#3 Semilla de Mahís: fuegos y sueños

Buen lunes, ahí.
La actualidad es imperante, así que desde hoy pruebo una nueva fórmula para comenzar las Semillas de Mahís: algunas claves sobre lo más importante que pasa en Latinoamérica. Veamos:

  1. Perú: por la presión social y tras la represión que dejó dos muertos y más de 20 desaparecidxs, el sábado renunció Manuel Merino como presidente. Había asumido apenas seis días antes, luego de encabezar la destitución de Martín Vizcarra. El Congreso tiene que elegir un nuevo jefe de Estado, que puede llamar a anticipar las elecciones previstas para el 11 de abril.
  2. Brasil: ayer hubo elecciones municipales y los resultados se nacionalizaron, ya que estaba en juego el rol de Bolsonaro. Festejó en Río de Janeiro, donde el actual alcalde y obispo evangélico pasó a segunda vuelta, pero fracasó en San Pablo (el centro económico del país). El PT de Lula quedó muy lejos en los principales distritos. Un dato: la abstención fue del 23%, el mayor índice en 20 años. ¿Culpa de la pandemia o de Bolsonaro?
  3. Argentina: llega al Congreso nuevamente el proyecto por el Aborto, que se votaría en sesiones extraordinarias durante el verano. El poroteo muestra una tendencia más favorable en Diputados que en el Senado. Un dato: desde 1983, más de 3000 mujeres murieron como consecuencias de complicaciones por prácticas de interrupción de embarazo clandestinas.

Ahora sí, las historias en profundidad que trae esta #3 Semilla de Mahís:

  • Fuegos: trato de recoger las cenizas que dejaron los graves incendios que arrasaron el continente este 2020 y te invito a entender qué pasa a nivel regional con el ambiente.
  • Sueños: publico una entrevista completa a Martín Weber, artista multimedia que recorrió durante 20 años ocho países latinoamericanos buscando en lo más íntimo de sus habitantes: sus sueños.

Quizás sea la Semilla más larga hasta ahora, pero dale una oportunidad. El que avisa no traiciona.
Que la disfrutes.

Todo fuego es político

“Latinoamérica en llamas” fue la campaña que Jóvenes por el Clima lanzó en Argentina y otros países en septiembre pasado, cuando en varios puntos de la región el fuego arrasaba con todo. Ya en noviembre la “temporada de incendios” parece haber menguado, pero los daños quedaron e impactarán en el futuro.
Según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), las alertas de incendios en todo el mundo hacia abril de este año pandémico habían subido en un 13% interanual, pero el foco más preocupante fue nuestra región:

  • En la Amazonia brasileña los incendios superaron en un 45% al promedio de los últimos diez años. En el Pantanal, el humedal más grande del mundo, 2,3 millones de hectáreas ya se habían quemado para septiembre, una superficie equivalente a la mitad de Suiza.
  • En Colombia, los puntos de calor (como se llama a una aproximación a incendios o puntos potenciales de fuego) aumentaron 157% en la Amazonia entre enero y abril con respecto al mismo periodo de 2019.
  • En Bolivia, en el primer cuatrimestre hubo 35% más de focos de incendios en comparación a 2019. Se estima que más de 6,4 millones de hectáreas fueron afectadas. 
  • En Argentina, en agosto ya se contabilizaban 11 provincias afectadas y se estima que en todo el año habrá 1 millón de hectáreas arrasadas por las llamas.

Para entender por qué ocurre esta catástrofe, llamé a Eyal Weintraub, justamente uno de los fundadores de Jóvenes por el Clima Argentina, organización parte de Fridays For Future, que mundialmente lidera Greta Thunberg.
“Los incendios de este año fueron los peores de la historia y, sin embargo, van a seguir empeorando”, me preocupó Eyal. 
Lo más grave es que el 75% de los incendios son ocasionados por el ser humano. Entre las causas están la deforestación y el desmonte ilegal, la especulación inmobiliaria y el avance de la frontera agrícola, principalmente el cultivo de soja y la ganadería, actividades primarias esenciales para el continente.
Pero el costo parece ser más alto que el beneficio: “La destrucción ambiental como los incendios benefician a un porcentaje muy chico de la población”, me apuntó Eyal, quien ve con claridad que el histórico modelo agroexportador en la región no genera necesariamente una salida de la pobreza, sino todo lo contrario:

  • “No puede ser la pobreza una justificación para no actuar y legislar en materia ambiental, porque los conflictos ambientales son parte de la razón de la pobreza. Hay que romper la dicotomía de que la producción y la economía se contradicen con medidas ambientales. Tenemos que tomar la crisis ecológica como una oportunidad para cambiar un sistema que es pésimo desde la materia social”.

Como ese modelo de producción primaria se inserta en el tablero de la economía global, Jóvenes por el Clima tiene un reclamo permanente: el reconocimiento legítimo de la deuda ecológica de América Latina. ¿Y qué significa eso? Que Estados Unidos, Europa, el FMI y demás organismos multilaterales de crédito condonen las deudas de los países por el abuso que históricamente se le hizo a la región, que brindó mano de obra barata y recursos naturales para el desarrollo del Primer Mundo. Esto, además, se enmarca en el rol de cuidar los bienes comunes naturales que tendría Latinoamérica en una transición global hacia un modulo económico mundial no contaminante.
Eyal lo explica así:

  • “El contrapunto de la deuda financiera del Sur hacia el Norte es la deuda ecológica del Norte hacia el Sur. Nadie habla de los miles de millones de dólares que nos deben a nosotros por cuestiones histórica y también actuales. Nunca al momento de definir quién le debe a quién se incorpora la perspectiva de que nuestra región ha sufrido cinco siglos de saqueos, colonización y extractivismo. Y si quieren que nosotres cuidemos la naturaleza, porque no podemos industrializarnos ya que el planeta no lo aguanta, que se condone la deuda externa latinoamericana y del Sur global mediante una inyección de dinero”.

A esta problemática se suma el intenso asesinato de activistas en la región. Según la organización internacional Global Witness —que registra los asesinatos y desapariciones forzadas de personas defensoras de la tierra y el ambiente alrededor del mundo— dos tercios de los asesinatos de 2019 ocurrieron en América Latina.
El ranking lo lidera Colombia (64 casos), y entre los restantes 10 países, la mitad son latinoamericanos: Brasil, México, Honduras, Guatemala y Venezuela.

Escazú y el futuro
Pero entre tantas pálidas, una buena noticia es el Acuerdo de Escazú, el primer tratado regional que promueve la obligatoriedad de incluir la perspectiva de la ciudadanía cada vez que se tome una medida que dañe al ambiente.
“Escazú tiene que ser el puntapié para lograr una democracia más verde, participativa y abierta, principalmente en cuestiones ambientales, pero que no se quede ahí”, analizó Eyal cuando le pregunté sobre el tratado.
La semana pasada México ratificó el acuerdo, completando así los 11 países que se necesitaban para que entrase en vigor. Se sumó al lote de países que completan Argentina, Antigua y Barbuda, Bolivia, Ecuador, Guyana, Nicaragua, Panamá, San Cristóbal y Nevis, San Vicente y las Granadinas, y Uruguay, que ahora deben motorizar legislaciones internas en ese sentido.
Eyal espera que la jugada impacte a nivel geopolítico e influya a los demás Estados que no lo ratificaron. La figurita más difícil es la de Brasil, obviamente por la presencia de Jair Bolsonaro en el poder, aunque —y esto ya es lectura mía— sin Donald Trump en la Casa Blanca como su más estrecho aliado quedaría solo en su postura negacionista sobre el cambio climático.
Escazú demuestra que hay oportunidades en la compleja realidad ambiental en el continente. Pero eso, cierro con el análisis general de Eyal, que espero nos sirva para mirar un poco más allá de nuestro metro cuadrado propio:

  • “Estamos con un nivel de concientización ambiental nunca antes visto, pero a la vez nunca estuvimos tan en la B. Vivimos inmersos en una pandemia culpa de un virus zoonótico directamente relacionado a la degradación ambiental. Hay mayor protagonismo de la agenda ambiental y los políticos también incrementan su apuesta, pero todavía es muy poco y muy lento. Necesitamos cambios drásticos, no para los próximos 10 años, sino hoy, para que dentro de 10 años no estemos inmersos en la peor crisis que hayamos visto en la historia de la humanidad”.

Si te interesó el tema…

  • Mirá este especial del New York Times sobre el efecto del fuego en el humedal brasileño Pantanal.
  • Seguí a Tais Gadea Lara, una colega especialista en la materia que me ayudó un poco para este boletín y que publica una newsletter semanal muy buena en RedAcción.
  • En esta web podés seguir en tiempo real los focos activos de incendio en áreas protegidas y territorios indígenas en la región.
  • Acá podés leer completo el Acuerdo de Escazú.
  • Leé este poema-manifesto de Gabriela Cabezón Cámara inspirado en el libro “El colapso ecológico ya llegó” de Maristella Svampa y Enrique Viale.

“Quería hacer visible lo invisible” 

Martín Weber es fotógrafo y artista multimedia. Cámara de placa al hombro y con una pequeña pizarra negra bajo el brazo, salió en los ’90 a recorrer Latinoamérica buscando lo más profundo en la historia de sus habitantes. Entre 1992 y 2013, conectó en una misma trayectoria a Argentina, Cuba, México, Nicaragua, Guatemala, Perú, Brasil y Colombia para construir una cartografía íntima del continente. Así nació “Mapa de Sueños Latinoamericanos” (Ediciones Lariviére y RM, 2018), que no solo permite conocer los anhelos más profundos de las personas, sino también dialoga con la realidad de sus países.
Weber encontró historias que no lo soltaron, y por eso años después regresó a esos mismos territorios para conocer qué había pasado con los sueños y sus protagonistas. El resultado fue una película homónima, que ya ganó en el Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse como mejor documental (2020) y obtuvo una mención del jurado en el Festival Internacional de Cine de Brasilia (2020), y se estrenaría en Argentina en 2021.
Un viaje íntimo por el continente, , el mapa que trazó de Martín Weber permite otra mirada sobre qué es Latinoamérica. Construir el mapa le tomó más de 20 años a Martín Weber, pero valió la pena. Porque, como él mismo escribió en una posdata en el monumental libro con más de 110 retratos de personas, familias, hermanos, amigos, niños, jóvenes, adultos y ancianos, le permitió entender quién era:

  • “Quizás porque mis padres no formaron parte de ninguna resistencia armada contra las dictaduras que sufrieron, sino que fueron opositores de conciencia, me llevó cuatro décadas entender por qué razón nací en Chile, y cuarenta años asumir que había nacido en el exilio. Nuestro destino solo se puede cambiar si nos permitimos imaginar uno diferente del que nos ha sido dado.”

—Esa posdata del Mapa… revela que el recorrido por el continente no solo fue un viaje documental fotográfico, sino que también conectó con sentimientos muy profundos. ¿Cómo definirías tu proyecto?
—Fue un proceso largo, lento y de mucha investigación y de aprendizaje. La idea era cuestionar la manera de trabajar con la fotografía y el hecho de tomar una foto, eso de sacar algo que es intangible. Pero en ese proceso se empezaron a jugar un montón de cosas, tanto la idea de empoderar al otro como también darle un espacio. Y yo empiezo a hacerme preguntas: quién soy y desde dónde llegué a ese lugar, y por qué había nacido en Chile, que con este proyecto termino de hilar. 
—¿Por qué América Latina?
—En la del secundario en el (Nacional) Buenos Aires tenía discusiones políticas en los recreos y estaba muy a flor de piel y vigente lo que sucedía con la revolución nicaragüense. Tenía ese flashazo de pensar de que estaba repitiendo información, que nunca había estado ahí, y que las imágenes que me llegaban eran producidas por europeos o norteamericanos. En ese momento se sembró la semilla de querer ir a buscar testimonios directos y no que me la cuenten. Que sean los que la vivieron los que la compartan. Y no solo no volver a contarlas por otros, sino generar un espacio y una dinámica de trabajo en la cual yo tenía un oficio que ponía a disposición para dar lugar a esas voces, que en ese momento no tenían espacio. Lo que tiene el proyecto es que cada historia, cada persona que participa, cada sueño que se comparte se van tomando la mano y van generando contexto uno al otro y entre sí.
—¿Qué te llevó a buscar en los sueños, que es un poco buscar en lo que no se tiene, en lo que se anhela, en la utopía?
—Un sueño me dio una manera de implicar a la persona que aparecía en la foto a compartir algo que es íntimo. De alguna manera trabajar más allá de la superficie, que es con lo que trabaja la fotografía o el cine. Quería hacer visible lo invisible. Por otro lado está la idea del sueño como una invitación a evocar tres momentos: pasado, presente y futuro. La pregunta del sueño te lleva un poco a eso: a que la persona piense un recorrido hasta ese momento, lo comparta en ese momento, pero que nos proyecte a un posible futuro.

—Esos sueños muestran realidades personales, pero a su vez también hablan de los países de los soñadores. ¿Cómo elegiste el recorrido?
—En los principios de los ’90 estaba muy vigente el movimiento latinoamericanista que se preguntaba qué compartimos y qué nos diferencia en nuestras historias, culturas y lenguajes. Y esos detalles son parte de nuestra identidad. Elegir los países tuvo que ver con la conciencia de que no iba a poder abarcar toda Latinoamérica, pero que de alguna manera sean distintivos y con alguna historia particular que contaran algo de lo que había pasado en el continente. Por ejemplo, trabajé dos revoluciones con finales distintos como las de Nicaragua y Cuba, e hice Argentina, que era el país donde estaba y que me permitía también contar algo de Uruguay o Chile. Creo que esos ocho componen un mapa lo suficientemente complejo como para que lo que no esté explícito, esté sugerido.
—Después de tu recorrido, ¿creés que existe un sueño latinoamericano?
—El reduccionismo en general termina en un entendimiento fallido porque el ser humano es complejo. Y justamente yo trato de correrme de ese lugar: vengo a presentarte la historia de varios y que eso te motive a vos a querer saber más y que vos construyas tu propio camino en ese tratar de entender, en el cual siempre vamos a caer en errores y prejuicios. Pero creo que está bueno que uno mismo se dé cuenta de esas cosas. Lo más rico de todo eso fue, en mi caso, testear mis propios prejuicios. Uno asume la idea de que muchas veces juzgamos o asumimos lo que el otro necesita, y nos colocamos en ese lugar que muchas veces no nos corresponde. El proyecto, creo, llama a eso: a ponerse en el lugar de otro. Es una frase muy usada pero muy poco aprovechada. Y hay una de las fotos que sirve de ejemplo, como es la historia del guacho argentino que tiene una pinta de recio total en Areco, pero que sueña que su madre viva 50 años más de los que tiene. Su apariencia jamás te hubiera dado a pensar ese pensamiento tan tierno.

—En otra entrevista contaste que el 99% personas aceptó participar de las fotosy que llegaste a pasar horas horas con ellos. ¿Qué vínculo humano logró crear el Mapa…?
—Ahí es donde forma y contenido se cuestionan todo el tiempo. Como quería compartir un momento, para hacer este proyecto cambié de trabajar en 35 mm, donde te escondés detrás de la cámara, y elegí una cámara de placa que va sobre un trípode, donde se hace toda la actividad de frente de la persona fotografiada. Cuando colocás la película ya dejás de ver en la cámara y ves a los ojos a la persona. Eso nos daba un tiempo de charla, de observación mutua, una sensación de cómo los cuerpos se comunican, las dinámicas que había entre las personas.
—Y también juega el contexto o los roles que otros fotografiados asumen en la imagen, porque a veces los que tienen la pizarra son justamente los menos escuchados, como esa empleada doméstica fotografiada con las hijas de su empleador.
—De a poco fui incorporando el contexto de la persona, su espacio, los elementos y también los elementos que eran parte de sus vínculos cercanos porque en su contexto podías entender esa distancia entre el sueño que podía enunciar y el poder realizarlo. El proyecto también trabaja sobre esa tensión, y la pregunta es por qué algunos sueños parecen tan imposibles, cuando en realidad son tan pequeños y deberían ser muy simples de conseguir.

—¿Por qué “Mi sueño es morirme” es la tapa del Mapa…? ¿Sintetiza de alguna manera los sueños latinoamericanos?
—Me pasó algo muy fuerte con eso. Yo había ganado un premio para publicar el libro y los editores eligieron esa foto de tapa y mi primera reacción fue que no. Mi sensación era que era tan fuerte que de alguna manera direccionaba la lectura del resto del trabajo. Después entendí que el equivocado era yo. Porque justamente fue el sueño que yo nunca hubiera querido encontrar. Entonces terminé eligiendo por oposición. Y cuando termino el libro, empiezo con la película y llego a Colombia, me entero de que a Cristian le habían concedido el sueño porque justamente seis meses después lo habían matado. En la película se desarrolla una búsqueda y esa historia se abre de una manera increíble. Que la familia de Cristian pudiera ver en el festival de Colombia la película fue una de las cosas más emotivas que tuve. Seguimos en contacto y es una historia que sigue vive y da para la reflexión en cuanto a los vínculos y porqué se sigue en contacto. 

—Mapa… empieza con un viaje que termina en un libro de fotos y luego es un retorno a esos países que deriva en una película. ¿Cómo fue el proceso de cambio de formato y por qué lo hiciste?
—Yo me declaro un artista multimedia y a cada contenido le busco la forma apropiada. Se empieza a generar una dialéctica de que el contenido afecta a la forma y la forma al contenido. Con las fotos yo me cuestiono la fotografía misma como práctica, por ejemplo eligiendo el blanco y negro, que se relaciona con una fotografía “humanitaria” o “documental”, o mostrando una persona que escribió algo en una pizarra, que de alguna manera da a entender que esa imagen fue una construcción. Y cuando termino el proyecto que me llevó 20 años recorrer estos 8 países, el pensamiento fue: “Bueno, yo cambié, la gente cambió, esos países deben haber cambiado también. ¿Qué pasó?” Y para contestar esa pregunta me surge esta idea de la fotografía que congela la imagen. ¿Por qué no trabajar con la idea de derretirla? Y la imagen en movimiento, el cine y el video, tienen eso. Los testimonios terminan tejiéndose en ese recorrido, que es muy distinto a haber vuelto y hecho otras fotos. Yo necesitaba hacer otra cosa, pero porque trabajo de canalizar una serie de situaciones que me rodean, de impulsos que me surgen una necesidad imperiosa de hacerlo. Los hago porque los necesito hacer. Y si elegí hacer una película es porque el contenido con el que trabajaba pedía eso.

—Salir a buscar sueños también tiene que ver con una búsqueda de juventud. Hoy, 20 años después, y con un proyecto que primero fue fotográfico y después audiovisual, ¿cambió tu mirada sobre el continente?
—Hay un gesto melancólico en preguntarle a alguien sobre su sueño porque es algo que no se tiene. Obviamente yo a los 20 años quizás era más ingenuo o con menos experiencia. Si algo te da la edad, si estás dispuesto a escuchar o no vivís en un cubículo, es la experiencia. Al haber hecho el camino y la experiencia no soy el mismo. No soy el mismo con el libro, que por eso finalmente elegí otra fotografía para la tapa. Y después, cuando hago el proceso de la película, fue muy fuerte emocionalmente el reencuentro. Pasé mucho más tiempo con cada una de esas historias. Involucrarse y acompañar las alegrías y sufrimientos fue mucho más fuerte. Y también me impactaron reflexiones de testimonios, como aquel que dijo que había tirado bombas y matado, y que finalmente no cambió nada.
—¿Por eso incluís en la película parte del discurso del subcomandante Marcos cuando “deja de existir”, que dice “Nuestro dilema no estaba entre negociar o combatir, sino entre morir o vivir”? Las decisiones también definen a las personas.
—Fue lo más inspirador. Si hay algo de todo el proceso que me dio una línea muy interesante es ese discurso. Es esto de elegir el propio camino. No hacer el camino que otros esperan que uno haga por defender X o Y valores de otros. Tengo que elegir mi propio camino entre morir y vivir. No romantizar la idea de la muerte por un ideal. Y es interesantísimo que lo hagan ellos. Es muy fuerte elegir la vida, es una responsabilidad enorme.

Más sobre fotografía documental en Latinoamérica…

  • Encontré múltiples conexiones entre Mapa… y la obra del legendario fotógrafo Martín Chambi, que retrató Perú. En su web podés conocer su archivo.
  • Seguí al reconocido fotógrafo Rodrigo Abd (premio Pulitzer 2013), que comparte siempre parte de su archivo fotográfico en varios países de la región —y del mundo— y por estos días está cubriendo lo que pasa en Perú.
  • La fotógrafa norteamericana Susan Meiselas fue testigo de la revolución nicaragüense y podes ver su trabajo en dos momentos (en los 70 y en los 90) acá. En este perfil, cuenta su historia. 
  • Y dos experiencias pandémicas: una, sobre las dificultades y alegrías de la vida venezolana en cuarentena; otra, sobre el impacto del aislamiento en niñxs de México.

Si llegaste hasta acá, fue porque me querés mucho o porque realmente te gustó esta edición. 
No te olvidés que podés escribirme a proyectomahis@gmail.com o encontrarme en las redes en los botones de acá abajo.
¡Hasta el próximo envío!

Mauricio

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *