ser latinoamericano? 

Me siento latinoamericano, pero no tengo argumentos para responder con profundidad, aún estoy dando mis primeros pasos sobre mi identidad como tal.


Latinoamérica es una palabra que me resuena internamente. Y no sé porqué. En mi búsqueda por una explicación leo, escribo, pregunto, avanzo, retrocedo. Quiero enterarme de todo lo que pasa en la región. Tal vez así encuentre qué significa.

Me inventé un sitio para poder contar y pensar la región a través de historias y contenidos periodísticos.

Quiero que se convierta en una agencia de contenidos latinoamericanos, con pie en todas los países, siendo referencia para estudiantes, intelectuales, políticos y cualquier interesado en Latinoamérica.

Apenas voy por la etapa de ser un “proyecto” donde escribo y publico notas al respecto.


Buscando las historias detrás de la Historia latinoamericana, la semana pasada publiqué en La Tinta una entrevista a Natividad Llanquileo, cuyo nombre fue el primero en salir en el recuento de votos para la Convencional Constituyente de Chile de hace dos domingos atrás.

Mujer y mapuche, campesina y abogada.

Latinoamericana, me faltó decir.

Ocupará una de las 17 bancas -de las 155 en total- que se reservaron para los pueblos originarios en el cuerpo que reformará la Constitución pinochetista.

Dijo cosas hermosas. Como estas:

—Se va a terminar con una Constitución heredada de la dictadura, con todo lo que implicó, como la violación sistemática de los derechos humanos y los desaparecidos. Estamos terminando con una historia oscura de lo que nos ha tocado vivir como país. Es la primera vez que se elige democráticamente a quienes escriben esta Carta fundamental y eso implica una responsabilidad tremenda. Esperamos cambiar este modelo, que es discriminatorio, segregador y beneficia solo a unos pocos, mientras los demás seguimos mirando.

O estas:

—Cuando hablamos de plurinacionalidad, tiene que ver con una aceptación normativa de los pueblos y naciones que ya existían antes de la conformación del Estado, y que ya tenían sus formas de vida. Esa vida tiene que ser respetada. Esa es una de las principales demandas. 

Y finalmente…

—Es interesante lo que pasa a nivel regional, porque siempre que hay una demanda de los diferentes movimientos sociales, el Estado responde con represión, y esa no es la solución. En Chile, nos han reprimido muchos años, al pueblo mapuche lo siguen reprimiendo y sigue habiendo personas encarceladas. Pero, ¿es la solución la represión y la criminalización la respuesta que se da desde el Estado? Esa es la pregunta que hay que hacerse. La solución pasa por buscar formas políticas de cambiar las cosas. Pero para eso tenemos que estar de acuerdo, tratar de buscar puntos que nos junten y que no nos separen. Tenemos que reconocer que en la región existen pueblos originarios y que son parte, y que van a seguir siendo parte, les guste o no les guste. Vamos a estar ahí, vamos a incidir. No es que los pueblos originarios tengan que cambiar, es el Estado o la sociedad dominante la que tiene que cambiar. Porque nosotros no nos vamos a ir, vamos a seguir estando. El que llega de afuera se tiene que acomodar a quienes estaban antes. Ese es el mensaje. ¿Quién les dijo que el hecho de ser blancos o diferentes significa ser superior al otro? No puede ser.

Estamos en una etapa de nuestras vidas, a nivel regional, en la que las cosas tienen que cambiar. Yo no le pido al resto que sea mapuche, entonces, no me pida el resto de que yo sea de una forma distinta. Lo que tiene que regir es el respeto, el respeto de que el otro sea distinto. ¿Por qué me tienen que molestar? Existen naciones que son distintas a los Estados que se conformaron y que negaron la existencia de los pueblos originarios que ya existían, y por eso siempre va a existir la reclamación de que nosotros estábamos desde antes. Pero hoy día, se trata de coexistir en un espacio determinado, donde cada uno sea reconocido como sujeto de derechos. Somos personas y seres humanos que estamos aquí, tenemos nuestras formas y nuestras prioridades distintas. Somos pueblos que tenemos una forma distinta de ver la naturaleza, no como algo que hay que explotar, sobreexplotar y que beneficia a unos pocos. ¿A quién no le gustaría que las cosas pudieran cambiar?

Este cambio constitucional existe porque el pueblo se lo ganó. Nadie se lo regaló. El pueblo obligó a quienes tienen representación parlamentaria a que llegaran a un acuerdo. Y la gente espera que esto cambie, porque, si no, en cinco años, vamos a estar con un estallido social de nuevo.


Vi esta hermosa foto de Lula que habla mucho de la hermandad latinoamericana. El ex presidente dijo al diario inglés The Guardian que «Bolsonaro es un psicópata».


«Nadie puede asegurar que se van a producir cambios revolucionarios en América Latina hoy. Pero nadie puede asegurar tampoco que no se produzcan en cualquier momento en uno o varios países. Si uno analiza objetivamente la situación económica y social en algunos países, no puede tener la menor duda de que se trata de una situación explosiva. (…) Si a esos problemas no se les halla solución urgente -y el ALCA no es una solución, y la globalización neoliberal tampoco-, puede ocurrir más de una revolución en América Latina cuando menos se lo imagine Estados Unidos. Y no podrá culpar a nadie de promover esas revoluciones»

Palabras de Fidel Castro en 2006 -en el libro «Cien horas con Fidel», de Ignacio Ramonet-, pero bien podría ser de estos tiempos.

Algunas cosas que vi esta semana que pasó:

  • Colombia ya lleva un mes de protestas continuas, y se denuncian 67 víctimas fatales en manos de la policía y más de 300 desaparecidos.
  • México enfrenta un baño de sangre en la previa a las elecciones municipales del próximo domingo: ya van 88 políticxs asesinados.
  • Perú tuvo ayer su último debate presidencial de cara al balotaje entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori.
  • En República Dominicana hubo multitudinarias protestas para exigir la despenalización del aborto.

“Chile eligió constituyentes para un cambio radical”

*Nota publicada originalmente en La Tinta.

La boleta con su nombre fue la primera que se conoció públicamente el domingo 16 de mayo por la noche en Chile, cuando comenzó el recuento público de votos para la Convención Constituyente. Mujer y mapuche, Natividad Llanquileo ya es parte de la historia reciente del país trasandino que, a casi dos años del estallido social de octubre de 2019, tendrá la posibilidad de cambiar una Constitución de raíz pinochetista.

Abogada, de 36 años y diplomada en Derechos Humanos, Políticas Públicas e Interculturalidad, Llanquileo ocupará una de las 17 bancas -de las 155 en total- que se reservaron para los pueblos originarios, dentro de una Convención que estará dominada por partidos de izquierda y sectores independientes. Un reflejo del cambio que atraviesa al país, donde la derecha, en su vértice liderada por el presidente Sebastián Piñera, no llegó siquiera al tercio de los votos, algo que le hubiera permitido ostentar un poder de veto de cualquier reforma.

“Estamos frente a un proceso histórico”, analiza Llanquileo en esta entrevista realizada vía Zoom desde el sur de Chile, donde creció y vivió hasta los 18 años, antes de migrar a Santiago para estudiar Derecho. Su bandera siempre fue la defensa de los territorios por parte de las comunidades mapuche; e incluso, en 2010, fue la cara visible de una huelga de hambre que llevaron adelante 35 mapuche detenidos para exigir la derogación de la ley antiterrorista.

“Por primera vez como pueblos originarios, podemos estar en una toma de decisión tan relevante como es la redacción de una nueva Constitución”, asegura.

Durante la conversación, exige que la Convención cambie “radicalmente” al país, expone las demandas que buscará que queden plasmadas en la nueva Carta Magna, defiende que haya participación ciudadana durante todo el proceso -que durará entre nueve meses y un año-, llama a un respeto definitivo hacia los pueblos originarios y destaca el rol femenino, que ocupará la mitad de las bancas en una instancia de semejante magnitud.


“Va a ser una Constituyente paritaria y eso es muy relevante. Fue muy emocionante que el primer voto fuera para una mujer y encima para una mujer mapuche. Cuando salió ese primer voto, yo no estaba viendo la televisión, sino que me llamaron y me comentaron -confiesa-. Afortunadamente, ese primer voto fue un buen augurio, porque terminamos estando dentro y vamos a poder participar de la reforma de la Constitución”.


—La actual Constitución data de la dictadura de Pinochet. ¿Qué valor tiene que la puedan cambiar por completo?

—Se va a terminar con una Constitución heredada de la dictadura, con todo lo que implicó, como la violación sistemática de los derechos humanos y los desaparecidos. Estamos terminando con una historia oscura de lo que nos ha tocado vivir como país. Es la primera vez que se elige democráticamente a quienes escriben esta Carta fundamental y eso implica una responsabilidad tremenda. Esperamos cambiar este modelo, que es discriminatorio, segregador y beneficia solo a unos pocos, mientras los demás seguimos mirando.

—A la luz de los resultados, ya hubo un cambio: la derecha retrocedió y avanzaron los distintos partidos de izquierda y sectores independientes. Entonces, ¿cómo analiza la conformación general de la Convención?

Vemos con bastante optimismo lo que se viene y esperamos que eso se refleje lo más pronto posible en la práctica: que realmente beneficie a la gente, que espera cambios en la cotidianeidad. Ha sido muy satisfactorio pensar que gran parte de los convencionales están para cambiar realmente el modelo que hoy en día existe. Y ese era uno de los principales desafíos y problemas que nos podíamos encontrar como pueblos originarios. Esperemos que no haya sido algo solo de los discursos. Los partidos políticos han sido criticados y no representan los intereses colectivos, y hoy día podemos ver que el pueblo los castigó.

—Se habló de que Chile vivió un “terremoto” político, porque también hubo cambios muy importantes a nivel de los poderes locales. 

—Es que tampoco daba lo mismo elegir a las alcaldías, los gobiernos locales o regionales, así como sucederá lo mismo en las próximas elecciones presidenciales. Porque serán ellos los que finalmente adecuen las leyes en relación a la Constitución que vaya a quedar. Y apostamos a que la Constitución que se redacte sea aprobada por todos los votantes, porque tiene un plebiscito de salida que es obligatorio. Pero esa no puede ser la única participación del pueblo, sino que tiene que haber una participación desde el inicio hasta el final.

—¿El acompañamiento de la sociedad será uno de los grandes desafíos de este proceso constitucional?

—Será muy importante ver cómo hacemos partícipe al pueblo en sí. No existió nunca que sean los propios territorios los que estén en las tomas de decisiones. Siempre hubo un poder central y el resto acataba. Uno de los primeros desafíos que tenemos es la redacción del reglamento para saber cómo vamos a sesionar los 155 convencionales que somos y ahí tenemos que dejar bien establecida la participación social. Nosotros no podemos pretender, porque fuimos electos, que finalmente tomemos todas las decisiones por los territorios. Eso no puede ser, no se puede repetir.

Tenemos que ser solo un puente con los territorios, no podemos ser los únicos que lleven adelante todo. Eso significa cambiar las cosas: tenemos que funcionar de forma distinta para que esta Constitución sea lo más representativa posible. Tenemos la oportunidad histórica de cambiar la forma de hacer las cosas. No podemos darnos el lujo de no hacerlo, porque en nuestras vidas se va a volver a repetir. No es fácil cambiar una Constitución, por lo que va a ser tremendamente relevante la participación del pueblo, de las comunidades y de sus organizaciones territoriales, que tendrán que estar presentes.

Chile mujeres mapuche la-tinta

—¿Cuáles son sus consignas para la Constituyente? ¿Tiene que declararse a Chile como un Estado plurinacional? 

—Varias candidaturas han estado proponiendo un Estado plurinacional, pero no sabemos qué entienden ellos por eso. Nosotros, desde un principio, planteamos que tienen que asegurarse los derechos del territorio, políticos, económicos, culturales y lingüísticos. Cuando hablamos de plurinacionalidad, tiene que ver con una aceptación normativa de los pueblos y naciones que ya existían antes de la conformación del Estado, y que ya tenían sus formas de vida. Esa vida tiene que ser respetada. Esa es una de las principales demandas. Pero también hay otras como, por ejemplo, cambiar este modelo económico, que es extractivista, depredador y que ha hecho un tremendo daño al pueblo chileno en general. Solo se benefician unos pocos y el resto se queda mirando. Y, por supuesto, también buscamos la ampliación de los derechos sociales, que es algo transversal: la educación, la niñez, las pensiones, las mujeres. Queremos que no solo haya un catálogo lindo de derechos, sino que efectivamente se puedan cumplir. Y ahí entramos en un cuestionamiento de los poderes del Estado y en cómo tienen que funcionar. Esa es la discusión que ya tenemos en estos días y por eso no podemos descansar.

—Están dispuestos a hacer un cambio radical del Estado.

—Ese fue el mensaje que Chile dio eligiendo los constituyentes que eligió. Quiere un cambio radical, porque el estallido social de 2019 significó que estamos cansados. Llegamos a un punto donde ya no se pudo aguantar más. El modelo que existía con anterioridad no funcionó y nos llevó a este colapso. Entonces, necesitamos cambios estructurales. Y por eso, la mayoría fueron votos independientes de los partidos políticos y del empresariado.


En el caso mapuche, por ejemplo, hubo partidos de derecha que patrocinaron candidaturas y que no lograron ningún cupo. El mundo mapuche dio un mensaje ahí también, al igual que el pueblo. La verdad es que tenemos mucha más esperanza que la que teníamos días atrás, así que finalmente hay que hacer un cambio y que sea un cambio radical. 


—Más allá de que los resultados sean esperanzadores, ¿cuán posible es llegar a hacer ese cambio radical, teniendo en cuenta que la izquierda y los independientes también son sectores diversos entre sí? ¿Cómo analiza la negociación política que va a tener que darse?

—Yo lo veo con cierto optimismo, porque vamos a estar muy controlados por la ciudadanía, que está muy empoderada sobre las decisiones que se están tomando. Vamos a estar muy mirados. La gente votó por los programas políticos y estos tenían que ver con cambios estructurales. Entonces, ahora, estando ya adentro, no podemos cambiar. Estamos obligados a cumplirle a la gente. Porque, insisto, esto tiene un plebiscito de salida y todos queremos que funcione. Si no, nos vamos a quedar con la misma Constitución que tenemos ahora. Y la gente quiere un cambio. Entonces, más allá de querer o no querer los convencionales cambiar las cosas, están obligados a hacerlo. Y no solamente habrá un control de la ciudadanía, sino también del resto de los constituyentes. Nosotros vamos a estar ahí mirando lo que va a estar pasando. Y si hay alguien que funciona de forma distinta a cómo convenció a la gente para que lo vote, simplemente lo vamos a denunciar. 

—El plebiscito de salida de la Constitución es obligatorio, pero la elección de los convencionales no lo fue y hubo poca participación, incluso en las comunidades originarias, que apenas superó el 22 por ciento. ¿Por qué cree que fue tan grande la abstención?

Hubo una baja participación en una elección como esta, pero fue algo que ocurrió a nivel nacional. Hoy día, estamos en una situación compleja con la pandemia y la gente está preocupada por resolver la cotidianeidad. No hubo respuesta del Estado, por lo que la única posibilidad que tuvimos fue sacar de nuestros ahorros previsionales, que no todos tenían. También faltó información, porque no podíamos llegar a todos los territorios. Yo creo que sintieron que no era importante, porque esto a veces se convierte en algo muy técnico y cuesta que la gente entienda a la primera. No hay educación cívica para que la gente tenga interés en la toma de decisiones. Hay tanta crisis de los partidos políticos que la gente cree que la política es mala, pero, en definitiva, todo lo que hacemos es política.

Chile bandera mapuche la-tinta
Imagen: Agencia UNO

—Además del reglamento interno, también tiene que definirse la presidencia de la Convención. ¿Qué posibilidades hay de que usted la presida?

Hay harto interés de que la presidenta sea una mujer, ya que la presencia de las mujeres, no solo en la sociedad chilena, sino también en el mundo indígena, es muy importante. Hay que evaluar lo que decidan los convencionales, hay que esperar porque todavía queda un poquito más de un mes para comenzar. Si llegara a suceder, hay que asumir la responsabilidad como siempre lo he hecho. Si la gente estima que sea así, estamos por los cambios.

—Aunque exigían una mayor representación, finalmente, 17 fueron los escaños reservados para los distintos pueblos originarios. ¿Cómo son las relaciones entre ustedes? ¿Hay coincidencias sobre los cambios que hay que plantear en la nueva Constitución?

—Hay más coincidencias que diferencias. Pedíamos 24 bancas, pero los 17 escaños reservados para nosotros fue lo último que se resolvió, por lo que tuvimos que correr contra el tiempo para inscribir las candidaturas y hacer campaña. Con los demás pueblos, tuvimos que conversar rápidamente para ver qué camino podríamos emprender para no encontrarnos con dificultades en la Convención misma. Eso es un desafío que tenemos y estamos dispuestos a defender nuestros derechos, que son colectivos y no individuales.

—Uno de sus mensajes de campaña fue “del campo a la ciudad”. ¿Qué representa de la realidad del pueblo mapuche hoy, que además ahora coincide con otros sectores sociales en la Convención Constituyente? 

—Lo planteamos así porque la candidatura es levantada desde el mundo mapuche campesino, pero también logra unificarse con el mundo trabajador de la ciudad. Hay que recordar que hay, al menos, un 60 por ciento de los mapuche que emigraron hacia las ciudades, principalmente a la región metropolitana de Santiago. En mi caso, hice ese recorrido: viví en el campo, con todo lo que significa identificarse con la vida campesina, pero también enfrentarse a la discriminación y a un sinnúmero de cosas, para luego llegar a la ciudad, donde se sigue la misma lógica de discriminación y condiciones laborales muy paupérrimas. Entonces, fui conociendo lo que pasa en el campo y en la ciudad. Y que estemos en la Convención significa que tenemos que tener una visión general sobre todos los pueblos, especialmente los que fueron abandonados y que viven en las comunas más periféricas de las grandes ciudades. Por eso, tenemos que estar cerca de la gente para conocer sus prioridades. En el campo, puede haber una gran demanda sobre los derechos territoriales y del agua, y en las ciudades, derechos a la salud intercultural, a la educación intercultural o a la vivienda, que actualmente no están garantizados.

—Esta Convención Constituyente es resultado de un proceso que comenzó con el estallido social de 2019. ¿Cómo analiza ese proceso? ¿Integró definitivamente al pueblo mapuche con el resto de la sociedad? ¿Le permitió a sus demandas históricas hacerse más visibles? Pienso en la gran cantidad de banderas mapuche que se vieron durante las manifestaciones más numerosas de aquel octubre, luego de que la protesta se iniciara con un hecho puramente urbano, como fue saltar los molinetes del metro por parte de los estudiantes. 

—Nosotros no creemos que el estallido social se haya levantado desde la ciudad misma, sino que fue producto de las diferentes manifestaciones que se vinieron realizando durante mucho tiempo. Además, dentro de lo urbano, los mapuche también trabajan, son estudiantes y no fueron ajenos a este proceso. La palabra “estallido” viene muy bien, porque en definitiva estalló todo lo que se vino acumulando durante mucho tiempo, y ahí el reconocimiento que se da al movimiento mapuche, que resistió siempre.

Chile mapuche movilizacion la-tinta

—¿Qué mensaje podría dar este proceso chileno al resto de la región, pensando en lo que vive actualmente Colombia, que parece tener su propio “estallido social”? ¿Y qué podría significar la participación mapuche y de las demás naciones originarias, teniendo en cuenta que en Argentina hay mapuches, pero también existen muchísimos pueblos indígenas en todo el continente, que en muchos casos son sistemáticamente discriminados o reprimidos por el Estado o las élites sociales?

—Es interesante lo que pasa a nivel regional, porque siempre que hay una demanda de los diferentes movimientos sociales, el Estado responde con represión, y esa no es la solución. En Chile, nos han reprimido muchos años, al pueblo mapuche lo siguen reprimiendo y sigue habiendo personas encarceladas. Pero, ¿es la solución la represión y la criminalización la respuesta que se da desde el Estado? Esa es la pregunta que hay que hacerse. La solución pasa por buscar formas políticas de cambiar las cosas. Pero para eso tenemos que estar de acuerdo, tratar de buscar puntos que nos junten y que no nos separen. Tenemos que reconocer que en la región existen pueblos originarios y que son parte, y que van a seguir siendo parte, les guste o no les guste. Vamos a estar ahí, vamos a incidir. No es que los pueblos originarios tienen que cambiar, es el Estado o la sociedad dominante la que tiene que cambiar. Porque nosotros no nos vamos a ir, vamos a seguir estando. El que llega de afuera se tiene que acomodar a quienes estaban antes. Ese es el mensaje. ¿Quién les dijo que el hecho de ser blancos o diferentes significa ser superior al otro? No puede ser.

Estamos en una etapa de nuestras vidas, a nivel regional, en la que las cosas tienen que cambiar. Yo no le pido al resto que sea mapuche, entonces, no me pida el resto de que yo sea de una forma distinta. Lo que tiene que regir es el respeto, el respeto de que el otro sea distinto. ¿Por qué me tienen que molestar? Existen naciones que son distintas a los Estados que se conformaron y que negaron la existencia de los pueblos originarios que ya existían, y por eso siempre va a existir la reclamación de que nosotros estábamos desde antes. Pero hoy día, se trata de coexistir en un espacio determinado, donde cada uno sea reconocido como sujeto de derechos. Somos personas y seres humanos que estamos aquí, tenemos nuestras formas y nuestras prioridades distintas. Somos pueblos que tenemos una forma distinta de ver la naturaleza, no como algo que hay que explotar, sobreexplotar y que beneficia a unos pocos. ¿A quién no le gustaría que las cosas pudieran cambiar?

Este cambio constitucional existe porque el pueblo se lo ganó. Nadie se lo regaló. El pueblo obligó a quienes tienen representación parlamentaria a que llegaran a un acuerdo. Y la gente espera que esto cambie, porque, si no, en cinco años, vamos a estar con un estallido social de nuevo.

Reforma constitucional en Chile: la historia de la “Tía Pikachu”, de fenómeno viral a candidata

*Nota publicada originalmente en La Nación.

Una travesura infantil, un tropiezo en plena calle y el poder de las redes sociales podrían llevar a Pikachua participar en la próxima reforma de la Constitución en Chile. La frase parece inverosímil, pero esa mezcla de ingredientes tan distintos son los que hicieron popular a la “Tía Pikachu”, el seudónimo con el que se hizo conocida Giovanna Grandón, una transportista escolar de 44 años, que el próximo fin de semana competirá como candidata independiente para la Convención Constituyente del vecino país.

La “Tía Pikachu” se volvió viral el 25 de octubre de 2019 cuando salió a manifestarse con un disfraz inflable del conocido personaje de Pokémon, en pleno estallido social que siguió a las protestas por el aumento del transporte público. Durante la marcha comenzó a saltar al ritmo de “¡baila Pikachu!” que coreaban a su alrededor, hasta que en un momento tropezó con el cordón de la vereda y se cayó. La escena quedó capturada en varios celulares y no tardó en desperdigarse por las redes. En Twitter ese primer video ya tiene 1.2 millones de vistas, y en YouTube, casi 205.000. Se volvió famosa de la noche a la mañana y un emblema de la protesta social en el mundo: hasta en protestas en Francia usaron el mismo disfraz para llamar la atención pública.

El apoyo social que cosechó, así como el descontento hacia los partidos políticos tradicionales y la grave crisis económica-social que Chile vive desde antes de la pandemia, convencieron a Grandón de participar en la redacción de una Constitución, que reemplazará a la que rige actualmente, escrita en 1980, durante la dictadura de Augusto Pinochet. Y lejos de las críticas que recibe por representar un dibujo animado, la Tía Pikachu sabe muy bien cuáles serían sus prioridades en caso de ingresar a la Convención: “Beneficios para todos en salud, educación, pensiones, servicios, alimentos y minerales. Queremos que todo sea para el Estado y en beneficio de la gente”, enumera, hacia el final de la campaña, en diálogo con LA NACION vía Zoom.

De una travesura a un símbolo

La historia de la “Tía Pikachu” comenzó en septiembre de 2019 con una picardía infantil, cuando su hijo de 7 años tomó el celular de su padre y comenzó a comprar sin límites en la plataforma de ventas online china AliExpress. Un gorro, un micrófono, el disfraz de Pikachu… En total gastó casi 600.000 pesos chilenos, unos 800 dólares. Los productos llegaron en octubre, y ella los vendió a todos, menos el traje, que lo guardó para festejar el Halloween que se avecinaba.

Pero la Noche de Brujas quedó desdibujada cuando estallaron las protestas por el aumento del transporte público y se convocó a una masiva movilización para el 25 de ese mes contra el gobierno de Sebastián Piñera. Grandón y su marido decidieron participar con un grupo de amigos y familiares, y ella llevó el disfraz. “Estaba saliendo de casa sin nada, pensando que en la manifestación podía comprar algo para meter bulla, porque mi sartén ya estaba destrozada –recuerda, sobre los cacerolazos característicos de esa época-. En eso me acordé del traje y volví a buscarlo. Lo tenía escondido debajo de la cama para que mis hijos no lo sacaran”.

Giovanna Grandón se postuló para la Convención Constituyente
Giovanna Grandón se postula para la Convención Constituyente. Foto: Prensa

Lo que siguió fue el tropezón y sus repercusiones. Grandón lo cuenta así: “En la marcha varios tocaban instrumentos, así que empezaron a cantar «baila Pikachu» y yo, a bailar. Di una vuelta y caí, apenas pocos minutos después de habérmelo puesto. Es que la única parte que yo veo es la boca, que tendrá unos 20 centímetros de diámetro. Pero la gente se reía y eran puras carcajadas, así que, cuando me caí, me paré y seguí bailando”.

La mujer ganó protagonismo en la marcha más masiva de la historia chilena: un millón de personas ocuparon las inmediaciones de la Plaza Italia, hoy también conocida como Plaza Dignidad. Y cuando llegó a la noche a su casa, su hija mayor le dio identidad en las redes. Publicó en su Instagram que su mamá era la “Tía Pikachu” y los seguidores fueron tantos que le abrió una cuenta propia. Un amigo le hizo el logo. La cuenta oficial ya supera los 145.000 seguidores.

De “tía” a candidata

“Tía” le dicen en Chile a las maestras jardineras. Grandón lo fue durante 15 años, y luego le siguieron siete como transportista escolar. Pero por la pandemia y la pausa de la presencialidad de las clases, tuvo que reinventarse: ahora se dedica a vender y repartir productos como frutas, quesos, huevos y miel. Nunca antes le había interesado la política. No tiene estudios universitarios. Y cuenta que de jóvenes, con su marido, trabajaban “de lunes a lunes, de las 5 de la mañana hasta las diez de la noche, para poder comprar una casa”, que aún está pagando. La pareja tiene cuatro hijos –Michelle, de 26 años; Jorgito, 20; Lucas, 10, y Diego, 8- y dos nietos, de 8 años y 9 meses.

Antes de saltar a la fama como “Tía Pikachu”, Grandón tenía otros planes junto a su familia. Se iban a ir a vivir a Piriápolis, Uruguay, buscando otros rumbos. Incluso estaban por vender su casa. El estallido social no solo cambió la historia de Chile, sino también la suya: “Le dije a mi marido: ‘Será de Dios, tendremos que quedarnos a luchar’. Porque para nosotros es una lucha, y nos gasean y tenemos que soportar los golpes de los pacos [como algunos denominan a los policías en Chile]. Pero seguí yendo a todas las manifestaciones porque no les tengo miedo”.

Grandón fue arrestada, denunciada penalmente, repelida por camiones hidrantes y hasta recibió un perdigón en un pie. Ya ocupó siete disfraces de Pikachu, porque los químicos que tiene el agua del camión hidrante deterioran la tela con la que está confeccionado. Sus seguidores le regalaron dos de esos trajes, y ella consiguió máscaras antigás para la manifestaciones. Su popularidad hizo que la invitasen a distintas marchas en diferentes puntos de país, por lo que llegó con su disfraz hasta bien al sur de Chile, como, Chiloé, a 1231 kilómetros de Santiago. También empezó a colaborar en ollas populares y eso le permitió relacionarse con más personas, entre ellas, sus potenciales votantes.

“Comenzaron a preguntarme qué pasaba con el tema de la Constitución. Me decían que podía ser constituyente, que salí del estallido social, que ayudaba en las ollas comunes –apunta Grandón-. Pero yo no quería porque no tenía estudios universitarios y pensaba que, como no sabía nada de leyes, no podía participar”. Finalmente, habilitaron para las elecciones a candidatos independientes extrapartidarios, Entonces ella se decidió y formó junto a un grupo de compañeros de las marchas la llamada Lista del Pueblo. Logró juntar 4300 patrocinios para ser candidata por el distrito 12 de Santiago, donde se encuentran tres de los barrios más humildes de la capital chilena. Y ahí empezó la campaña.La historia de la “Tía Pikachu”, de fenómeno viral a candidata – Fuente: YouTube

“Mi campaña es pobre. Tenemos impresora propia para imprimir nuestros flyers, y voy yo misma a volantear”, cuenta Grandón, que en algunos videos en YouTube se muestra haciendo campaña en las calles y el metro de Santiago disfrazada de Pikachu. En algunas de sus fotos se la ve con el traje hasta la cintura y la banda presidencial de Chile cruzando su pecho. La creatividad es la norma, ante los pocos recursos económicos con los que cuenta. “Yo recibí aportes de 200.000 pesos (unos 285 dólares), más lo que me prestó el Servel (el Servicio Electoral de Chile): 250.000 pesos (U$S 356), que tengo que devolver después de las elecciones”, dice, y critica a los candidatos partidarios: “Pusieron muchas limitaciones para nosotros, los 100% independientes. La derecha puso al frente de las candidaturas a gente muy conocida y querida, como actores y cantantes, que van a arrastrar en las listas a todos los políticos corruptos de siempre”.

«Me decían que podía ser constituyente. Pero yo no quería porque no tenía estudios universitarios y pensaba que, como no sabía nada de leyes, no podía participar»

¿Qué hará si logra entrar a la Convención? Grandón afirma que parte del sueldo de más de 3000 dólares que recibiría lo va a destinar a “una plataforma a nivel nacional donde la gente pueda poner sus necesidades y qué cosas tenemos que cambiar de la Constitución”. Pero las reglas internas de la Convención también tienen sus laberintos, porque toda propuesta debe ser aprobada con un quórum de 2/3 de los miembros, y en las elecciones de constituyentes el oficialismo va unificado y la izquierda repartida en distintas listas.

Pero Grandón tiene esperanzas: “Si la gente entiende que tenemos que salir constituyentes los que sean realmente independientes, podemos hacer los cambios. Nosotros estamos alineados con las cosas que necesita nuestra gente; en cambio, los partidos políticos siempre van a tratar de resguardar ese privilegio que tienen las grandes empresas y los robos millonarios que hacen. Hay que cambiar a todos y sacar caras nuevas, verdaderos representantes del pueblo”, expresa la Tía Pikachu. Un fenómeno viral que nació casi de casualidad en pleno estallido social, pero que tiene presente las banderas que se levantaron en octubre de 2019: “Esa es la pelea. Que la gente que salió a manifestarte, que ha muerto, que ha perdido los ojos, no quede en vano”.

Colombia en su hora más oscura

*Nota publicada originalmente en el sitio La Tinta.

“Nos están matando”. La frase de David Escobar, de 37 años, resume la dramática situación que se está viviendo en Colombia ante la brutal represión del gobierno de Iván Duque como respuesta a las manifestaciones que comenzaron el 28 de abril. “A mí, los del ESMAD (Escuadrón Móvil Antidisturbios) me dispararon con una escopeta, impactándome en el tórax -agrega Escobar, periodista de la ciudad de Cali, con quien La tinta se comunicó por WhatsApp este fin de semana-. No me pasó nada grave, porque tengo elementos de protección personal blindados”.

Mientas relataba su caso a este medio, Escobar atendía una solicitud de una brigada de salud autogestionada en Cali para comprar insumos médicos y atender a manifestantes heridos. También estaba en comunicación con dos amigos suyos de la Red de Derechos Humanos Francisco Isaías Cifuentes, que habían sido “atacados con objetos contundentes y mordidos por perros de la fuerza pública”. La noche anterior, a unas 10 cuadras de su casa, hubo un “ataque sicarial” desde una camioneta contra 10 personas de una brigada médica. Él mismo había participado esa tarde en el funeral de dos jóvenes asesinados en Siloé, al oeste de Cali, en la misma zona donde, a principios de mes, balearon a Nicolás Guerrero, de 22 años, mientras estaba en una vigilia en honor a las primeras víctimas de la represión, que se transmitió en vivo por Instagram con casi 200.000 espectadores.

El testimonio de Escobar se repite en innumerables casos en toda Colombia, ya recorrieron las redes sociales y el mundo entero. Amnistía Internacional (AI) y la Organización de Naciones Unidas (ONU) llamaron a garantizar el derecho a la protesta y alertaron sobre denuncias de desapariciones y violaciones a los derechos humanos. En la iniciativa Banco de Memoria, que documenta videos y audios de víctimas de los ataques policiales en Cali -y a los que accedió La tinta-, se pueden observar innumerables situaciones de miembros de las fuerzas disparando armas de fuego, manifestantes denunciando a agentes de civil o relatos de testigos “que fueron maltratados y a los que les robaron sus pertenencias”. Las imágenes fueron modificadas en blanco y negro, y muchas voces distorsionadas para evitar ser reconocidas por temor a represalias.

En los últimos 11 días, la violencia policial dejó cifras alarmantes: 39 muertos, 278 heridos, 963 detenciones arbitrarias, 111 casos de disparo de armas de fuego, 12 casos de violencia sexual y más de 500 denuncias de desapariciones, según un comunicado de ayer de las organizaciones de derechos humanos Temblores ONG y el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz.

Ya se cuentan más víctimas fatales de las que hubo, por ejemplo, en las protestas que siguieron al asesinato de George Floyd, en Estados Unidos, o en el estallido social de Chile. Hoy, América se desangra en Colombia.

Una sociedad movilizada

La primera víctima fatal en manos de la policía fue Marcelo Agredo, un joven de Cali de apenas 17 años, que salió a protestar en el paro nacional del 28 de abril. En medio de la manifestación, Agredo pateó a un policía que estaba arriba de una moto y salió corriendo. Al instante, el agente abrió fuego y le impactó en la espalda. Todo quedó grabado en las cámaras de seguridad de la calle y las imágenes no tardaron en llegar a Twitter.

“El Estado está saliendo a disparar”, analiza sobre la actual situación Sebastián Lalinde Ordóñez, abogado e investigador del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad (Dejusticia), y autor del libro Elogio a la bulla: protesta y democracia en Colombia. Y continúa: “La policía no puede usar armas de fuego y han salido a matar y a disparar. La violencia está fuera de control y, si uno compara al Estado con una guerrilla o una banda de delincuentes bien organizados, la diferencia es ninguna”.

Un Estado violento

La violencia estatal no es una novedad en Colombia, país históricamente atravesado por diversos conflictos entre el gobierno y las guerrillas, como las FARC, donde también jugaron un papel central los grupos paramilitares. Según un informe de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), publicado en febrero pasado, las fuerzas militares de Colombia mataron al menos a 6.402 civiles entre 2002 y 2008, y los presentaron como “bajas en combate”.

El drama de los “falsos positivos” tuvo lugar principalmente durante la gestión de Álvaro Uribe Vélez, mentor del actual presidente Duque, y quien el 30 de abril fue denunciado por Twitter por “glorificación de la violencia”, cuando defendió el uso de armas letales por parte de las fuerzas de seguridad. Aunque la realidad demostraba lo contrario, durante esta semana, Uribe declaró ante las pantallas de la CNN en Español y de TN frases como: “En Colombia, no hay violencia institucional”.

El gobierno de Duque señaló como únicos culpables de la violencia generalizada a “grupos vandálicos”, algo que ni Escobar ni Lalinde negaron a La tinta que existan, pero no en la dimensión de ser los únicos responsables de la dramática situación que vive el país. Las movilizaciones en su mayoría son pacíficas y ha quedado registrado que muchas fueron repelidas no solo por la policía, sino también por grupos de civiles armados por su cuenta, para “defender la institucionalidad” -como otrora los paramilitares-. Incluso, se han descubierto infiltrados en las protestas para generar disturbios.

“La violencia y represión estatal que estamos viendo siempre han ocurrido. Solo que ahora son más visibles, porque las protestas ahora son mucho más grandes que antes. En Colombia, la policía cree que los ciudadanos son enemigos”, expresa el abogado Lalinde, que en su investigación Elogio a la bulla… identificó cuatro factores que desincentivan el reclamo popular: una regulación normativa muy estricta, un fuerte control policial que ataca a los sectores más pobres, un sistema judicial que busca asustar a los manifestantes abriendo causas que después no continúa y un sistema mediático que solo registra las protestas en las que hay violencia.

Ante dicha situación estructural, y en el comienzo de una semana marcada por un llamado oficial al diálogo repartido entre distintos actores, pero que todavía no prosperó, ¿cómo podría encarrilarse la situación que ya dejó decenas de muertos y cientos de heridos?

“Una manera en que podrían aplacarse los ánimos de la gente sería que el gobierne reforme la policía”, aventura el abogado, que encuentra las bases de la desmesura de la fuerza en que es un cuerpo de configuración militar, donde los miembros poseen jerarquías similares a las castrenses, a que los agentes deben cumplir con “cuotas de requiso” diarias y cuyo órgano de control es una justicia militar penal donde reina la impunidad. “La policía es la única salida que tiene Duque -reflexiona finalmente Lalinde-, por eso, es algo muy difícil que la modifique”.

Escobar coincide en un panorama incierto, desconfía totalmente del llamado al diálogo del gobierno y pondera la resistencia popular. “Creer que el Estado vaya a aflojar a través de una negociación es bastante ingenuo -expresa desde Cali, epicentro de la resistencia social-. Yo veo a la gente muy parada en la calle y el gobierno seguro no contaba con una explosión de este tamaño. Seguro que en estos días hubo desgaste, pero si le preguntas a la gente que está en este momento en cualquiera de los puntos callejeros, te va a responder que está dispuesta a pasar la noche allí”.

Foto de portada: Paola Mafla -AFP

«Cada individuo tiene su historia de drama en esta movilidad y desplazamiento territorial»

Hay una línea donde Latinoamérica termina. O comienza, dependiendo desde dónde se mire. Esa línea final de la región es la frontera entre México y Estados Unidos, unos 3.200 kilómetros de extensión bien blindados y geográficamente marcados en gran parte por el Río Bravo.
La frontera Norte de México es el último obstáculo de miles de personas migrantes -adultxs, niñxs, familias enteras-, que constantemente intentan pasar a Estados Unidos en busca de un destino diferente para sus vidas, que comenzaron en Centroamérica, el Caribe o incluso en África o Asia.
Solo para dar un poco de contexto actual, a mediados de enero ya se frustró la primera caravana de unas 5000 personas, que partió desde Honduras y apenas pudo llegar a Guatemala, ya que las fuerzas de seguridad de este país, en acuerdo con México y EEUU, les cerraron el paso. Y en esta semana de marzo, la Casa Blanca pidió ayuda a la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) ante la cantidad de niñxs sin acompañantes que cruzaron la frontera: al 8 de marzo, un récord de 3.200 menores se encontraban detenidos en instalaciones migratorias norteamericanas. Solo en enero pasado, 5.871 niñxs no acompañados cruzaron la frontera: casi 20% más que en diciembre de 2020.
La salida de Trump de la Casa Blanca y las primeras medidas de Biden renovaron las esperanzas de lxs migrantes, pero lejos está EEUU de abrir sus puertas de par en par. Eso lo sabe muy bien Rodolfo Cruz Piñeiro, doctor en sociología y director del Departamento de Estudios de Población del Colegio de la Frontera Norte, situado en Tijuana, México, que esta entrevista realizada vía Zoom explica los detalles del fenómeno migratorio hacia EEUU y contempla las distintas aristas políticas, económicas e históricas, muchas veces cargadas de discriminación, violencia y dolor, del recorrido de lxs migrantes.

Rodolfo Cruz Piñeiro, durante la conversación vía Zoom

Usted reside en Tijuana. ¿Cómo es vivir en la frontera con EE.UU.?
La frontera Norte es una frontera muy dinámica y muy extensa. Tiene muchas ciudades grandes, ya que alrededor de once o doce ciudades pegadas a la línea fronteriza tienen más de 100 mil habitantes. Particularmente, Tijuana y Ciudad Juárez son las de mayor magnitud. Además, muchas personas que viven en la frontera tienen la ciudadanía estadounidense pero residen del lado mexicano, y cruzan cotidianamente. 
Hablando particularmente de los migrantes, muchos son centroamericanos, principalmente de Honduras, El Salvador y Guatemala. Pero también ya venimos de dos o tres años con la llegada de personas de otras latitudes del Caribe, como haitianos y cubanos, también de venezolanos. Pero además han llegado grupos extracontinentales, de África y Asia, quizás no tan numerosos pero sí muy visibles. Muchos de ellos provienen de países con los cuales no hay un acuerdo diplomático o que no cuentan con un consulado o embajada, entonces para el gobierno mexicano son básicamente indeportables.

¿De qué manera afectó la pandemia al tránsito fronterizo? 
Este momento tan particular ha impactado en la movilidad de las personas, incluso de los bienes y servicios. Desde el 21 de marzo de 2020 se aplicaron restricciones de ambos gobiernos en la frontera Norte, restringiendo el cruce solamente para trabajadores esenciales. Los comercios por parte de ambos lados han sido impactados, y más porque muchos consumidores estaban del lado mexicano y ya no cruzan, y viceversa. 

¿Para los migrantes ilegales, la frontera Norte se volvió más un dique de contención que un lugar paso? 
La frontera Norte desde el ‘93 empezó un proceso de sellamiento. Hubo un incremento en la inversión en cuanto a seguridad y contención por parte del gobierno estadounidense. No solo fue la barda, también aumentó el número de agentes de la patrulla fronteriza y la inversión en tecnología para vigilarla. Entonces, cruzar la frontera de manera irregular es cada vez más difícil. Y si lo haces con grupos que se dedican a ello, es costoso y peligroso.

¿Qué hacen o qué han hecho las personas que llegan al Norte y no pueden pasar? ¿Se mantienen en refugios o en campamentos de migrantes?
Cuando se dio lo de la primera caravana, que fue masivo, tuvieron que hacer refugios para hacerse cargo de ellos. Un lugar donde pudiesen dormir y alimentarse. Pero eso fue solo por una temporada. Actualmente hay refugios en Juárez y Tijuana, y lo que se puede llamar un campamento en Matamoros. Las demás personas han llegado a casas de migrantes, que ya tienen muchos años organizados por la sociedad civil, mientras otras pocas nuevas son asistidas por el Estado.
Estos refugios primeros estaban llenos de mexicanos que esperaban a pasar, luego por los deportados, y ahora por centroamericanos y también deportados. 

¿La espera es en vano?
Los mexicanos deportados que están ahí es porque sus familias se quedaron del otro lado. Se quedan a la espera de poder cruzar, sin embargo cada vez es más difícil cruzar. Los centroamericanos también están ahí esperando obtener una cita para solicitar asilo en EE.UU. La cosa es que ese proceso se les ha venido abajo. Se volvió muy lento y burocrático, y con muy poca atención. Entonces, muchos de ellos empiezan a insertarse en la sociedad, buscan algunos cuartos para residir y buscar trabajo o se generan su propio trabajo. Por ejemplo, todo este grupo de haitianos migrantes que mencioné se puede ver cuando tu sales a la calle: hay una cantidad innumerable de personas haitianas vendiendo en los semáforos cualquier cosa, en las maquiladores o en la construcción.

Apenas asumió en la Casa Blanca, Biden tomó medidas migratorias, envió varias señales en favor de los migrantes. ¿Se avecina un ciclo de mayor apertura con respecto a Trump?
Es un problema complejo. Biden ya había prometido ciertos cambios desde que estaba en la campaña. Su equipo habla de una reforma migratoria, pero eso va a tardar y se va a enfrentar a muchos obstáculos en el Congreso. 

Pero sí firmó órdenes ejecutivas sobre los migrantes. ¿Cómo las analiza?
En ese sentido, inició muy bien porque lo primero que hace es detener la construcción del muro. Para el gobierno mexicano se ve como un buen acto, pero sobre todo porque le estaban destinando mucho dinero a algo totalmente inservible. Era todo una forma de campaña, ya que desde sus inicios nunca tuvo realmente impacto, sino más bien algo para los seguidores de Trump.
Por otro lado, Biden refuerza el programa de los llamados “Dreamers”, que llegaron muy pequeños y que estaban indocumentados. Ya no tienen problemas de ser deportados, lo que es un buen aliciente para esperar la reforma migratoria, que va a generar caminos hacia la regularización o la ciudadanía para los 11 millones de indocumentados que residen en EE.UU., de los cuales no todos son latinoamericanos. 
Otra orden que firmó fue la suspensión por cien días de las deportaciones en general, a excepción de ciertos grupos como los que estaban recluidos en cárceles. Y también ha enviado comisiones especiales a la frontera con México y con Canadá para armar un plan fronterizo para ver cómo pueden ser los cruces por tierra.

¿Pueden tener esperanzas los migrantes, entonces?
Todas esas son muy buenas señales de que podría venir un cambio importante. Se vislumbra hasta el momento una posición con un giro de 180 grados a lo que era la política migratoria de Trump. Biden envía señales muy positivas, sin embargo, hay que tener calma porque eso sigue todo un proceso que no es fácil, corto ni sencillo, además de que está lleno de obstáculos. Creo que necesita tres cuartas partes del Senado para una reforma migratoria, y no solamente en el Partido Republicano hay obstáculos, también en el Demócrata. Tiene un trabajo arduo por un buen rato.

Biden envía señales muy positivas para los migrantes. Sin embargo, hay que tener calma porque eso sigue todo un proceso que no es fácil, corto ni sencillo, además de que está lleno de obstáculos

Rodolfo Cruz Piñeiro

Biden prometió un plan de ayuda de 4 mil millones de dólares a los países Centroamericanos. ¿Allí está el foco de la migración, pensando en que es el lugar donde nacen las caravanas que intentan llegar a EE.UU., lo que se repitió a inicios de año?
Lo más complejo del panorama de la migración está en esta región de Centroamérica. La última caravana que salió de San Pedro Sula, Honduras, fue contenida en Guatemala y no pudieron arribar a la frontera con México, como pasó hace dos años. Ahí me parece que hay un acuerdo, que no sale a la luz pública, entre estos países, en el sentido de que hay una fuerte contención de Guatemala y de México. 

Es decir que no solo EE.UU. cambió la política migratoria, sino también México.
Efectivamente hubo un cambio en la política migratoria de Andrés Manuel López Obrador, que en un inicio decidió tener las puertas abiertas, que vengan todos, y a los tres meses tuvo que dar un giro bastante radical y mandar la Guardia Nacional para detener las caravanas.

De hecho, durante la era Trump, México ha llegado a tener más deportados que EE.UU.
Efectivamente, hay una presión por parte de EE.UU. en la cual trata de aplicar un tipo de aranceles al comercio mexicano. Entonces, el gobierno mexicano decide apoyar mandando la guardia nacional a la frontera Sur. Y es precisamente en 2019 cuando realmente rebasa el número de deportados por parte de las autoridades mexicanas, superior a la de EE.UU. Se vuelca mayor número de agentes, detienen a más y son más los deportados, que finalmente no alcanzan a llegar a la frontera con EE.UU.

¿Se quebró un poco la cultura mexicana histórica de ser un lugar con las puertas abiertas al mundo entero? Pienso en los asilados durante las dictaduras sudamericanas en los setenta, o en casos emblemáticos: desde Trotsky hasta Julian Assenge, pedido finalmente rechazado. 
Eso se espera que vuelva a ser de esa manera. Sin embargo, en 2018 el gobierno de Trump no supo cómo manejar esta situación de que llegaran masivamente estos migrantes centroamericanos y eso impactó en México. El gobierno se vio muy presionado. Esto no quiere decir que todos los mexicanos reciban con los brazos abiertos a los extranjeros. De hecho, en la caravana de 2018 hubo manifestaciones con mucha xenofobia por parte de ciertos sectores, inclusive aquí en Tijuana, que es una ciudad formada por inmigrantes. Yo creo que va a seguir habiendo migrantes, en todas las sociedades existe. En general, sí creo que haya una tendencia de regresar a ser una cultura de refugio. Yo esperaría que la militarización que existe en la frontera Sur de México bajara ese tenor y que hubiera mayores recursos para la atención de todos estos migrantes.

¿Qué pasó en la dinámica migratoria, que en los últimos años comenzaron a ser visibles las caravanas? 
Las caravanas fueron una nueva estrategia para hacerlo en grupo masivo, pero en general el movimiento de los migrantes era individual, clandestino, tratando de no hacerse ver por las autoridades ni las bandas que abusaban de ellos. 
Esto no quiere decir que no haya centroamericanos transitando actualmente por territorio mexicano. Sí los hay, y en pequeños grupos, no en forma de la caravana.
Sin embargo, este proceso de tránsito de centroamericanos por territorio mexicano para llegar a territorio estadounidense tiene muchos años. No inicia con las caravanas. Es un proceso largo, que siempre se había dado. Ha tenido sus picos y bajadas. En 2014 se da todo lo de los menores y niños, por ejemplo, pero es un proceso que continúa, que está ahí, y que si no se sientan los gobiernos a poner un orden a estos flujos migratorios va a ser muy difícil contenerlos. 

Cambió la estrategia de los migrantes pero no el fin: llegar a EE.UU.
Las personas que entran a territorio mexicano en un primer momento tienen como objetivo llegar a EE.UU., ingresar y empezar a trabajar, como sea, de manera ilegal o indocumentada. Sin embargo, es muy largo el trayecto por México, de la frontera Sur a la Norte. Entonces sucede que muchos centroamericanos se van quedando en el trayecto, en pueblos o ciudades, porque se les agotan sus recursos y necesitan trabajar. Y muchos a la larga tienden a quedarse definitivamente en territorio mexicano.
Desde la caravana del 2018, México experimentó una nueva faceta en la cual se incrementó mucho el número de solicitantes de refugio porque al momento que ellos pedían eso, les permitían moverse por territorio mexicano. Lo que pasa es que a la larga también van perdiendo esa energía que traían para llegar hasta la frontera Norte y se quedan en México, de manera regular o irregular. ¿Cuántos son? No lo sabemos. Solo sabemos de aquellos que están solicitando refugio. 

En la frontera Norte existe un muro y una barrera muy importante en la cual no se permite la libre movilidad de las personas. Ahí es cuando sientes algo por dentro que no está bien en la sociedad

Rodolfo Cruz Piñeiro

¿Por qué es tan difícil resolver la situación de los migrantes? 
Las dos razones principales en Centroamérica son la pobreza extrema y, ahora, un recrudecimiento muy fuerte de la violencia y la inseguridad. Mientras no puedan disminuir estos problemas, difícilmente van a contener a las personas. Más aún cuando se generan este tipo de expectativas; por ejemplo, cuando dicen que va a haber una reforma migratoria en la cual a todos se les va a poder dar la ciudadanía estadounidense. Bueno, eso para ellos es gancho y vuelven a intentar. No escuchan el resto: de que solamente van a poder aplicar los que estaban hasta antes de este año. Los que ya residen, no los que vayan llegando; ni siquiera los que permanecen en el programa “Quédate en México”.

El programa “Quédate en México” obligó a los migrantes a permanecer allí y no poder pasar a EE.UU. ¿Continúa en pie?
En el programa “Quédate en México”, que los obligó a quedarse como tercer país seguro, se habla de alrededor de 60 o 65 mil personas, entre hondureños, haitianos y demás, que permanecen del lado mexicano en distintas ciudades. 
Este es un programa que nunca fue reconocido por el gobierno mexicano, pero que de facto lo aplica. En EE.UU. se llama Protocolo de Protección de Migrantes y fue una medida porque no tenía capacidad de contener a esas personas de su lado, y a la larga la intención era desmantelar el sistema de asilo para ya no recibir más personas del extranjero. Pero fue suspendido por Biden, ya no se registra nadie más. Sin embargo, aquellos que están del lado mexicano no pueden pasar todavía del lado estadounidense.

Entiendo que varios componentes complican la situación de los migrantes: hay una restricción en la frontera Sur de México para las caravanas, hay quienes fueron destinados al programa “Quédate en México”, y finalmente está cerrada la frontera en el Norte. ¿Cómo sobreviven las personas a ese drama que es la migración, con tanta incertidumbre y tantos peligros? 
Cada individuo tiene su historia de drama en esta movilidad y desplazamiento territorial. Sin duda son personas vulnerables, muy necesitadas y que viven complicaciones tan graves o dramáticas que rayan el riesgo de la integridad física o perder la vida en cualquier momento. Esa es la gravedad mayor. Y ahora más. Si en los 90 o al principio de los 2000 veíamos una gran cantidad de hombres jóvenes cruzando, después de las caravanas estamos viendo familias enteras, una gran cantidad de niños viajando en estos grupos de migrantes. Y ellos son triplemente vulnerables. Entonces, cada familia, cada individuo que se está desplazado por territorio mexicano es un drama, totalmente.

¿Podríamos pensar en algún “significado latinoamericano” de la frontera Norte, teniendo en cuenta que es la división política entre EE.UU. y la región? ¿Se percibe distinta, una cosa es del lado mexicano o latinoamericano, y otra del lado norteamericano?
Sin dudas es la frontera de Latinoamérica con EE.UU. Es la frontera de un país poderoso económicamente, desarrollado, con el subdesarrollo de América Latina. Y yo creo que sí varían las percepciones. Las fronteras son muy heterogéneas, son muy diversas, aunque sí hay un tenor: existe un muro y una barrera muy importante en la cual no se permite la libre movilidad de las personas. Eso es muy significativo. Para mí, lo de los muros ya quedarían en el pasado, sin embargo yo lo veo todos los días. Es muy visible. Y ahí es cuando sientes algo por dentro que no está bien en la sociedad, en países que supuestamente deberían tener acuerdos por esta convivencia de toda la vida. Sin embargo, son incapaces sus gobiernos de ponerse de acuerdo para tener una armonía en este cruce. No se da, y difícilmente se va a dar, sobre todo por estas disparidades económicas y los niveles de desarrollo de seguridad y de política que pueden tener los propios países.

#7: la frontera

Hay una línea donde Latinoamérica acaba. O comienza, dependiendo desde dónde se mire. Esa línea final de la región es la frontera entre México y Estados Unidos, unos 3.200 kilómetros de extensión bien blindados y geográficamente marcados en gran parte por el Río Bravo.
La frontera Norte de México es el último obstáculo de miles de personas migrantes -adultxs, niñxs, familias enteras-, que constantemente intentan pasar a Estados Unidos en busca de un destino diferente para sus vidas, que comenzaron en Centroamérica, el Caribe o incluso en África o Asia.
Solo para dar un poco de contexto actual, a mediados de enero ya se frustró la primera caravana de unas 5000 personas, que partió desde Honduras y apenas pudo llegar a Guatemala, ya que las fuerzas de seguridad de este país, en acuerdo con México y EEUU, les cerraron el paso. Y en esta semana de marzo, la Casa Blanca pidió ayuda a la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) ante la cantidad de niñxs sin acompañantes que cruzaron la frontera: al 8 de marzo, un récord de 3.200 menores se encontraban detenidos en instalaciones migratorias norteamericanas. Solo en enero pasado, 5.871 niñxs no acompañados cruzaron la frontera: casi 20% más que en diciembre de 2020.
La salida de Trump de la Casa Blanca y las primeras medidas de Biden renovaron las esperanzas de lxs migrantes, pero lejos está EEUU de abrir sus puertas de par en par. La situación es compleja y tiene distintas aristas políticas, económicas e históricas, muchas veces cargadas de discriminación, violencia y dolor. Y por eso esta #7 Semilla de Mahís, que intenta conocer y entender mejor la realidad de lxs migrantes, a partir de una extensa conversación que tuve por Zoom con el doctor en sociología Rodolfo Cruz Piñeiro, director del Departamento de Estudios de Población del Colegio de la Frontera Norte, situado en Tijuana, México.
“Cada individuo tiene su historia de drama en esta movilidad y desplazamiento territorial”, me dijo Cruz Piñeiro, quien cree que la nueva política migratoria de Washington mejoraría la situación general, pero advierte que cualquier reforma llevará tiempo y estará llena de obstáculos. 
Gracias por leer.
Mauricio.


«Migrar es humano», de @diego.suarez82

Para comenzar a analizar qué pasa con los migrantes en la frontera Norte… Usted que reside en Tijuana, ¿cómo es vivir en la frontera con EE.UU.?
La frontera Norte es una frontera muy dinámica y muy extensa. Tiene muchas ciudades grandes, ya que alrededor de once o doce ciudades pegadas a la línea fronteriza tienen más de 100 mil habitantes. Particularmente, Tijuana y Ciudad Juárez son las de mayor magnitud. Además, muchas personas que viven en la frontera tienen la ciudadanía estadounidense pero residen del lado mexicano, y cruzan cotidianamente. 
Hablando particularmente de los migrantes, muchos son centroamericanos, principalmente de Honduras, El Salvador y Guatemala. Pero también ya venimos de dos o tres años con la llegada de personas de otras latitudes del Caribe, como haitianos y cubanos, también de venezolanos. Pero además han llegado grupos extracontinentales, de África y Asia, quizás no tan numerosos pero sí muy visibles. Muchos de ellos provienen de países con los cuales no hay un acuerdo diplomático o que no cuentan con un consulado o embajada, entonces para el gobierno mexicano son básicamente indeportables.

¿De qué manera afectó la pandemia al tránsito fronterizo? 
Este momento tan particular ha impactado en la movilidad de las personas, incluso de los bienes y servicios. Desde el 21 de marzo de 2020 se aplicaron restricciones de ambos gobiernos en la frontera Norte, restringiendo el cruce solamente para trabajadores esenciales. Los comercios por parte de ambos lados han sido impactados, y más porque muchos consumidores estaban del lado mexicano y ya no cruzan, y viceversa. 

¿Para los migrantes ilegales, la frontera Norte se volvió más un dique de contención que un lugar paso? 
La frontera Norte desde el ‘93 empezó un proceso de sellamiento. Hubo un incremento en la inversión en cuanto a seguridad y contención por parte del gobierno estadounidense. No solo fue la barda, también aumentó el número de agentes de la patrulla fronteriza y la inversión en tecnología para vigilarla. Entonces, cruzar la frontera de manera irregular es cada vez más difícil. Y si lo haces con grupos que se dedican a ello, es costoso y peligroso.

¿Qué hacen o qué han hecho las personas que llegan al Norte y no pueden pasar? ¿Se mantienen en refugios o en campamentos de migrantes?
Cuando se dio lo de la primera caravana, que fue masivo, tuvieron que hacer refugios para hacerse cargo de ellos. Un lugar donde pudiesen dormir y alimentarse. Pero eso fue solo por una temporada. Actualmente hay refugios en Juárez y Tijuana, y lo que se puede llamar un campamento en Matamoros. Las demás personas han llegado a casas de migrantes, que ya tienen muchos años organizados por la sociedad civil, mientras otras pocas nuevas son asistidas por el Estado.
Estos refugios primeros estaban llenos de mexicanos que esperaban a pasar, luego por los deportados, y ahora por centroamericanos y también deportados. 

¿La espera es en vano?
Los mexicanos deportados que están ahí es porque sus familias se quedaron del otro lado. Se quedan a la espera de poder cruzar, sin embargo cada vez es más difícil cruzar. Los centroamericanos también están ahí esperando obtener una cita para solicitar asilo en EE.UU. La cosa es que ese proceso se les ha venido abajo. Se volvió muy lento y burocrático, y con muy poca atención. Entonces, muchos de ellos empiezan a insertarse en la sociedad, buscan algunos cuartos para residir y buscar trabajo o se generan su propio trabajo. Por ejemplo, todo este grupo de haitianos migrantes que mencioné se puede ver cuando tu sales a la calle: hay una cantidad innumerable de personas haitianas vendiendo en los semáforos cualquier cosa, en las maquiladores o en la construcción.

Apenas asumió en la Casa Blanca, Biden tomó medidas migratorias, envió varias señales en favor de los migrantes. ¿Se avecina un ciclo de mayor apertura con respecto a Trump?
Es un problema complejo. Biden ya había prometido ciertos cambios desde que estaba en la campaña. Su equipo habla de una reforma migratoria, pero eso va a tardar y se va a enfrentar a muchos obstáculos en el Congreso. 

Pero sí firmó órdenes ejecutivas sobre los migrantes. ¿Cómo las analiza?
En ese sentido, inició muy bien porque lo primero que hace es detener la construcción del muro. Para el gobierno mexicano se ve como un buen acto, pero sobre todo porque le estaban destinando mucho dinero a algo totalmente inservible. Era todo una forma de campaña, ya que desde sus inicios nunca tuvo realmente impacto, sino más bien algo para los seguidores de Trump.
Por otro lado, Biden refuerza el programa de los llamados “Dreamers”, que llegaron muy pequeños y que estaban indocumentados. Ya no tienen problemas de ser deportados, lo que es un buen aliciente para esperar la reforma migratoria, que va a generar caminos hacia la regularización o la ciudadanía para los 11 millones de indocumentados que residen en EE.UU., de los cuales no todos son latinoamericanos. 
Otra orden que firmó fue la suspensión por cien días de las deportaciones en general, a excepción de ciertos grupos como los que estaban recluidos en cárceles. Y también ha enviado comisiones especiales a la frontera con México y con Canadá para armar un plan fronterizo para ver cómo pueden ser los cruces por tierra.

¿Pueden tener esperanzas los migrantes, entonces?
Todas esas son muy buenas señales de que podría venir un cambio importante. Se vislumbra hasta el momento una posición con un giro de 180 grados a lo que era la política migratoria de Trump. Biden envía señales muy positivas, sin embargo, hay que tener calma porque eso sigue todo un proceso que no es fácil, corto ni sencillo, además de que está lleno de obstáculos. Creo que necesita tres cuartas partes del Senado para una reforma migratoria, y no solamente en el Partido Republicano hay obstáculos, también en el Demócrata. Tiene un trabajo arduo por un buen rato.

Rodolfo Cruz Piñeiro, durante la conversación vía Zoom

Biden prometió un plan de ayuda de 4 mil millones de dólares a los países Centroamericanos. ¿Allí está el foco de la migración, pensando en que es el lugar donde nacen las caravanas que intentan llegar a EE.UU., lo que se repitió a inicios de año?
Lo más complejo del panorama de la migración está en esta región de Centroamérica. La última caravana que salió de San Pedro Sula, Honduras, fue contenida en Guatemala y no pudieron arribar a la frontera con México, como pasó hace dos años. Ahí me parece que hay un acuerdo, que no sale a la luz pública, entre estos países, en el sentido de que hay una fuerte contención de Guatemala y de México. 

Es decir que no solo EE.UU. cambió la política migratoria, sino también México.
Efectivamente hubo un cambio en la política migratoria de Andrés Manuel López Obrador, que en un inicio decidió tener las puertas abiertas, que vengan todos, y a los tres meses tuvo que dar un giro bastante radical y mandar la Guardia Nacional para detener las caravanas.

De hecho, durante la era Trump, México ha llegado a tener más deportados que EE.UU.
Efectivamente, hay una presión por parte de EE.UU. en la cual trata de aplicar un tipo de aranceles al comercio mexicano. Entonces, el gobierno mexicano decide apoyar mandando la guardia nacional a la frontera Sur. Y es precisamente en 2019 cuando realmente rebasa el número de deportados por parte de las autoridades mexicanas, superior a la de EE.UU. Se vuelca mayor número de agentes, detienen a más y son más los deportados, que finalmente no alcanzan a llegar a la frontera con EE.UU.

¿Se quebró un poco la cultura mexicana histórica de ser un lugar con las puertas abiertas al mundo entero? Pienso en los asilados durante las dictaduras sudamericanas en los setenta, o en casos emblemáticos: desde Trotsky hasta Julian Assenge, pedido finalmente rechazado. 
Eso se espera que vuelva a ser de esa manera. Sin embargo, en 2018 el gobierno de Trump no supo cómo manejar esta situación de que llegaran masivamente estos migrantes centroamericanos y eso impactó en México. El gobierno se vio muy presionado. Esto no quiere decir que todos los mexicanos reciban con los brazos abiertos a los extranjeros. De hecho, en la caravana de 2018 hubo manifestaciones con mucha xenofobia por parte de ciertos sectores, inclusive aquí en Tijuana, que es una ciudad formada por inmigrantes. Yo creo que va a seguir habiendo migrantes, en todas las sociedades existe. En general, sí creo que haya una tendencia de regresar a ser una cultura de refugio. Yo esperaría que la militarización que existe en la frontera Sur de México bajara ese tenor y que hubiera mayores recursos para la atención de todos estos migrantes.

¿Qué pasó en la dinámica migratoria, que en los últimos años comenzaron a ser visibles las caravanas? 
Las caravanas fueron una nueva estrategia para hacerlo en grupo masivo, pero en general el movimiento de los migrantes era individual, clandestino, tratando de no hacerse ver por las autoridades ni las bandas que abusaban de ellos. 
Esto no quiere decir que no haya centroamericanos transitando actualmente por territorio mexicano. Sí los hay, y en pequeños grupos, no en forma de la caravana.
Sin embargo, este proceso de tránsito de centroamericanos por territorio mexicano para llegar a territorio estadounidense tiene muchos años. No inicia con las caravanas. Es un proceso largo, que siempre se había dado. Ha tenido sus picos y bajadas. En 2014 se da todo lo de los menores y niños, por ejemplo, pero es un proceso que continúa, que está ahí, y que si no se sientan los gobiernos a poner un orden a estos flujos migratorios va a ser muy difícil contenerlos. 

Cambió la estrategia de los migrantes pero no el fin: llegar a EE.UU.
Las personas que entran a territorio mexicano en un primer momento tienen como objetivo llegar a EE.UU., ingresar y empezar a trabajar, como sea, de manera ilegal o indocumentada. Sin embargo, es muy largo el trayecto por México, de la frontera Sur a la Norte. Entonces sucede que muchos centroamericanos se van quedando en el trayecto, en pueblos o ciudades, porque se les agotan sus recursos y necesitan trabajar. Y muchos a la larga tienden a quedarse definitivamente en territorio mexicano.
Desde la caravana del 2018, México experimentó una nueva faceta en la cual se incrementó mucho el número de solicitantes de refugio porque al momento que ellos pedían eso, les permitían moverse por territorio mexicano. Lo que pasa es que a la larga también van perdiendo esa energía que traían para llegar hasta la frontera Norte y se quedan en México, de manera regular o irregular. ¿Cuántos son? No lo sabemos. Solo sabemos de aquellos que están solicitando refugio. 

La frontera Norte mexicana

¿Por qué es tan difícil resolver la situación de los migrantes? 
Las dos razones principales en Centroamérica son la pobreza extrema y, ahora, un recrudecimiento muy fuerte de la violencia y la inseguridad. Mientras no puedan disminuir estos problemas, difícilmente van a contener a las personas. Más aún cuando se generan este tipo de expectativas; por ejemplo, cuando dicen que va a haber una reforma migratoria en la cual a todos se les va a poder dar la ciudadanía estadounidense. Bueno, eso para ellos es gancho y vuelven a intentar. No escuchan el resto: de que solamente van a poder aplicar los que estaban hasta antes de este año. Los que ya residen, no los que vayan llegando; ni siquiera los que permanecen en el programa “Quédate en México”.

El programa “Quédate en México” obligó a los migrantes a permanecer allí y no poder pasar a EE.UU. ¿Continúa en pie?
En el programa “Quédate en México”, que los obligó a quedarse como tercer país seguro, se habla de alrededor de 60 o 65 mil personas, entre hondureños, haitianos y demás, que permanecen del lado mexicano en distintas ciudades. 
Este es un programa que nunca fue reconocido por el gobierno mexicano, pero que de facto lo aplica. En EE.UU. se llama Protocolo de Protección de Migrantes y fue una medida porque no tenía capacidad de contener a esas personas de su lado, y a la larga la intención era desmantelar el sistema de asilo para ya no recibir más personas del extranjero. Pero fue suspendido por Biden, ya no se registra nadie más. Sin embargo, aquellos que están del lado mexicano no pueden pasar todavía del lado estadounidense.

Entiendo que varios componentes complican la situación de los migrantes: hay una restricción en la frontera Sur de México para las caravanas, hay quienes fueron destinados al programa “Quédate en México”, y finalmente está cerrada la frontera en el Norte. ¿Cómo sobreviven las personas a ese drama que es la migración, con tanta incertidumbre y tantos peligros? 
Cada individuo tiene su historia de drama en esta movilidad y desplazamiento territorial. Sin duda son personas vulnerables, muy necesitadas y que viven complicaciones tan graves o dramáticas que rayan el riesgo de la integridad física o perder la vida en cualquier momento. Esa es la gravedad mayor. Y ahora más. Si en los 90 o al principio de los 2000 veíamos una gran cantidad de hombres jóvenes cruzando, después de las caravanas estamos viendo familias enteras, una gran cantidad de niños viajando en estos grupos de migrantes. Y ellos son triplemente vulnerables. Entonces, cada familia, cada individuo que se está desplazado por territorio mexicano es un drama, totalmente.

¿Podríamos pensar en algún “significado latinoamericano” de la frontera Norte, teniendo en cuenta que es la división política entre EE.UU. y la región? ¿Se percibe distinta, una cosa es del lado mexicano o latinoamericano, y otra del lado norteamericano?
Sin dudas es la frontera de Latinoamérica con EE.UU. Es la frontera de un país poderoso económicamente, desarrollado, con el subdesarrollo de América Latina. Y yo creo que sí varían las percepciones. Las fronteras son muy heterogéneas, son muy diversas, aunque sí hay un tenor: existe un muro y una barrera muy importante en la cual no se permite la libre movilidad de las personas. Eso es muy significativo. Para mí, lo de los muros ya quedarían en el pasado, sin embargo yo lo veo todos los días. Es muy visible. Y ahí es cuando sientes algo por dentro que no está bien en la sociedad, en países que supuestamente deberían tener acuerdos por esta convivencia de toda la vida. Sin embargo, son incapaces sus gobiernos de ponerse de acuerdo para tener una armonía en este cruce. No se da, y difícilmente se va a dar, sobre todo por estas disparidades económicas y los niveles de desarrollo de seguridad y de política que pueden tener los propios países.


Algunos enlaces para profundizar el tema…

  • Esta nota del New York Times cuenta la situación más reciente de los miles de niños sin acompañantes que cruzan la frontera Norte.
  • Este informe en Nueva Sociedad da una mirada más académica de la situación de la frontera México-EEUU.
  • Los medios El País de España y El Faro de El Salvador desarrollaron un especial interactivo sobre la frontera Sur. Es muy bueno, e incluso ganó premios internacionales de periodismo.
  • Migrantes de otro mundo es otro sitio interactivo muy interesante, en este caso sobre las historias de africanos y asiáticos que recorren Latinoamérica.
  • Por último, una recomendación literaria: «Desierto sonoro» de la mexicana Valeria Luiselli, que mezcla un viaje familiar con la historia de los chicos abandonados en la frontera México-EEUU.

Haití

El 7 de febrero, el ahora dictador Jovenel Moïse decidió que todavía no se había cumplido su quinquenio presidencial en Haití, que le faltaban 365 días más de gobierno.
Desde entonces, se suceden las protestas callejeras y la represión oficial ya causó varios muertos. Durante la primera semana de la crisis, la heterogénea oposición nombró por consenso a Joseph Mécène Jean Louis, juez de la Corte de Casación, como “presidente de transición” sin poder real. Pero Moïse, en vez de llamar al diálogo, respondió echando más leña al fuego: denunció un golpe de Estado en su contra, consiguió el apoyo de la comunidad internacional y de las fuerzas armadas, jubiló ilegalmente al magistrado Jean Louis, y ratificó un maratónico calendario para cambiar la Constitución a partir de un referéndum aprobatorio.
La postura intransigente de Moïse de no dejar el poder se basa en una manera particular de interpretar la Constitución local, que establece claramente que los mandatos comienzan en la fecha de celebración de las elecciones, no en el momento formal de la asunción del mandato. 
El origen del conflicto se remonta entonces a las elecciones de octubre de 2015. Anuladas por fraude, una ola de protestas obligó a nombrar un presidente provisional hasta que, tras nuevas elecciones en 2016 –y también denunciadas de fraudulentas–, Moïse asumió finalmente el cargo en 2017. Había cosechado apenas 590 mil votos de un padrón de más de 6 millones de electores.
Pero acaso la figura de Moïse y su flamante régimen autoritario representan el capítulo más reciente de una histórica crisis que atraviesa a Haití desde sus orígenes, con las principales potencias como actores protagónicos, y los países latinoamericanos dando la espalda sistemáticamente.

¿Cuándo se jodió Haití?

“Para entender el huevo de la serpiente hay que saber que a Haití nadie le quería reconocer la independencia”, apunta Juan Francisco Martínez Peria –Doctor en Historia (Universidad Pompeu Fabra), especialista en el Caribe y autor del libro “¡Libertad o Muerte! Historia de la Revolución Haitiana”–, que sitúa la raíz de la crisis actual más de doscientos años atrás. 
En 1804, Haití fue el primer país de América Latina en independizarse y la única revolución de esclavizados que triunfó en la Historia: derrotaron a España, Inglaterra y Francia juntos, los imperios más importante de la época. Pero aquella rebelión perfecta desató, a su vez, una tormenta perfecta sobre el destino de este país antillano situado al occidente de la isla La Española, que comparte con República Dominicana. 
“Haití y su revolución siempre fueron olvidados. Constantemente se presenta al país en términos negativos y su independencia es negada, actitud que tiene que ver con el racismo imperante en esa época y de hoy en día. Haití está sufriendo un castigo permanente por haber hecho la revolución que hizo. Nunca se lo perdonaron”, plantea Martínez Peria: “La revolución generó un impacto muy grande en el mundo atlántico, mucho miedo a las élites blancas y criollas, y muchas esperanzas en los sectores populares, esclavizados, y afrodescendientes en América Latina, el Caribe y Estados Unidos”. 
Por eso, las potencias reaccionaron rápido a su independencia y Francia intentó recolonizar, en vano, la isla. En 1825, Haití sufrió un golpe muy duro, cuando Francia dio el brazo a torcer a cambio del pago de una cuantiosa indemnización seguida de amenaza militar. La imposibilidad de pagar esa deuda obligó al país a tomar un empréstito con su propio verdugo, contrayendo así una suerte de doble deuda externa. Esa dependencia económica fue seguida de profundas crisis políticas internas, que marcaron el pulso de un inestable siglo XIX. El saldo fue la intervención de Estados Unidos, entre 1915 y 1934, en nombre de una ansiada “libertad a la norteamericana”, que la Casa Blanca ya pregonaba extendiendo sus tentáculos a Cuba, Puerto Rico y República Dominicana.

Frontera imperial

Haití y el Caribe siempre fueron fichas de intercambio en el tablero internacional, donde las potencias echaron mano según sus intereses. Su importancia radica en su ubicación geográfica, puerta de entrada a América Latina y paso obligado de una parte importante del comercio mundial hacia el Pacifico a través del Canal de Panamá.
“El Caribe siempre fue un lugar muy importante geopolíticamente –subraya Martínez Peria–. Ahí comenzó la conquista y desde siempre hubo una disputa entre todas las potencias. Sobre el siglo XVIII fue un enclave importante para el azúcar, considerado el oro blanco, y desde entonces todas las rutas comerciales pasaron por ahí. No es un paraíso como lo vende el turismo, sino un lugar de enormes tragedias construido a base de sangre, colonialismo y genocidios”.
Lejos de las postales de los cruceros, la región es una “frontera imperial”, como la definió el ex presidente e intelectual dominicano Juan Bosh en su libro “De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial”, que en sus primeras líneas afirma: “El Caribe está entre los lugares de la Tierra que han sido destinados por su posición geográfica y su naturaleza privilegiada para ser fronteras de dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto de la codicia de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la violencia desatada entre ellos”.
El Caribe cuenta con un “póker del espanto”, como lo tituló el propio Bosh en otro de sus libros. Tan solo en la primera mitad del siglo XX, la región vivió un baño de sangre bajo los regímenes de Juan Vicente Gómez en Venezuela, Gerardo Machado y Fulgencio Batista en Cuba, Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, y las dinastías  de los Somoza en Nicaragua y -claro está- de los Duvalier en Haití.

Los Duvalier y las ciclos golpistas

Con la llegada de Franklin D. Roosevelt y su “política del buen vecino”, la Casa Blanca dejó de intervenir de manera directa en Haití, pero acompañó el ascenso y la consolidación de las dictaduras de Fracois “Papa Doc” Duvalier, primero, y de Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, después. Entre 1957 y 1986, hubo 40.000 muertos y más de un millón de exiliados, bajo el paraguas norteamericano que buscaba contener el avance del comunismo en el Caribe, que tenía su punta de lanza desde 1959 en Cuba, a solo 100 kilómetros de distancia de Haití a través del Paso de los Vientos.
Los Duvalier sistematizaron una política de terror e inauguraron un ciclo de golpes que ni siquiera el derrocamiento de “Baby Doc”, el 7 de febrero de 1986, sepultó. Desde entonces, en Haití se sucedieron ocho golpes de Estado, 34 cambios de gobierno (por cambio de primer ministro), cinco elecciones abortadas, tres intervenciones militares extranjeras y cinco misiones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la estabilidad y la paz, según rescata el sociólogo y ex brigadista en Haití Lautaro Rivara, a partir de un cálculo del economista y cineasta haitiano Arnold Antonin.
“En la historia misma del país los dirigentes siempre quieren quedarse en el poder”, entiende Robby Glésile, referente de la comunidad haitiana en la Argentina y miembro del grupo de estudio sobre migraciones de la Universidad Nacional de Rosario. “Tenemos esa práctica de no respetar las reglas de la democracia: cada uno quiere estar en el poder pase lo que pase –plantea–. No hay un trabajo de memoria para que la población entienda las reglas de la democracia, que la dictadura no es el camino del país. Hoy en día el espectro de la dictadura sigue planeando sobre la población haitiana, en los discursos y los reflejos”.
Y es que el periodo de democratización que siguió a la caída de “Baby Doc”, que redactó una nueva Constitución en 1987 y que permitió el ascenso popular de Jean-Bertrand Aristide, fue coartado sistemáticamente. El sacerdote salesiano vinculado a la teología de la liberación se convirtió el 7 de febrero de 1990 en el primer presidente elegido en elecciones abiertas y libres –casi doscientos años después de la independencia–, pero a los siete meses fue derrocado por un golpe de Estado financiado por Estados Unidos, y apoyado por Francia y Canadá. Paradójicamente, tras la presión de Bill Clinton, los golpistas tuvieron que retroceder sus pasos y restituyeron a Aristide en 1994. Pero una nueva semilla podrida comenzaba a germinar en territorio haitiano: la ocupación internacional.

Ocupación y terremoto

La Misión Civil Internacional en Haití (MICIVIH) de 1993 sería el germen de la futura Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), que se extendió durante 15 años hasta 2019 y contó con la participación de países latinoamericanos como Argentina y Brasil, que comandó parte de la misión a cambio de conseguir un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero lejos de llevar paz, la MINUSTAH fue denunciada por múltiples violaciones a los derechos humanos, crímenes sexuales y la propagación del cólera. Hoy la ocupación internacional continúa, pero con una “Misión de manteniemiento de la paz más pequeña”, como anuncia la ONU en su web.
A esa suma de calvarios se agregó en 2010 el terremoto que dejó literalmente al país bajo los escombros. Un sismo de 7 grados en la escala de Richter de apenas pocos segundos colapsó más de la mitad de las construcciones en la zona metropolitana de Puerto Príncipe-Pétionville. Más de 300.000 personas murieron y más de dos millones quedaron en la calle.
La naturaleza se ensañó con Haití, pero la mano humana le dio un golpe de gracia. Diez años después hay múltiples denuncias de que la falta de organización y la corrupción se tragaron los casi 12 mil millones de dólares distribuidos en más de 2500 proyectos de reconstrucción a través del Módulo de Gestión de la Ayuda Externa del Gobierno de Haití.

Presente y futuro

Actualmente en Haití casi el 60 por ciento de la población vive con menos de dos dólares por día, pero la precariedad afecta a todos. Glésile lo grafica así: “Cualquier persona, sea de la clase que sea, vive en la precariedad. Porque una persona con dinero puede accidentarse en la calle, pero no tiene un hospital donde atenderse”. Y agrega otro ejemplo: “Yo soy de Puerto Príncipe y hoy la capital no tiene ni una sala de cine. ¿Cómo un joven que está creciendo va a poder divertirse? La frase “voy al cine” no existe. Somos un país que vive una situación extrema”.
Y esa pobreza genera violencia. En los últimos años se expandieron las pandillas y mafias fuertemente armadas, que controlan barrios de la capital y se financian a través de secuestros. Hay cerca de 80 bandas criminales, según la Comisión de Desarme del Estado nacional, y en 2020 hubo casi tres secuestros por días, de acuerdo a la organización de derechos humanos Défenseurs Plus. 
En ese contexto llegó Moïse al poder, “lo más catastrófico desde el terremoto”, en palabras de Glésile. El mandatario no solo asumió tras sucesivas elecciones fraudulentas y obtuvo apenas el 18% de los votos, cerró el Parlamento, desde enero de 2020 gobierna por decreto, y creó una agencia de inteligencia que goza de inmunidad y tipificó los actos de vandalismo como “terroristas”.
“Hay líneas de continuidad con el pasado”, analiza Martínez Peria para entender el gobierno de Moïse y sus apoyos incondicionales: Estados Unidos, la OEA, la ONU y la Unión Europea, miembros del famoso Core Group. “Es su ganancia tras romper lazos con Venezuela, que desde la época de Hugo Chávez hizo pie en la isla con un doble objetivo -agrega-. Por un lado histórico, reivindicando la ayuda militar que Simón Bolívar recibió de Alexandre Pétion para sus luchas independentistas de inicios del siglo XIX. Y por otro político, para expandir el ALBA frente a las narices de Washington”.
Además de cumplir una suerte de contenedor geopolítico para la expansión bolivariana, Haití hoy es importante porque funciona como paraíso fiscal, es enclave de maquiladoras, es teatro para el negociado de la asistencia internacional y es ruta de paso para el narcotráfico. Pero el realineamiento de Moïse no cuenta con apoyo popular, con protestas desde antes de su asunción por estar salpicado por las denuncias de corrupción vinculadas a la alianza PetroCaribe, creada por el propio Chávez.
Ante semejante panorama histórico, ¿qué esperar del futuro de Haití? “Más crisis política –aventura Martínez Peria–. Cualquier otro presidente ya hubiera caído en otro país. No es que hoy esté pasando esto, todo el mandato de Moïse fue una constante crisis”.
“Qué va a pasar es la gran pregunta”, contesta, por su lado, Glésile. “Seguiremos este año con protestas, represión, asesinatos, masacres y movimientos. En Haití las cosas no son sencillas. Que marchen cinco, diez o cincuenta mil personas en las calles no significa nada. Puedes reprimir o matar a la gente, pero eso no va a hacer que el presidente vaya a moverse de su sitio. No. En Haití las cosas son muy complicadas”.

#6: Haití

Esta primera semilla del 2021 demoró, pero acá está, proponiendo una historia del Caribe.
El martes 9 de febrero me llegó por WhatsApp un mensaje de texto desde Haití, dos días después de que cayera allí un nuevo manto dictatorial. Quien me escribió era una conocida mía argentina, radicada en el pequeño país desde hace un año. Me contó un panorama de crisis y protestas, que los medios de comunicación ya empezaban a registrar, aunque tímidamente, sin la visibilidad que el caso ameritaba, como históricamente sucede con el mal llamado «país más pobre del continente».
Entonces esta Semilla, que busca entender el trasfondo de la crisis haitiana actual. Una perspectiva sobre qué pasó, qué pasa, y qué puede pasar en Haití, el primer país latinoamericano en ser independiente.


Haití

El 7 de febrero, el ahora dictador Jovenel Moïse decidió que todavía no se había cumplido su quinquenio presidencial en Haití, que le faltaban 365 días más de gobierno.
Desde entonces, se suceden las protestas callejeras y la represión oficial ya causó varios muertos. Durante la primera semana de la crisis, la heterogénea oposición nombró por consenso a Joseph Mécène Jean Louis, juez de la Corte de Casación, como “presidente de transición” sin poder real. Pero Moïse, en vez de llamar al diálogo, respondió echando más leña al fuego: denunció un golpe de Estado en su contra, consiguió el apoyo de la comunidad internacional y de las fuerzas armadas, jubiló ilegalmente al magistrado Jean Louis, y ratificó un maratónico calendario para cambiar la Constitución a partir de un referéndum aprobatorio.
La postura intransigente de Moïse de no dejar el poder se basa en una manera particular de interpretar la Constitución local, que establece claramente que los mandatos comienzan en la fecha de celebración de las elecciones, no en el momento formal de la asunción del mandato. 
El origen del conflicto se remonta entonces a las elecciones de octubre de 2015. Anuladas por fraude, una ola de protestas obligó a nombrar un presidente provisional hasta que, tras nuevas elecciones en 2016 –y también denunciadas de fraudulentas–, Moïse asumió finalmente el cargo en 2017. Había cosechado apenas 590 mil votos de un padrón de más de 6 millones de electores.
Pero acaso la figura de Moïse y su flamante régimen autoritario representan el capítulo más reciente de una histórica crisis que atraviesa a Haití desde sus orígenes, con las principales potencias como actores protagónicos, y los países latinoamericanos dando la espalda sistemáticamente.

¿Cuándo se jodió Haití?

“Para entender el huevo de la serpiente hay que saber que a Haití nadie le quería reconocer la independencia”, apunta Juan Francisco Martínez Peria –Doctor en Historia (Universidad Pompeu Fabra), especialista en el Caribe y autor del libro “¡Libertad o Muerte! Historia de la Revolución Haitiana”–, que sitúa la raíz de la crisis actual más de doscientos años atrás. 
En 1804, Haití fue el primer país de América Latina en independizarse y la única revolución de esclavizados que triunfó en la Historia: derrotaron a España, Inglaterra y Francia juntos, los imperios más importante de la época. Pero aquella rebelión perfecta desató, a su vez, una tormenta perfecta sobre el destino de este país antillano situado al occidente de la isla La Española, que comparte con República Dominicana. 
“Haití y su revolución siempre fueron olvidados. Constantemente se presenta al país en términos negativos y su independencia es negada, actitud que tiene que ver con el racismo imperante en esa época y de hoy en día. Haití está sufriendo un castigo permanente por haber hecho la revolución que hizo. Nunca se lo perdonaron”, plantea Martínez Peria: “La revolución generó un impacto muy grande en el mundo atlántico, mucho miedo a las élites blancas y criollas, y muchas esperanzas en los sectores populares, esclavizados, y afrodescendientes en América Latina, el Caribe y Estados Unidos”. 
Por eso, las potencias reaccionaron rápido a su independencia y Francia intentó recolonizar, en vano, la isla. En 1825, Haití sufrió un golpe muy duro, cuando Francia dio el brazo a torcer a cambio del pago de una cuantiosa indemnización seguida de amenaza militar. La imposibilidad de pagar esa deuda obligó al país a tomar un empréstito con su propio verdugo, contrayendo así una suerte de doble deuda externa. Esa dependencia económica fue seguida de profundas crisis políticas internas, que marcaron el pulso de un inestable siglo XIX. El saldo fue la intervención de Estados Unidos, entre 1915 y 1934, en nombre de una ansiada “libertad a la norteamericana”, que la Casa Blanca ya pregonaba extendiendo sus tentáculos a Cuba, Puerto Rico y República Dominicana.

Frontera imperial

Haití y el Caribe siempre fueron fichas de intercambio en el tablero internacional, donde las potencias echaron mano según sus intereses. Su importancia radica en su ubicación geográfica, puerta de entrada a América Latina y paso obligado de una parte importante del comercio mundial hacia el Pacifico a través del Canal de Panamá.
“El Caribe siempre fue un lugar muy importante geopolíticamente –subraya Martínez Peria–. Ahí comenzó la conquista y desde siempre hubo una disputa entre todas las potencias. Sobre el siglo XVIII fue un enclave importante para el azúcar, considerado el oro blanco, y desde entonces todas las rutas comerciales pasaron por ahí. No es un paraíso como lo vende el turismo, sino un lugar de enormes tragedias construido a base de sangre, colonialismo y genocidios”.
Lejos de las postales de los cruceros, la región es una “frontera imperial”, como la definió el ex presidente e intelectual dominicano Juan Bosh en su libro “De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial”, que en sus primeras líneas afirma: “El Caribe está entre los lugares de la Tierra que han sido destinados por su posición geográfica y su naturaleza privilegiada para ser fronteras de dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto de la codicia de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la violencia desatada entre ellos”.
El Caribe cuenta con un “póker del espanto”, como lo tituló el propio Bosh en otro de sus libros. Tan solo en la primera mitad del siglo XX, la región vivió un baño de sangre bajo los regímenes de Juan Vicente Gómez en Venezuela, Gerardo Machado y Fulgencio Batista en Cuba, Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, y las dinastías  de los Somoza en Nicaragua y -claro está- de los Duvalier en Haití.

Los Duvalier y las ciclos golpistas

Con la llegada de Franklin D. Roosevelt y su “política del buen vecino”, la Casa Blanca dejó de intervenir de manera directa en Haití, pero acompañó el ascenso y la consolidación de las dictaduras de Fracois “Papa Doc” Duvalier, primero, y de Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, después. Entre 1957 y 1986, hubo 40.000 muertos y más de un millón de exiliados, bajo el paraguas norteamericano que buscaba contener el avance del comunismo en el Caribe, que tenía su punta de lanza desde 1959 en Cuba, a solo 100 kilómetros de distancia de Haití a través del Paso de los Vientos.
Los Duvalier sistematizaron una política de terror e inauguraron un ciclo de golpes que ni siquiera el derrocamiento de “Baby Doc”, el 7 de febrero de 1986, sepultó. Desde entonces, en Haití se sucedieron ocho golpes de Estado, 34 cambios de gobierno (por cambio de primer ministro), cinco elecciones abortadas, tres intervenciones militares extranjeras y cinco misiones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la estabilidad y la paz, según rescata el sociólogo y ex brigadista en Haití Lautaro Rivara, a partir de un cálculo del economista y cineasta haitiano Arnold Antonin.
“En la historia misma del país los dirigentes siempre quieren quedarse en el poder”, entiende Robby Glésile, referente de la comunidad haitiana en la Argentina y miembro del grupo de estudio sobre migraciones de la Universidad Nacional de Rosario. “Tenemos esa práctica de no respetar las reglas de la democracia: cada uno quiere estar en el poder pase lo que pase –plantea–. No hay un trabajo de memoria para que la población entienda las reglas de la democracia, que la dictadura no es el camino del país. Hoy en día el espectro de la dictadura sigue planeando sobre la población haitiana, en los discursos y los reflejos”.
Y es que el periodo de democratización que siguió a la caída de “Baby Doc”, que redactó una nueva Constitución en 1987 y que permitió el ascenso popular de Jean-Bertrand Aristide, fue coartado sistemáticamente. El sacerdote salesiano vinculado a la teología de la liberación se convirtió el 7 de febrero de 1990 en el primer presidente elegido en elecciones abiertas y libres –casi doscientos años después de la independencia–, pero a los siete meses fue derrocado por un golpe de Estado financiado por Estados Unidos, y apoyado por Francia y Canadá. Paradójicamente, tras la presión de Bill Clinton, los golpistas tuvieron que retroceder sus pasos y restituyeron a Aristide en 1994. Pero una nueva semilla podrida comenzaba a germinar en territorio haitiano: la ocupación internacional.

Ocupación y terremoto

La Misión Civil Internacional en Haití (MICIVIH) de 1993 sería el germen de la futura Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), que se extendió durante 15 años hasta 2019 y contó con la participación de países latinoamericanos como Argentina y Brasil, que comandó parte de la misión a cambio de conseguir un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero lejos de llevar paz, la MINUSTAH fue denunciada por múltiples violaciones a los derechos humanos, crímenes sexuales y la propagación del cólera. Hoy la ocupación internacional continúa, pero con una “Misión de manteniemiento de la paz más pequeña”, como anuncia la ONU en su web.
A esa suma de calvarios se agregó en 2010 el terremoto que dejó literalmente al país bajo los escombros. Un sismo de 7 grados en la escala de Richter de apenas pocos segundos colapsó más de la mitad de las construcciones en la zona metropolitana de Puerto Príncipe-Pétionville. Más de 300.000 personas murieron y más de dos millones quedaron en la calle.
La naturaleza se ensañó con Haití, pero la mano humana le dio un golpe de gracia. Diez años después hay múltiples denuncias de que la falta de organización y la corrupción se tragaron los casi 12 mil millones de dólares distribuidos en más de 2500 proyectos de reconstrucción a través del Módulo de Gestión de la Ayuda Externa del Gobierno de Haití.

Presente y futuro

Actualmente en Haití casi el 60 por ciento de la población vive con menos de dos dólares por día, pero la precariedad afecta a todos. Glésile lo grafica así: “Cualquier persona, sea de la clase que sea, vive en la precariedad. Porque una persona con dinero puede accidentarse en la calle, pero no tiene un hospital donde atenderse”. Y agrega otro ejemplo: “Yo soy de Puerto Príncipe y hoy la capital no tiene ni una sala de cine. ¿Cómo un joven que está creciendo va a poder divertirse? La frase “voy al cine” no existe. Somos un país que vive una situación extrema”.
Y esa pobreza genera violencia. En los últimos años se expandieron las pandillas y mafias fuertemente armadas, que controlan barrios de la capital y se financian a través de secuestros. Hay cerca de 80 bandas criminales, según la Comisión de Desarme del Estado nacional, y en 2020 hubo casi tres secuestros por días, de acuerdo a la organización de derechos humanos Défenseurs Plus. 
En ese contexto llegó Moïse al poder, “lo más catastrófico desde el terremoto”, en palabras de Glésile. El mandatario no solo asumió tras sucesivas elecciones fraudulentas y obtuvo apenas el 18% de los votos, cerró el Parlamento, desde enero de 2020 gobierna por decreto, y creó una agencia de inteligencia que goza de inmunidad y tipificó los actos de vandalismo como “terroristas”.
“Hay líneas de continuidad con el pasado”, analiza Martínez Peria para entender el gobierno de Moïse y sus apoyos incondicionales: Estados Unidos, la OEA, la ONU y la Unión Europea, miembros del famoso Core Group. “Es su ganancia tras romper lazos con Venezuela, que desde la época de Hugo Chávez hizo pie en la isla con un doble objetivo -agrega-. Por un lado histórico, reivindicando la ayuda militar que Simón Bolívar recibió de Alexandre Pétion para sus luchas independentistas de inicios del siglo XIX. Y por otro político, para expandir el ALBA frente a las narices de Washington”.
Además de cumplir una suerte de contenedor geopolítico para la expansión bolivariana, Haití hoy es importante porque funciona como paraíso fiscal, es enclave de maquiladoras, es teatro para el negociado de la asistencia internacional y es ruta de paso para el narcotráfico. Pero el realineamiento de Moïse no cuenta con apoyo popular, con protestas desde antes de su asunción por estar salpicado por las denuncias de corrupción vinculadas a la alianza PetroCaribe, creada por el propio Chávez.
Ante semejante panorama histórico, ¿qué esperar del futuro de Haití? “Más crisis política –aventura Martínez Peria–. Cualquier otro presidente ya hubiera caído en otro país. No es que hoy esté pasando esto, todo el mandato de Moïse fue una constante crisis”.
“Qué va a pasar es la gran pregunta”, contesta, por su lado, Glésile. “Seguiremos este año con protestas, represión, asesinatos, masacres y movimientos. En Haití las cosas no son sencillas. Que marchen cinco, diez o cincuenta mil personas en las calles no significa nada. Puedes reprimir o matar a la gente, pero eso no va a hacer que el presidente vaya a moverse de su sitio. No. En Haití las cosas son muy complicadas”.


Algunos enlaces interesantes…

  • Para estar al tanto de lo que pasa en Haití, seguí al sociólogo y ex brigadista Lautaro Rivara en su Twitter y en su web. Actualmente está allá reporteando de cerca la crisis.
  • Este especial es una gran investigación sobre la violencia actual de las mafias en Haití. 
  • El libro completo «De Cristóbal Colón a Fidel Castro: el Caribe, frontera imperial» de Juan Bosch se puede leer en la web oficial de la biblioteca de la Cámara de Diputados de México.