El aborto

Un diciembre*

La primera Navidad que pasé con Juan, mi pareja de hace nueve años, fue en la casa de mi hermano. Juan le caía bien a todos en mi familia, ya llevábamos dos años de relación. Nos íbamos a quedar tres semanas en casa de mi hermano, que vivía en una ciudad a tres horas de Bogotá. Desde el 23 de diciembre hasta el 8 de enero íbamos a estar. 
Estaban mis papás, mi hermano y su pareja y los sobrinos de ella: dos gemelas de tres años y un nene de 5. Junto con Juan, los cuidábamos: íbamos a la piscina con ellos, jugábamos en la noche. Yo hamacaba a alguno en las tardes hasta quedarnos dormidos. Después de dos días del paseo, me sentía llena. Con la panza llena. Aunque comiera muy poco, no se me pasaba la sensación de llenura. La semana antes de viajar, no tenía ganas de hacer otra cosa que no fuera ver televisión abrazada a Juan.
El 31 de diciembre, tengo el agüero de estrenar ropa, toda la ropa. Es usual estrenar algo en Colombia ese día, para la buena suerte del año nuevo. También tener lentejas y billetes para la prosperidad. Comer las 12 uvas y pedir un deseo por cada una. Dar la vuelta a la manzana con una maleta para viajar durante el año. 
A mí me faltaban los calzones, pero no quería salir a comprarlos. Le pedí a mi mamá que lo hiciera. Tenía apenas 24 años y aún podía hacerles caprichitos a mis papás. Le pedí que algo cómodo, no quería nada que me apretara.
Justo a inicios de ese mes, diciembre, había entregado mi tesis de grado. Entregaba la tesis, pero aún me faltaba un semestre más para recibirme. Tenía que ver unas materias más y hacer la práctica profesional. Había quedado seleccionada en una editorial. El horario era de 7 a 16 de la tarde. Me quedaba perfecto porque así podía ver las materias que me faltaban de 18 a 22. Iba a ser exigente el semestre, pero me iba a recibir con doble énfasis en la carrera. Lo más complicado que era la tesis ya había pasado.
Por el estrés de la entrega no estuve pendiente de mi fecha de menstruación. Recién después de Año Nuevo me di cuenta que no me había llegado. Le comenté a Juan y decidimos comprar una prueba. Esa tarde nos habían pedido quedarnos con los niños.
Juan tenía a una en brazos, yo sostenía a la otra y llevaba al niño de la mano. Bromeábamos con Juan. Ir con tres criaturas a comprar una prueba de embarazo a la farmacia y con la juventud en nuestras caras, él sin la barba que le suma años y yo con mi carita de nena. Éramos un chiste fértil. 
La prueba dio positivo ni bien la saqué de mi entrepierna. Abrí tan solo un poco la puerta del baño para mostrarle a Juan. Sonrió. Abrí muy grande los ojos apenas vi su sonrisa. No podíamos permitirnos ilusiones.
Mis papás se volvieron a Bogotá el segundo día del año nuevo. Juan y yo nos íbamos a quedar unos días más para estar en las fiestas de Reyes del pueblo. Yo el 10 de enero ya entraba a mi nuevo trabajo y tenía que estar de vuelta en Bogotá.
Dormimos esa noche en la cama en la que dormían mis papás. A la mañana le pedimos a mi cuñada que nos llevara al centro del pueblo a hacerme la prueba de sangre. Después de unas horas volvimos por el resultado. Ella y yo nos quedamos en el auto esperando. Juan volvió con risa nerviosa. Positivo también con la de sangre.
Para verificar, con la última esperanza de un negativo, hicimos una ecografía. No me emocionaron los ruiditos que el doctor dijo eran el corazón. 5 mm dijo que medía lo que se estaba formando. Iba a nacer en agosto de ese año.
En la noche, dormimos abrazados con Juan. Yo soñé con un parto. Una sala oscura con una gran luz encima de mí. Mis piernas abiertas, alrededor mis papás, mi hermano, Juan.
Desperté con una decisión. Volvíamos cuanto antes a la ciudad. Recordé lo de mis tres amigas. Las tres fueron al mismo lugar, una clínica privada que tiene programas de adopción y planificación familiar. Se le llama legrado al procedimiento. En los papeles firmé que yo había llegado con pérdida y ahí me habían hecho lo demás. Así quedaba en el marco de la Ley. Para poder acceder al procedimiento tuvimos que cumplir unos pasos.
Otra ecografía. Otra vez el corazón, el tamaño, el tiempo. Otra vez confirmar lo positivo. Luego fue la charla con la psicóloga que preguntaba el porqué. Porque soy joven. Él también. Me recibo este año y no puedo con la carga. Él se va a hacer una maestría a otro país. No estoy preparada. Él tampoco.
Después fue responder por lo económico. Sí. Los dos tenemos trabajos estables. Tenemos ingresos. Él iba a responder por todo. 200 dólares costó. Unas pastillas previas. Luego unas indicaciones para, después de 24 horas, poner bajo mi lengua 4 pastillas más. Esperar a que se disolvieran. Esperar a que todo pasara.
La enfermera me dijo “siente tu cuerpo, concéntrate, así duele menos”.
No dolió menos. Solo fui consciente, o eso es lo que recuerdo, del dolor. Acurrucados con Juan en su cama, una tarde de sábado. Él me agarraba la mano fuerte cada vez que yo se la apretaba. Una presión intensa en el útero. Algo se desprendía.
Cuando sentía que algo estaba por salir, me paraba e iba al baño. Me sentaba. Esperaba. Recordaba lo que me habían dicho mis amigas. Ellas habían mirado el inodoro y habían visto esa cosas grandes y rojas. Yo sabía que lo que se había formado solo medía 5mm, pero igual no quería ver. Bajé la cisterna antes de levantarme para no ver.
A los dos meses Juan viajó a Argentina a hacer una Maestría. Yo, después de terminar mi carrera y recibirme con los dos énfasis, viaje tras él. Ya son ocho años de vivir en Buenos Aires. Yo ya no estoy con Juan. Yo estoy llegando a mis 33 y aún no sé si quiero ser mamá.

*Texto de Rosario, desde Colombia

Una deuda pendiente

La historia de Rosario es la historia de Colombia, donde la interrupción voluntaria del embarazo solo se permite en casos y condiciones específicas. De hecho, rigen penas de 16 a 54 meses para la mujer que causa su aborto o permite que otro se lo cause.
La historia de Rosario también es la historia de Latinoamérica: apenas el 3% de las mujeres en toda la región tienen derecho a decidir qué hacer con su cuerpo. Cuba, Uruguay y Puerto Rico (siendo colonia de Estados Unidos), a los que se suman Guayana y Guyana Francesa, son los únicos países que permiten abortar sin condiciones en las primeras semanas de gestación. A esos Estados se agregan Ciudad de México y Oaxaca. En el otro extremo, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Haití prohíben, sin excepciones, la interrupción voluntaria del embarazo. En el medio, el resto de los países latinoamericanos lo limitan salvo diferentes causales –como puede ser el riesgo para la vida, la salud física o mental de la madre, que el embarazo sea fruto de una violación–.
Las consecuencias de esta deuda pendiente están a la vista. La región posee las tasas más altas del mundo de embarazos no planeados y de abortos: unos 6,5 millones al año. Y entre cinco y diez mil mujeres mueren al año por no tener cobertura médica legal o dinero para hacer un tratamiento privado.
Pero la historia en Latinoamérica podría empezar a cambiar esta semana, si se aprueba la despenalización también en Argentina.

Una mirada histórica 
El aborto es una práctica extendida en todo el mundo que tiene por lo menos un siglo. En Latinoamérica, Cuba fue el primer país en despenalizarlo, siendo una conquista de la Revolución e imitando a la Unión Soviética, que ya lo había establecido en 1920. En la isla rige desde 1965, cuando pasó de manera automática a estar garantizado por el sistema público de salud. Las estadísticas demuestra su efectividad: Cuba tiene una de las tasas más bajas de mortalidad materna de la región y el aborto clandestino es prácticamente inexistente, ya que solo es ilegal si se practica con fines lucrativos.
El avance cubano incluso estaría a la vanguardia de Occidente, donde la lucha también tiene un largo recorrido. En Estados Unidos, por caso, las primeras movilizaciones que reclamaron el aborto legal irrumpieron en 1967 a partir del colectivo New York Radical Women. Y en Francia ocurrió al calor del Mayo del 68, cuando en 1971 la campaña “Yo aborté” se consagraría con la publicación del feminista “Manifiesto de las 343 salopes”, redactado por la pluma de Simone de Beauvoir.
Pero a nivel regional, un hito recién ocurrió entre el 18 y el 24 de noviembre de 1990, en la ciudad argentina de San Bernardo, en el marco del V Encuentro Feminista de Latinoamérica y el Caribe. Allí, en el “Taller sobre aborto”, organizado por la Comisión por el Derecho al Aborto de Argentina y Católicas por el Derecho a Decidir de Uruguay, se estableció el 28 de septiembre como Día de la Lucha por la Despenalización y Legalización del Aborto. La fecha evoca la ley de “libertad de vientres” sancionada por el Imperio del Brasil en 1871, que otorgaba la libertad a las hijas e hijos nacidos de mujeres esclavas.
Después de San Bernardo, solo Uruguay legalizó el aborto. Y fue en 2012, tras idas y vueltas, vetos y negociaciones. 
Este recorrido es breve y arbitrario, pero intenta demostrar que la lucha en la región tiene sus tiempos; la estrategia, sus laberintos, y los poderes fácticos que enfrenta, muy poderosos. Sin embargo, el colectivo feminista es inagotable, más en Latinoamérica. 
Como leí de la periodista Florencia Alcaráz en su newsletter de LatFem, luego de la media sanción del aborto en la Cámara de Diputados de Argentina: “Sabemos que históricamente la lucha feminista ha sido transnacional. Toda ampliación de derechos se dio a partir de estrategias regionales en espacios de encuentro bien aceitados. Nuestras articulaciones con compañeras de otros países son cotidianas. Peleamos por este derecho con la perspectiva de abrir ventanas de oportunidad en toda América Latina y el Caribe y seguir ampliando transformaciones más allá. (…) Nunca fue fácil para nosotrxs.”

Por qué es tan difícil
Al pensar las dificultades que enfrenta la despenalización del aborto se abre un abanico de factores. Un obstáculo macro es el propio sistema capitalista-patriarcal en el que vivimos. “El aborto es un tema central y se inserta en el corazón del sistema capitalista porque los cuerpos de las mujeres son los que permiten la reproducción de la mano de obra —me dice Barbara Ester, socióloga especializada en género y feminismo—. Entonces, la única forma de garantizar ese excedente es a través de la reproducción. En los orígenes del sistema se pueden ver cómo siempre hubo medidas para regular la fertilidad de las mujeres, como servicio del Estado”.
Y si nos centramos en Latinoamérica, el sistema aún se vuelve más perverso por los históricos índices de pobreza y desigualdad. De hecho, así lo plantea la propia campaña argentina por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito: “Trabajar por el derecho al aborto en razón de justicia social es reconocer que en el contexto latinoamericano, sumido en la pobreza y la desigualdad social, son las mujeres pobres quienes sufren o mueren por abortos realizados en clandestinidad, excluidas también de otros bienes culturales y materiales”.
A esa triste realidad política-social se suma el componente religioso, más precisamente “la tradición católica cristiana y el avance de los movimientos pentecostales”, como me apunta Ester. Es que a 500 años de una conquista que unió la espada con la cruz, la penetración de la Iglesia aún se mantiene: el 60% de los latinoamericanos son católicos y casi el 20% se declara evangelista (Latinobarómetro 2017).
Según la socióloga –que el año pasado publicó un informe sobre la situación del aborto en la región—, “la influencia del catolicismo no es tal por la presión real que puede ejercer, sino también porque se hizo parte y carne de las élites locales”. Y ejemplifica:

  • Chile, “donde el catolicismo marca una pertenencia de clase, más que una opción religiosa transversal”.
  • Brasil o El Salvador, “donde hay nuevos liderazgos –Bolsonaro y Bukele, respectivamente— que en vez de ser laicos refuerzan lo ultraconservador”.
  • Perú, “donde no se permite la educación sexual en el colegio, en una nueva forma de cerrarse y ser mucho más estricto en los dogmas, en una supuesta defensa de las costumbres y de la familia”.

El aborto no solo encontró un rechazo en la derecha conservadora. También expuso los límites de los gobiernos progresistas que dominaron en la región en las últimas dos décadas. Si bien se avanzó en derechos individuales –como el matrimonio igualitario, aprobado en Argentina (2010), Brasil (2013), Colombia (2016), Ecuador (2019), y en varios estados de México–, no ocurrió lo mismo a nivel colectivo o de derechos de la mujer. “Creo que durante los gobiernos progresistas fue más fácil incluir la leyes que tenían que ver con la identidad y estaban mejor vistos desde Estados Unidos a partir de la gestión de Obama”, me explica Ester. “Son avances positivos, pero es verdad que la diversidad tuvo derechos antes que las propias mujeres, que quedaron relegadas”, agrega la socióloga, para quien la agenda de las mujeres históricamente “termina entrando tardíamente”.
Esa marginalidad a la que son condenados los derechos de las mujeres también la desenmascaró la antropóloga y activista feminista Rita Segato, cuando el debate por el aborto se postergó en Argentina a principios de año por la pandemia: “La cuestión del aborto permite siempre hacer una lectura de la realidad. El retraso en enviar la ley al Congreso es muy decepcionante porque fue una de las grandes esperanzas que pusimos en el gobierno de Alberto. Es un índice de cómo los temas de las mujeres son equivocadamente leídos como temas particulares, que les interesan solo a ellas, cuando en realidad son centrales en la política”.

Presente y futuro
Pero más allá de los mojones en su camino, la agenda feminista ha avanzado y lo seguirá haciendo. “La brújula de la historia está hoy en la cuestión de la mujer”, dijo también Rita Segato, reflejando así el espíritu de la época.
La campaña por el aborto en Argentina tiene más de treinta años, pero se convirtió en “marea verde” principalmente después de la primera marcha  #NiUnaMenos contra los feminicidios, el 3 de junio de 2015. Esa chispa movilizó a mujeres de todo el continente e incluso logró impulsar el debate en el estado mexicano de Oaxaca, que despenalizó el aborto el año pasado.
Y los cambios llegarán con las nuevas generaciones. “Si uno analiza las encuestas, la mayoría de los argentinos que está a favor del aborto son jóvenes, entre 16 y 34 años —me apunta Ester—. Hay un nuevo imaginario de la juventud que se expresó a favor de la IVE en Argentina, pero que también lo vemos en las calles de Chile, Perú, en distintos países. En este movimiento juvenil latinoamericano las mujeres también son protagonistas. Lo vimos con el Ni Una Menos, que empezó como un movimiento local y hoy es regional. Tiene peso fuerte en Argentina, Chile y México, pero en todos lados hay manifestaciones o adhieren a la huelga de mujeres. Hay un nuevo tipo de movimientos sociales que no son sólo locales, sino que son más regionales y globales. Y eso le va a dar un impulso al aborto, porque en otros países se va a decir ‘si Argentina pudo, ¿por qué nosotros no?’”.
En definitiva, habría motivos para pensar un futuro más esperanzador. Porque, como dije al principio, la historia de Latinoamérica podría empezar a cambiar si Argentina despenaliza la interrupción voluntaria del embarazo, simplemente porque se convertirá en el país más grande de la región con aborto legal, seguro y gratuito. “Sería un espaldarazo fuerte para la región —entiende Ester—. No porque al año próximo se discuta y apruebe en todos los países, pero sí como para verlo dentro del horizonte de posibilidades.”

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *